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PERIODISMO
Textos publicados en diferentes diarios de la ciudad de México.

CON EL TIEMPO VESTIDO DE BLANCO

Siempre consideré sordo –no sé por qué- a Manuel Blanco. Sólo que, andando el tiempo a mi personaje inolvidable la vida le quitó una pierna pero le dio el oído. Ahora, en algunas tardes guerrerenses (las de la Guerrero) me place llegar a su domicilio y encontrarlo rodeado de Haydn, Bach, Stravinski, Vivaldi, Revueltas, y de más Haydn, y de más Bach, dentro de una marea creciente de discos compactos, esto, justamente, en los actuales momentos en que es síntoma de "buen gusto" entrarle a tanta basura sonora, convertida en el pan nuestro de cada día, convertida en patrimonio hasta de los intelectuales más connotados (ya no se diga de los que del populismo han edificado su millonario presente y ahora son enemigos a muerte de Cuba y de las cosas decentes).

En convivencia con Bach, con Haydn y con Manuel, mientras los dos primeros discurren con donosura y el tercero tartamudea su diabólica inteligencia, reconstruyo imágenes de esta vieja relación, en la certeza de que estoy repasando, apoyado en los beneficios de la memoria, páginas de una parte muy viva de la historia cultural de nuestro tiempo, en la que Manuel Blanco ha sido, sin duda, eje imprescindible. Rechoncho y gruñón, malvado como todo ser que posee una inteligencia fuera de lo común, pero al mismo tiempo puesto en el centro de una paradoja que es complementada por su tierna ternura de pan bendito, con todo y muchacha de blusa descorrida desde la oreja y falda levantada desde el huesito. Blanco aparece como siempre, capitaneando por afectos, sin ser cabeza de grupos de poder cultural, a toda una generación de seres que han vivido la vida entre locos y geniales; entre virtuosos y perversos; entre defensores de las grandes causas y ...también los hubo pillines (los populistas); entre formales y miembros distinguidos de A. A. (Alcohólicos Anímicos).

Así lo reconstruyo y es el mismo que sobrevive frente a mí, con sus cejas superpobladas, como dos amigos crespones en espera de definir el rostro cabronicio o la bondad facial que a veces también es, y que ha hecho del observado, Blanco de los cariños unánimes. Mientras, en el tocadiscos, crece el Bach que no le creía, que nunca le sospeché. Al realizar el flash-back (anglicismo que nos sorrajó el cine) Manuel es el pretexto cabal para verme y vernos, para encontrarnos y encontrarme, partícipe de un tiempo, de un largo tiempo de palabra y tinta.

Tenerlo presente en la memoria es traer a mí una larga lista de personajes que contribuyeron en las chorchas de El Palacio o del Golfo de México a trazar la curva de ese infinito tiempo del que hablo, que aún perdura en estas actualidades y mucho me estoy sospechando que se extenderá hacia la eternidad, más allá de la natural desbandada que se empezó a dar desde hace ya bastante.

La lista no tendría fin: Juan de la Cabada, Cardona Peña, Cardona Chacón, Arenas Betancourt, Otto Raúl González, Xorge del Campo, Orlando Guillén, el príncipe Mussachio, los Santana (Carlos, Mario, Bertoldo), Carlos Velásquez, Nazario Chacón Pineda, Macario Matus, Juanito Patiño, Jorge Meléndez, Ángeles, su entonces esposa, Salvador Avila, René Avilés, Juan Manuel Torres, Parménides García, Gonzalo Martré, las Pineda (fundamentalmente Gudelia y Silvia), Héctor García, Xavier Robles, el pintor Palomino, Miguel Flores, Miguel Ángel Flores, Mauricio Camacho, Mauricio Flores, Mauricio Schwartz, Efraín Gutiérrez, José Luis Colín y Jesús Luis Benítez, el “Buker” (para hablar también del infierno), Gerardo de la Torre, Dora Herrera, Rafa Sánchez, Enrique Chacón, Tirso Ríos y Angélica, Oscar Wong, Rodolfo Mier Tonché, Consuelo Herrera, Ramón Oviero (nuestro queridísimo poeta panameño), Efraín Huerta, Juan Helguera (saludándonos de retiradito), Jorge Turner, Gloria Contreras (pero ella no tomó ron en nuestra cantina, algunos de nosotros sí tomamos whisky en su casa de Lomas de San Angelín), Leticia Ocharán (otra lejana cercana), Gonzalo Martínez “el zombi”, Alejandro Ariceaga, Álvarez Amaya, Manuel López, Conchita Acevedo, Adriana Padilla, García Barba “El Boni”, Salvador Camelo, Mario Enrique Figueroa, Rogelio Hernández López, Carlos Illescas, Juan Rejano (a veces), Miguel Bautista, Edmundo de los Ríos, Fedro Guillén, María Anzúres, Víctor Cázares, “El Chilis”, “El Donald”, “El Ruso”, a la mayoría de ellos el alcohol los (nos) canonizará. Y que me perdonen las decenas de no nombrados y me disculpen también los nombrados que ya no hubieran querido verse inmiscuidos en esta lista en la que, como es fácil observar, había de dulce, de manteca y de mucho chile.

Por quién sabe qué secretos de la vida en el centro de todas estas efervescencias ha oficiado Manuel Blanco. Quienes conocen a los personajes aquí citados y revisen la lista con ojos de buena fe pensarán que es un escándalo o por lo menos una falta de respeto mezclar a determinadas personalidades con otras, hasta a herejía podría sonar, pero la verdad es que así se dieron las cosas, así fueron, así las recuerdo y de ello mi militancia de tiempo completo en las entrañas de la batahola ha sido mi mejor testigo.

Blanco fue en tardes tremantes, inacabables, un elemento cohesionador; en su alrededor creció un lóngito tejido de afectos, fraternidades, pasiones con signos de índole diversa; hubo vida, la misma que siguen buscando los que después de varios años ahora lo visitan en su departamento de la colonia Guerrero. Entonces, la historia continúa y por eso, por lo que la mayoría de los aquí nombrados hace dentro del entorno cultural o lo que hicieron los ya fallecidos, es que existe la certeza de que de alguna manera se está hablando desde los umbrales de lo que no tiene fin.

Yo he visto a Manuel Blanco rodar una lágrima cuando se nos murió José Revueltas, como lo vi rodar otra cuando le tocó el turno a Efraín, el de los hombres del alba; pero cada lágrima era recuperada posteriormente por medio de fuertes dosis de ron. Así es como nos hemos ido toreando la vida. Llorándola. Y bebiéndola.

Lo veo también –ya que estamos en las evocaciones auténticas- en la facilidad con la que a veces se suma a los olimpos impuestos por la cultura oficial, con la que a veces se suma a esos personajes desideologizados que las instituciones nos hacen tragar hasta en la sopa, que al mismo tiempo son cronistas de culturas populares, de periodismo, de farandulerías, de frivolidades mil y que tranquilamente van de la filosofía y de la sociología hasta las hechuras del mole de guajolote.

Cuando una flor se muere, cuando desaparece, cuando ya no quedanada. Y está uno acostumbrado a sentirla cerca, aunque tantas veces sin siquiera verla. Sólo con la certidumbre de que ahí está, abierta, incólume, bella, a pie firme sin remedio y para siempre. Así era Aurora Reyes.Pero yo he visto también a Manuel Blanco bajo el impacto de personajes tan fuertes, tan contundentes, como Aurora Reyes, personajes que vienen siendo mucho, demasiado, para el mundillo rosa que pretende la oficialidad. De Aurora Reyes, poderosa figura mexicana ignorada sistemáticamente por los bien arreglados, Manuel ha escrito páginas, enfocada ella desde su doble función estética, como la inigualable poetisa que es y como la primera muralista mexicana que fue. Cuando murió Aurora Reyes, Manuel publicó uno de los más bellos textos que sobre ella se han escrito:

Cuando una flor se muere, cuando desaparece, cuando ya no queda nada. Y está uno acostumbrado a sentirla cerca, aunque tantas veces sin siquiera verla. Sólo con la certidumbre de que ahí está, abierta, incólume, bella, a pie firme sin remedio y para siempre. Así era Aurora Reyes.

Y entonces adviene la certidumbre a la que de todos modos uno se resiste. Es que nadie cantó como ella a lo largo de tanta vida. Y es cierto que los poetas que se llaman altos decidieron ignorarla, aunque ella haya escrito poemas fundamentales.

Con Aurora es por primera ocasión que la mujer gana su propia voz, mucho más allá de todo feminismo. En Aurora recuperamos decisivamente a la madre-tierra, la portentosa Coatlicue, dueña y señora nuestra, con su falda de serpientes, su voz dura y de piedra, su terrenalidad que ahora lo sabemos, no morirá. Pero decidieron ignorarla también por otras causas. Seguramente porque Aurora fue, como Benita Galeana, como Concha Michel, esas otras mujeres de la leyenda mexicana, una voz recia y definitiva nacida desde lo más hondo del alma obrera y militante. Y esto, en los cenáculos de la falsa gloria, no se perdona.

Hoy sus restos serán incinerados. Sus cenizas serán depositadas al pie de una magnolia. Pero no es cierto. Nada de todo esto es cierto. Es que Aurora ha muerto ya mil veces. En cada injusticia, en cada batalla obrera, en todos los quejumbres humanos, ante el peso de su propia estatura.

Y entonces ya está. Aurora vive ahora mismo, aquí y desde siempre.

¿Cómo la vida la iba a poder matar? Ahora nos toma del brazo, volvemos a compartir con ella. Sus pétalos están abiertos. Es ella, Aurora.

De esa parte de Manuel Blanco, profunda, humana, derechísima, es de la que soy amigo y hasta deudor si así se quiere, porque cuando se escribe con calidad, con inteligencia y con un profundo sentido de la justicia, deudores somos todos ya que de algún modo, por medio de esos elementos se nos hace entrar en la eternidad.

Dentro de esas consideraciones cuando a Leticia Ocharán y a mí nos dio por editar libros (sólo a seis llegamos) decidimos que uno de ellos fuera una colección de cuentos de Manuel a la que el autor puso el título de Cantos de enloquecido amor.

El empeño editorial fracasó. En este país la cultura casi siempre es oficial o usufructuada por algunas empresas privadas que aprovechan los eternos vivos que ya de sobra conocemos. Pero a fin de cuentas, aquel empeño constituyó un capítulo más de nuestros encuentros.

Por eso y por los muchos recuerdos que cargamos es que después de tantos años sigo buscando de cuando en vez la conversación de Manuel Blanco. Rodeado de su marea de discos compactos, nos ponemos a reconstruir hechos, a redelinear personas y entonces las horas se vuelven un suspiro.

¿Te acuerdas Manuel cuando en aquella conferencia de prensa que Margot Fonteyn daba en la ciudad de Guanajuato con motivo de su presentación en el Festival Cervantino tú le preguntaste por qué había bailado para Pinochet? (Guadalupe Trigo también había cantado para el abominable asesino a invitación de Chabuca Granda). Los demás periodistas manifestaron su descontento por tu postura, entonces yo intervine para apoyar tu pregunta y al ratito estaba ardiendo Troya.

¿Te acuerdas Manuel la vez en que platicando con el escultor Rodrigo Arenas Betancourt le comentaste que acababas de hacerle una entrevista a García Márquez? Entonces él te dijo que García Márquez le había hecho una entrevista a él 25 años atrás, en Colombia, cuando el escritor empezaba su carrera de periodista.

Al siguiente sábado Rodrigo, ese entrañable personaje nuestro, te llevó la entrevista escrita en dos planas sabaneras y de ahí surgió la idea de hacer una reunión en la casa de Rodrigo, en Coyoacán, en donde estuvieron también Juan de la Cabada, Jorge Meléndez acompañado por Ángeles, Ramón Oviero, Gonzalo Martré, Arnoldo Martínez Verdugo. Juan de la Cabada se adueñó de la reunión opacando a todos los presentes; Arnoldo confesó ser cuentista frustrado por la política; Ramón Oviero leyó sus más recientes poemas, y tú le regalaste a García Márquez un ejemplar de tu novela Viva mi desgracia. Fue cuando él, en distracto perfecto y movido por la fuerza de la costumbre, sacó una pluma y te dedicó tu propio libro.

¿Y te acuerdas de la vez en Oaxaca, cuando en el bar de aquel hotel de arquitectura colonial bebías con Miguel Guardia y Aurora Saavedra, con nuestra queridísima Mireya Ballesteros y conmigo, y en eso llegaron Pilar Souza y Emilio Carballido y quisieron imponernos una vez más sus horarios, como lo habían estado haciendo durante tres días consecutivos? Harto tú de tal situación los corriste de la mesa con palabras cargadas al extremo, entonces, yo, para mediar, parafraseé a Jaime con aquello de “¡A la chingada las lágrimas!, dije y me puse a...” Y entonces completaste categórico: “No, a la chingada tú también”.

¿Y te acuerdas cuando una vez, a las tres de la madrugada le hablaste por teléfono a Mario Santana provocando un fuerte disgusto a éste por la hora en la que lo habías despertado? Entonces tú, reaccionando ante sus reclamos le dijiste: “¿Sabes qué, Mario?, no me vuelvas a hablar en tu vida”. A los diez minutos volviste a marcar el teléfono y cuando Mario pronunciaba molesto el clásico "bueno" tú le arrojaste un "te dije que no me volvieras a hablar" y colgaste muy digno.

¿Y te acuerdas...?

Y así revolvemos los recuerdos y los discos. La tarde se nos vuelve música y memoria. Para mí que Manuel Blanco empezó a hacerse de oído a partir del profundo amor que por los Revueltas siempre tuvo. Yo veo y escucho todo esto y vuelvo a llegar a la conclusión de que la tarde es muy poca cosa. Y que hay cariño adentro, muy adentro. Y que hay un tiempo del que todos nosotros hemos sido dueños. Un tiempo vestido de Blanco en el que hemos participado todos. Un tiempo vestido de Blanco. Manuel, así lo siento.

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