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PRESENTACIONES Y PRÓLOGOS

Hablemos de pintura con Ramón Oviero:
EL UNIVERSAL SELLO LATINOAMERICANO

La realidad histórica, la fuerza del paisaje, la inconmensurable energía con la que palpita el continente latinoamericano, su fuerza telúrica con la que conforma nuestros sentires y nuestras visiones, han creado una identidad, a golpe de savia, de lava esparcida sobre la geografía, a sangre derramada por el dictador y los encuentros fraternos, así ha sido. Hay también una realidad de pobreza, de lacerante miseria en medio de la abundancia adánica. Todo es un sello y un destino que el arte de la región capta fidedignamente con su raíz y su ojo universal.

Lo anterior está claramente sentido y dicho por los artistas de por acá, del “nuevo mundo"; hay una fuerza y de ella un torrente imaginativo con el propio sello de la geografía y la historia. Se revela a cada paso (en la poesía, en la pintura, en la danza, en la música) que sí hay una identidad latinoamericana, horno de sombras y maravillas que en su dramática forja crea una fisonomía. A todo esto nos acerca el reciente libro de Ramón Oviero, titulado Hablemos de pintura, prologado por el agudo intelectual panameño, Pedro Luis Prados.

Para quienes no manejan el nombre invocado señaló que Ramón Oviero es uno de los trascendentales poetas panameños contemporáneos, que vivió muchos tiempo entre nosotros como exiliado político, y que compartió y creó junto con los poetas mexicanos por espacio de diez años. Su labor literaria se complementó con la de crítico de artes plásticas, que desarrolló con lucidez y conocimiento en las páginas del ya desaparecido diario El Nacional, en su suplemento cultural dirigido por el inolvidable poeta español Juan Rejano y en la sección cultural que coordinaba el malogrado periodista Manuel Blanco.

Ramón Oviero fue también nuestra riqueza, fue también nuestra voz, fue también nuestra pupila y nuestra tinta, pues aquí, en México, su segunda patria, llegó a publicar varios libros de poesía, que tuvieron merecida repercusión en suplementos culturales y en publicaciones especializadas. A su regreso a su país, este creador que había medido también la luz y el color del valle de Anáhuac y había contribuido también, a su comburente modificación, reasumió en Panamá su labor de crítico, siendo quizá, en la actualidad, el más representativo en sus latitudes dentro de esta tarea.

Pero retomemos. El nuevo trabajo de Ramón Oviero con los pintores de su país, nos viene a decir, más bien, a reafirmar, que el latido de los pintores de cualquier parte de América Latina, es el mismo, porque procede de las mismas verdades, hijas de una gran historia común, de una misma geografía, en divergencias y convergencias de sus selvas, desiertos y montañas, de sus lóngitos litorales y de sus similares realidades sociales en donde sigue siendo una afrenta el abuso del poder y la explotación del hombre por el hombre, la vesania de las compañías extranjeras y la complicidad de los gobiernos locales y sus intelectuales corrompidos. Los entrevistados por Ramón Oviero en Panamá, nos vuelven a dar la medida de nuestro rostro, nos vuelven a colocar frente al gran espejo para decirnos lo que somos desde nuestras maravillas y nuestras miserias comunes. Entonces, vemos, que los de allá somos los de acá, que los de acá, somos los de allá, los mismos todos, hermanos en el abandono y en la esperanza, en el contratiempo y en el trabajo que nos sigue lanzando hacia adelante, hermanos en el mismo paisaje compartido en maravillas y penumbras.

Por ejemplo, el poeta entrevistador nos dice que para la pintora Teresa Icaza “En América Latina hay una luz tan fuerte, tan fuerte, que..." y el pintor Luis Aguilar Ponce puntualiza: “Precisamente los rostros que yo noto por la calle no son alegres, sino llenos de desasosiego, de inestabilidad, de presiones obviamente, pues a veces me digo que esa es una etapa que tenemos que manifestarla, que tenemos que sacarla y expresarla para que nosotros, como pueblo podamos decir: así estamos", y Estanislao Arias: “Una de las características en el desenvolvimiento de mi trabajo ha sido la no subordinación a las leyes del mercado. Así, ese tipo de trabajo, por muy bien hecho que esté tiene realmente poca salida. (-) Quizá por esto el artista no se ve apoyado en su trabajo, por lo que tiene que hacer algo paralelo que lo subsidie, al menos para adquirir material. (-) El artista debe tener una fuerza de voluntad muy fuerte (-) Creo que el artista, teniendo su independencia, debiera controlar este fenómeno: no dejar que las leyes del mercado lo manejen". Es decir lo mismo ¿o no?, de allá, de acá, de América Latina, en nuestro allá y nuestro acá. En lo nuestro. Entonces, el libro de Oviero se constituye en una lección que nos acerca, que nos hermana, que nos hace reconocernos como una y la misma cosa.

Otro ejemplo: Oviero pregunta a Mario Calvit: ¿Consideras tú que no habría un choque entre el planteamiento ideológico que puede hacer un artista a través de su obra, y los elementos que detentan el poder político y económico; y que esto pudiera afectar, digamos, la oportunidad de venta del artista?

Responde el interrogado: “Yo pienso que más que choque podrían producirse dificultades en el orden de la no comprensión del avance cultural, sobre todo a nivel de la plástica. Pienso que independientemente de los organismos que manejan el poder, lo principal y necesario es más bien tratar de financiar y entender estas expresiones culturales. Me preocupa que algunos de los pintores jóvenes que en realidad vienen surgiendo con talento y destreza más bien se preocupan por una temática, diríamos, excesivamente decorativa y superficial cuando debe ser todo lo contrario; aprovechar por ejemplo la vitalidad de su juventud y empezar a penetrar en la parte más íntima del hombre, de manera que reflejen el contenido de una panorama social nacional, vamos a decir nacional en algunos de los casos, o de un panorama más íntimo del hombre".

Estamos en la cadena. Augusto Crespín dice, por ejemplo, que para realizar sus trabajos se nutre de algunos poetas, narradores y ensayistas latinoamericanos, entre ellos, los poetas Roque Dalton y Otto René Castillo, así como de los novelistas Juan Rulfo o Eduardo Galeano y los ensayistas Adolfo Sánchez Vázquez y Néstor García Canclini. Calvit ya había hablado de sus influencias señalando a García Márquez, Rulfo y los pintores mexicanos Coronel, Corzas y Tamayo. Estamos en la cadena.

Y dentro de esa cadena resulta que llegó a exponer a Panamá el mexicano José Luis Cuevas, y claro, allá (allá-acá, como habíamos quedado) fue motivo inmediato e irrenunciable de la entrevista del poeta Oviero.

“Lo maravilloso del dibujo –Cuevas- es la capacidad, la posibilidad de poder inventar formas, de constantemente estar transformando la realidad. Eso no quiere decir que yo haya hecho saltos mortales, de un estilo a otro estilo. Hay una unidad dentro de mi trabajo, hay una tendencia pictórica que no he abandonado, que es la tendencia neoexpresionista. No la he abandonado porque el neoexpresionismo es la capacidad del artista para ver más allá de las apariencias".

Interviene Ramón Oviero: Impugnador de su tiempo y crítico de él, parece ser que José Luis Cuevas ha caminado a contracorriente. Con el auge del muralismo y de los muralistas mexicanos, señaló puntos contrarios a esas corrientes...
“Busqué nuevos rumbos, efectivamente, para el arte en mi país, con bastante éxito porque el arte se hizo más plural y no siguió una sola tendencia dentro de la plástica".

Correcto: hubo una gran crítica a los muralistas mexicanos y a esa corriente. Ahora, con ese descenso del muralismo y con esos nuevos caminos que se han abierto en la concepción política, parecer ser (según leí en estos días) que José Luis Cuevas reconoce los valores de los muralistas: Cómo está eso maestro?
“Por su puesto; se trata de un pasado remoto de luchas de alguna manera ya canceladas: las luchas contra el muralismo. Yo creo que ahora es más importante dirigir los dardos a los jóvenes pintores mexicanos, que también han caído en una especie de repetición; han caído en fórmulas, en un afán de regresar a una pintura mexicanista. Pero como los pintores muralistas o de la escuela mexicana, están cayendo en una repetición peligrosa. Hay una especie de uniformidad en lo que los jóvenes artistas de México están haciendo. De manera que ahora los señalamientos hay que hacerlos en relación a la cultura actual de México. Yo creo que fui un excelente ejemplo en el país, en lo que se refirió, en primer lugar, a darle un rango al arte como una actividad respetable; y por otro lado, la posibilidad de expresarse con la más absoluta libertad.

“La generación a la que yo pertenezco, que es la conocida como generación de la ruptura, entendió mis intenciones; y cada uno de los que integramos esa generación de la ruptura, tuvimos y seguimos teniendo (los que estamos vivos porque muchos ya han muerto) una forma muy personal de expresarnos. De la misma manera que Orozco, Siqueiros y Rivera fueron artistas muy distintos entre sí, (pertenecían a un mismo movimiento pictórico, y quizás, incluso, sus finalidades de mensajes eran las mismas, pero cada uno tenía un estilo diferente); lo mismo sucede con la generación mía que es la generación de mayor importancia que ha habido dentro de la plástica mexicana, después del movimiento muralista.
“Pero las nuevas generaciones (más que nada por ciertas ambiciones espúreas como pueden ser lograr reconocimiento de las galerías y lograr buenos ingresos económicos) son artistas que repiten fórmulas, o sea, que lo mismo que yo combatí en los cincuentas, de que los artistas que habían sido los continuadores de los mexicanistas Rivera, Orozco y Siqueiros, y que repetían sus fórmulas, en lo mismo se ha caído ahora: los jóvenes artistas no son más que repetidores de fórmulas ya bastante gastadas".

Así, muy sucintamente, díganos como surge la idea del Museo Cuevas.

“No he creído en las colecciones privadas, en los coleccionistas que guardan obras para especular con ellas, o simplemente para el disfrute de ellos mismos o de aquellos que tienen acceso a su casa. Creo que ha sido tradicional el hecho de que los pintores mexicanos donen sus obras coleccionadas, a su país. Hay un Museo Diego Rivera, El Anahuacalli; hay un museo de David Alfaro Siquieros; hay un museo de arte contemporáneo, el de Rufino Tamayo, en México; hay otro Museo Rufino Tamayo también, en Oaxaca, que es un museo de arte precolombino... En fin, que los artistas siempre coleccionamos obras para después donarlas a nuestro pueblo".

Ahora Ramón Oviero escribe las respuestas de Humberto Giangrandi quien en Colombia, en 1971, fundó el grupo Taller 4 Rojo:

“Fue un grupo bastante politizado que se desarrolló en Colombia, y fuimos casi los primeros en crear toda una cultura popular en el país. Hicimos mucho trabajo popular y dentro de ello tuvimos una experiencia desastrosa. Hacíamos trabajos populares para venderlos como a dólar y medio, y el pueblo no lo compraba; y era normal que no lo comparara porque un pueblo que tiene ese dinero para poder comprar dos botellas de leche no va a comprar una obra de arte, porque ésta no es una necesidad, cuando no está explícita esa necesidad. La cultura es el pilar número uno de la expresión de un pueblo. Aquí el pueblo ha sido marginado de esa cultura.

“Mi arte ha estado presente casi como un reportero gráfico. Presente donde está la vida en general, y la vida de gente muy marginada. Estoy presente en todos los sitios: en la calle, donde me la paso el mayor tiempo, y que es donde se la pasa la gente marginada. La calle es un poco la convulsión de toda una estructura social: está el vagabundo, el loco, el poeta, el pintor, el ciudadano medio; están todos aquellos que viven en toda esta angustia social del trabajo, de las emociones, del quehacer, del andar.

“Me interesa mucho el drama vivido del ser humano, de todo ser humano. Un ser humano cada día más igualitario, más parecido a todo ser humano. Me ha interesado el ambiente sórdido, la vida nocturna, lo que en definitiva se llama amoral; todo lo que en un momento dado abra una ventana a la contradicción vigente. Porque es la única forma de poder penetrar en lo que puede ser la contracción vital para reflejar o entender que lo que en un momento dado se vive, puede ser cambiado".

A la pregunta de si su arte se vende, responde:

“Todo arte es para vivir. No creo en el artista que pueda solamente dedicarse al arte porque tiene una cuenta corriente muy grande o tiene todo un futuro organizado. Creo que el artista vive de su arte. Y vender su arte no quiere decir vender su compromiso. Creo que hay muchos artistas que creen en su arte, en su forma creativa, en su compromiso de hombre-artista, en su producción; y mañana pueden vender a gente progresista, a gente que tiene sus contradicciones. Este tipo de obra la puede comprar un burgués consciente, no cualquier burgués, porque lo he visto en la práctica, sino el burgués con inquietudes intelectuales. Para mí lo más importante es lo que el pintor proyecta: que después eso valga cinco pesos o dos millones de pesos, es un problema que la misma sociedad lo resuelve; pero hay un problema que está claro, que la obra que vale cinco pesos o dos millones de pesos, en un momento dado está allí, y cualquier persona la puede ver. Es una idea permanente que nadie puede destruir".

Pero Giangrandi también habla de los poetas:

“La poesía es una de las expresiones que más ha luchado y que muy poca ha sido su remuneración. Creo que los poetas son todavía unos seres de una pureza tan hermosa. La poesía es un poco el grito al aire de personas que sienten violentamente lo que quieren decir y lo hacen porque lo quieren. Por otra parte, de pronto el discurso poético abre una puerta estética, o el mismo discurso estético da otra respuesta poética".

Y sigue la exposición de ideas y sentires que van reconstruyendo nuestro rostro; cada entrevistado aporta un rasgo para la configuración de la faz cultural y artística de América Latina, captado por el talento de sus pintores y descrito también por medio de sus decires. Los entrevistados por Ramón Oviero en este libro fueron muchos y de primerísimo orden (el cubano Manuel Mendive, la argentina Liliana Porter, y clásicos de la pintura panameña como Dutary, Chong Neto etc.), pero yo, ahora, cerraré esta revista, con las opiniones de Alberto González Palomino, otro artista que vivió también varios años entre nosotros, que exhibió su obra, incluso, en el entonces tradicional Hotel del Prado, en la Avenida Juárez, del que diera cuenta el terremoto del 85. Las opiniones de Palomino (como lo conocimos aquí) están expresadas por las propias palabras de Oviero:

“Carlos Alberto Palomino, sigue siendo un admirador de los grandes maestros del muralismo mexicano como Rivera, Orozco, Tamayo, Siqueiros, González Camarena, a quienes reconoce algunas de sus influencias, pero nos señalaba que dicha influencia tocó a muchos pintores latinoamericanos que vieron en ellos un movimiento pictórico pujante y de gran trascendencia histórica y social.
“Sobre la actual pintura mexicana nos comentó que es poco lo que esta pintura le dice, y poco lo que de ella puede aprender, y que le pueda servir para lo que tiene en mente. Según Palomino, los pintores mexicanos actuales no han sabido sacarle partido al muralismo mexicano. “Creo que el muralismo es un aporte mexicano a la cultura –nos dice. Y enseguida acota-: Pero el problema de la cultura está en que hay que saber analizar su profundidad y extraer todo su contenido y darle otro giro, actualizar ciertos lineamientos. Para mí no es que el muralismo se haya quedado, como muchos dicen por allí, sino que de ese legado debemos retomar lo más importante y seguir adelante. Porque ninguna cultura se queda atrás, todo depende de sus pueblos".

¿De qué se trata Hablemos de pintura, de un libro de arte panameño, mexicano, de una revisión de nuestras artes plásticas de América Latina, en la que forzosamente queda involucrada la realidad cultural de todo nuestro continente? Sin duda de que se trata de todo ello, porque en el trabajo del poeta Ramón Oviero se ve muy claro que existe una corriente eléctrica que nos une a todos, en esa lucha constante por defender lo que somos, por defender nuestras visiones, nuestra creatividad, y construir así, como respuesta a esa realidad común, el futuro del arte y la sociedad latinoamericana.

Parafraseando al gigante de las tierras de Tabasco (o flor de Leticia Ocharán), con este su libro el poeta Ramón Oviero nos llenó las manos de color... y la mirada... y la imaginación.

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