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Gottfried Benn, Presencia en México

Roberto López Moreno

En el año 2002, la editorial Tintanueva publicó mi poemural titulado Vida y muerte de José Hernández Delgadillo. En uno de los párrafos de esta larga tirada poética mencionaba al gran poeta alemán Gottfried Benn, el de la violencia que cambió de raíz la expresión poética alemana. El párrafo al que me refiero es el siguiente: la mano magna juega su ejercicio saña, designio ineludible (por ahora). Acude el equilibrio de Benn (Ramón y José Juan sobre el tablero): “tener una nueva idea, -que no se sabe enredar en un verso de Holderlin. –como hacen los profesores- De noche en los viajes, oír olas rompiendo y decirse que así lo hacen siempre”… ¡Que rompan los colores sobre el muro! El peón, entre el alfil y la torre y el caballo, habrá de ese estallido.

Por qué esta cita de Benn en un poema dedicado a Hernández Delgadillo. Si habría que señalar un acercamiento a la corriente que trabajó el artista mexicano en sus muros, cuadros y grabados, denunciando el deterioro de la vida contemporánea en general, y en especial, el marco tercermundista en que nuestro país muere más que vive sus actuales días, tendremos que convenir en que una fuerte vena expresionista inunda la obra de este pintor (marxista), describiendo los monstruos del poder junto con los monstruosamente deformados, enajenados, asesinados, reprimidos, enclaustrados por ese poder. De ahí, que al crear el poemural traté de buscar un punto de identidad con Benn, el expresionista alemán, de aliento demoledor, torturante, provocador total, alimentando y alimentado por una especie de nihilismo radical, diría Verónica Jaffé.

Lo grotesco, lo pesimista, lo demolido ante las fuerzas exterminadoras, modelaban el lenguaje de ese movimiento inscrito en las vanguardias de principios de siglo XX que bien extendió Hernández Delgadillo en nuestro suelo y en nuestro tiempo mediante su obra pictórica. El obscuro desencanto que inundó en su sombrío resplandor -cabe el oxímoron- a los “videntes” que se expresaron dentro del período de entreguerras, modeló esa estética que con el nombre de expresionismo, identificó y nombró el desastre.

Pero Benn fue más allá en su poesía, dentro del drama contemporáneo subrayó la pudrición de los órganos, la carne que se descompone, el cuerpo humano rebajado a carroña, la degradación biológica. Su verbo se hizo mazo y espanto regenerador y terminó sacudiendo con violencia inusitada la literatura de su tiempo. Terminó creando un nuevo definitivo lenguaje surgido de la conmoción.

En el libro Morgue de Gottfried Benn la carne se descompone, las células que ceden frente al cáncer, se pudren inevitablemente, el tremendismo es una oscura mano que asfixia las posibilidades y el lenguaje recibe de manos del poeta un golpe que le parte en dos y le hace entrar en crisis, que al mismo tiempo se convierte en renovación. Se trata de una crítica despiadada a estilos literarios, y a la naturaleza misma, que destruye inexorable lo por ella creado.

Cuando se publicó Morgue y otros poemas, en 1912, bastaron 500 ejemplares, sólo 500, para sacudir con violencia a la ciudad de Berlín y después a Alemania entera. Inmediatamente iban a venir la confiscación de los libros y la prohibición para que Benn siguiera escribiendo. Su actitud provocadora llegó incluso, como bien sabemos, al experimento con drogas, tratando de indagar por sí mismo sobre las reacciones provocadas por éstas con relación a los aspectos de los comportamientos mentales y a los de la creatividad. Médico del ejército alemán, descendía a los fondos tratando de delimitar los litorales del infierno desde el acceso por vía dupla.

Algunos biógrafos suyos intentan deslindarlo del expresionismo, argumentando, no sin mucho de razón, que el pensamiento benniano procedía de Nietzsche, a quien el poeta tenía como su maestro, como su base filosófica, como la piedra angular de su pensamiento. Y en Nietzsche está el poeta permanentemente. Solamente que por el tiempo que le tocó vivir, por los poetas con los que tuvo contacto, por el modo de introducir el bisturí en el centro mismo de las derrotas humanas, en la profunda herida, no se le puede separar, por ningún motivo, de su filiación expresionista. El propio Benn a este respecto: yo estoy señalado, junto a Heym, como fundador del expresionismo literario alemán, y admito moverme psicológicamente en su imperio y de hallar con genialidad con su método; y entonces, dada mi pertenencia a este destino y, principalmente, desde el momento en el que soy el único de toda esta comunidad dispersa de tener el honor de ocupar una silla en la nueva Academia alemana de la literatura, deseo intervenir una vez más en honor de esta comunidad, en favor de su nombre, despertar de nuevo el recuerdo de su situación interna, señalar ciertas cosas en su defensa, en defensa de una generación destruida en su primer florecer por la guerra, en la cual muchos de ellos cayeron: Stramm, Stadler, Lichtenstein, Trakl, Marc, Macke, Rudi Stephan; de una generación sobre cuyas espaldas y en cuyos cerebros habían enormes pesos existenciales, los pesos de la última generación de un mundo en gran parte lanzado al horizonte… (traducción de José Manuel Recillas). Si es así, por extensión, también mucho de Benn se encuentra entre los expresionistas mexicanos y entre los expresionistas que se dieron y han dado en el mundo.

Aunque -musicalmente hablando- dentro de la historia del arte se identifica el expresionismo con la escuela dodecafónica inaugurada por Shöemberg y sostenida en excelsitudes por Anton Webern y Alban Berg, la famosa escuela de Viena, habrá que señalar puntualmente en la obra de Benn, la presencia musical de Paul Hindemith, contemporáneo en actitudes y temáticas aunque estuviera, este músico, totalmente en contra de la atonalidad. El pensamiento anarquista de Hindemith, la prohibición a la que también estaban sometidas sus obras en Alemania, los temas tremantes que también le movían e impactaban, el espíritu vanguardista de sus obras, le hicieron ser un compositor expresionista sin dodecafonismo. A fin de cuentas un revolucionario más -a su manera- del sonido, un joven incendiario y denunciante que respondía con su propuesta de estructuras novedosas, a su manera… a su tiempo.

Por ello es que… en su Oratorio Lo incesante, hay una simbiosis perfectamente lograda con el oscuro poema de Benn, en el que se basa esta obra. Por ello es que… unidos por ese expresionismo que algunos dicen que no hay en Benn el poeta, que algunos dicen que no hay en Hindemith el compositor, pero que evidentemente lo hay en ambos, Benn estuvo en México con Hindemith. Por eso es que… sin haber estado nunca en México (país no sólo surrealista como dijera Breton, sino también profunda y amargamente expresionista) sí lo estuvo, en los paseos que Hindemith realizaba, rotundo enamorado de la actriz y coreógrafa Rosaura Revueltas, en el Desierto de los leones, en las chinampas de Xochimilco, en las calles coyoacanenses, en las calles de Santa Anita, y de Tlalpan, y de San Ángel y de Chimalistac… Quizá por ello, en uno de sus poemas, Benn, al hablar de linajes menores, medidos así por causa de la destrucción provocada por la codicia de los hombres blancos, y en reconocimiento a estas culturas arrasadas, junto con hindúes habla de “yaquis con palabra azteca”, quizá siguiendo de esa manera la mítica ruta desde Aztlán hasta el gran Valle cúlmino.

Por cierto, ¿habrá conocido el poeta Villaseca la obra de Benn?, lo digo, porque además de la profunda visión sombría de Juan Bautista Villaseca, también médico y literato como Benn, en su discurso léxico coincide en forma continua con una terminología dominada por espigas y jacintos, recurrentes en el alemán y tan abundantes en la obra villasequeana.

Pero no divaguemos. Regresemos de México a Alemania. El terrible mundo de Benn convertido en lo terrible de su lenguaje es testigo del advenimiento del régimen nazi, incluso lo saluda en adhesión. Pronto se desilusionará y se separará de él. Además, el régimen nazi no le perdonará, por su parte, su sustento expresionista, que al fin y al cabo es denuncia. En 1937 los nazis prohibieron los libros de Gottfried Benn y una vez terminada la guerra, los aliados tampoco le permitieron publicarlos, pues ellos también contribuyeron a crear las categorías inhumanas que el expresionismo expone. Los libros de Benn, el de citas griegas, cimientos duros; el del lenguaje talasálico, oleaje violento desde su poderosa espuma; el de “la nueva objetividad”, se empezaron a publicar hasta 1948. Y en 1948 volvieron a golpear el mundo desde su despiadado verbo.

Ahora, en el México del siglo XXI, el escritor José Manuel Recillas pone en nuestras manos una amplia traducción de la obra de Benn bajo el título de Un peregrinar sin nombre (Ein Wallen, namenlos) dos tomos (poemas y ensayos) coedición de La cabra Ediciones y la Universidad Juárez del Estado de Durango. Es un excelente libro para conocer más al gran poeta, desgraciadamente Recillas no se salva de la antigua y perturbante práctica de las citas al pie de página que sólo distraen, interrumpen, quitan cohesión a la lectura del invitado. Lo que se explica en el pie de página bien puede ir integrado con habilidad a la escritura original, ser parte orgánica de la misma y no fractura, y no estropeo al flujo de la lectura (pero al fin de cuentas esto que señalo, es pecado menor). Recillas argumenta que prefirió no seguir el ritmo versal del poeta para apegarse lo más posible al significado de las palabras. Sin embargo, hay traductores como Otto de Greiff, que por el contrario, sin perder lo esencial del planteamiento prefiere acercar al lector a la rítmica estrófica benniana para que el público de otros idiomas conozca la musicalidad real de autor, y en atención a que en poesía la forma ocupa un papel fundamental; la esencia del fondo dicha sin atención a la forma poética, bien puede ser otra cosa (un entendido filosófico, la base para una augusta ponencia, para un discurso sabio, la parte central de un posible ensayo, el punto de partida de un cuento o novela, un haz de pensamientos de hondas profundidades, el imperativo para una obra dramática, etc.) pero no ser propiamente una pieza poética.

La postura de Recillas y su contraparte constituyen una vieja polémica entre los traductores de poesía cuando se traduce a poetas anteriores al verso libre o a poetas modernos pero con carencias del traductor respecto a la melodía intrínseca que debe tener cada poema aunque no sea rimado. En el caso de Benn los poemas son principalmente rimados. La polémica viene desde muy atrás, esfuerzos ardorosos frente a la sentencia benniana: “la verdadera poesía es intraducible”. Un esfuerzo (todo esfuerzo) que tendrá que hacerse, forzosamente (bien que en esta ocasión sea el escritor Recillas quien se atreva), para conocer el pensamiento de los poetas de otras lenguas. Bueno que se haga. Pero, ¿y la musicalidad de la poesía? En este considerando, por mi parte, me decido por la atención a las dos posturas en polémica y tanto así, cierro estas líneas con mi propia versión versal, apoyada en la traducción del escritor Recillas pero abonadora a la vez a las exigencias de los que están por el respeto al tejido consonántico.

¡OH, NOCHE!

(Versión de Roberto López Moreno)

¡Oh, noche! Ya he tomado cocaína,
inicia caudal escarlata, dividida fuente,
el pelo se encanece, los años en huida
y debo desbordarme en esta euforia ardiente
antes de disolverme.

¡Oh, noche! No es tanto lo que quiero,
concentración, no más, por sólo un rato,
un velo vesperal, un arrebato
de contracción, y verme.

Papilas táctiles, aristas, células rojas,
en un entrecruzarse del beleño.
Diluvio (de palabras cual más laceradoras)
tan hondo en el cerebro, tan angosto en el sueño.

Las piedras vuelan raudas a la tierra,
dirígese a una sombra el pez, su nado,
al hacerse las cosas, a su maldad se aferra
y tambalease el cráneo, trastornado.

¡Oh, noche! ¡Que no es mucho lo que pido!
Un soplo solamente, alguna referencia
de percibir el yo, sin continencia
en la euforia, antes de convertirme en fluido.

¡Oh, noche!, conserva mi frente y mis cabellos,
fúndete en estos los marchitos días;
sé quien, desde la neurosis y sus mitologías
vuélvame corona y cáliz en patricio predio.

¡Oh, calla! Siento ligera sacudida:
me constelo, ludibrio no hay, y bueno:
visión, yo: mi solitario dios, soy vida,
tumultuoso ritual en torno a un trueno.

México, DF. 2011

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