PRESENTACIONES Y PRÓLOGOS
ASCENSOS EN CAÍDA
Máximo es Máximo. El sol, de trayectoria sureste cruza la electricidad de los espacios y al realentar urente sobre el Valle se convierte en polvo de oro, polvo que enterando el calibre carga la pluma de este Máximo de mínima pesa que le pudiera coartar las espirales del abarcante vuelo.
Hace tiempo, no mucho -la historia de Máximo Cerdio es reciente en el mundo de nuestras letras- tuve el gusto de presentar uno de los primeros libros del poeta que hoy me ocupa. Euritmia de luces y sonidos era aquella fiesta lírica que me motivó a invadir el ámbito de las policromías en donde hacen su domicilio aquellas visiones de barro y nube con las que Diego Rivera dotara de luz nuestro ser republicano.
En ese rincón del calendario quedaron establecidas aquellas palabras a las que me movieran las páginas del máximo Máximo de mis actuales párrafos. Relataba yo entonces, que por esa linealidad de los comunes que tanto nos agobia -más si navegamos a través del ordenador poético- la palabra Huixtla, había sido convertida por los huixtlecos planos –que también los hay, lo juro por esta mano sustentadora de cruces y caracoles- había sido convertida o más bien traducida a la elemental frase de “tierra de las espinas” o “lugar en donde abundan las espinas”. Y explicaba entonces, que en el pensamiento náhuatl, mucho más poético y profundo que el de los planos del que hablaba hace un momento, Huitzillin, quiere decir “espina que vuela” y que esa era la manera como los antiguos mexicanos nombraban al colibrí.
Con base en lo anterior inmediato, la deducción lógica es que Huixtla, suma del trópico desbordado, tierra de sol, agua, vegetación y ave, verdad de savia y llamas, enredadera de la clorofila, altura y abismo, cuna de Máximo Cerdio, viene a significar -deshaciéndonos del lastre de los planos, de los lineales-, “tierra de los colibríes” o “lugar en donde abunda el colibrí”. Eso significa Huixtla y ese es el significado poético que los lineales negado le han a tan bella expresión lingüística.
Pues bien, desde aquella primera urdimbre del tiempo huixtleco, en el que habitó el vuelo de Paz Lócera, el del bardo Hernando López Paz y alguno otro que se escapa a la lista poética de la región, se tiende un puente calendárico que va a concatenar con nuestros días, en el pleno florecimiento de una joven generación de hacedores de belleza -tomando en consideración que a veces estos hacedores pueden ser terribles, pero que en el feísmo también puede existir lo bello, según las nuevas filosofías que sustentan lo contemporáneo-.
Esa nueva generación de escritores huixtlecos, con aliento mayormente universal, conoce y tremola los nombres de un Eduardo Hidalgo, autor de Eco Negro y La muerte es un lugar común, de un Máximo Cerdio, nuestro autor de hoy, cuyas existencias y demiúrgicos trabajos están obligando a que se resignifique el nombre de Huixtla y que en grato recuerdo, también de lo hecho inicialmente por Paz Lócera y Hernando López Paz, Huixtla desde ahora, quiera decir, diga, sea: Huixtla, “tierra de los poetas y los colibríes”.
Dentro de esta generación de la que hablo se ha escrito Ascensos en caída, un bello libro editado por el Conejo Estatal de la Cultura de Chiapas. Se trata de 33 poemas distribuidos a lo largo de 50 páginas que dan opción a que el discurso poético se divida en tres estancias que reciben el nombre de Materialidad espacio, Iconías y la Isla Infinita.
Máximo es Máximo decía yo al principio, y máximo es el nuevo libro que Máximo nos ha dado, excélsior catálogo de vida, más vida aún cuando el poeta se pregunta “¿cuál es la ciudad que los muertos están construyendo atrás del muro?” y en ese momento se suman las dos vidas con igual valor en el equinoccio, la vida de los vivos y la vida de los muertos, los que se levantan a construir atrás del muro su ciudad de sombras, a la que seremos invitados tarde o temprano, para entender, de seguro, que las sombras más sombras eran las de este lado del muro.
Zahorí de los trópicos devenido en escriba urbano, Máximo Cerdio maximiza su percepción, plectro en la atmósfera encordada por la polución más perruna, guitarra albiturbia de los días, y nos habla -desahuciados de nosotros- de la existencia de una iglesia a donde Dios no regresará. Visión del poeta, que en medio del denso neblihumo puede percibir y nos lo dice, el abandono de la deidad al que ha sido relegada la raza humana extraviada entre los “ruidos de Babel”.
Físicamente, este es un libro pequeño, como deben ser los libros de poesía, ya que se trata de catecismos (hablamos de doctrinas poéticas) que están cargados de vida, de sustancia, de peso bieloalmático y de peso sombro. Así, un libro breve es mayormente veraz, ya que está, por lo tanto, despojado de los lastres que detienen la magnitud del vuelo. Un libro de poesía –y aquí va el plagio- si bueno y breve, doblemente bueno. Y fuera del plagio: un libro de poesía breve, doblemente poético.
En Ascensos en caída nos encontramos a Máximo Cerdio nuevamente reinventando el mundo remitido tan sólo a la fuerza y la magia de la palabra, reinventando el mundo nuevamente, como lo hacen los poetas de a de veras, tensando el lenguaje para que éste diga lo que no se atreve bajo la férula de los comunes. Así, en el transcurso de la lectura nos encontramos con audacias idiomáticas, como la puesta en juego del verbo tactar con el que el poeta tacta y sus lectores tactamos la epidermis de los sueños.
A la altura de la página 15 el verso cerdieño alcanza la extensión de la prosa y entonces el autor nos muestra otra fase de su rítmica que acomoda a la tirada del renglón seguido, con lo que nos demuestra que estamos frente a un creador que domina una variada gama de recursos expresivos, campo en el que se adentra trabajando sus signos con plena libertad, la que exigimos como extensión para los restantes renglones de nuestra vida ciudadana. En esas condiciones, no hay melindres en el lenguaje ni en las temáticas que con él aborda. Himnarios impertérritos surgen de tan audaces diseños y entonces, no queda más que entrar en la magia del autor y volver el rostro hacia la luz de su palabra.
Una de las máximas de Máximo nos enfrenta a este espejo de lamentable reflector que en verdad ineludible nos congrega: “no estamos porque ya nos olvidaron”, entonces ya no somos cuerpo, Máximo, sólo tristeza, errabunda vaharada de lo que fuimos, que sin embargo insiste desde la melancolía, mal romántico, en reclamar un lugar en el espacio, en el despacio desvanecimiento de la ingentil etapa. Poeta, escandido y anfracto, recorriendo con el verso los milandes de paisajes internos y externos para dibujarnos con la pluma de lo eterno que es la aspiración de toda buena poesía.
Veo en Máximo Cerdio a un escritor que en muchas partes de su discurso recurre (al fin la dominante raíz prevaleciendo) a giros expresivos que son cotidianos en el sureste mexicano, la cuna que persiste en medio de la errabundez del ser. Pero el discurso salta tiempos cuando va del lenguaje cotidiano sureste, ecos de remotas lexicopresencias, al muy actual urbano de ordenadores y rayos láser, con los que nos domeñan más que nos auxilian las metrópolis.
Entramos en Ascensos en caída, título poéticamente paradojal, y ganamos de la cornucopia, un poeta, heresiarca y prelaticio, y con el poeta, una mirada hacia el sureste y hacia la ciudad capital, hacia los lados todos. Estos poetas del tercer mundo que somos, que pisamos el pasado y el presente al mismo tiempo, como si nada, en tan solo un mortal golpe de poema, dentro del inmortal golpe de la poesía.
No más. Hasta aquí para la distensión del poeta y el agradecimiento del escucha. |