Libros nuevos de Roberto López Moreno
Comprar libro en Ala de Avispa Editores

PERIODISMO

EL PAVOR A LOS PAVOROSOS

Fue en un rincón del viejo cuadro de la ciudad en donde se escribió esta historia, llena de pavor porque pavorosos fueron los autores de este capítulo dentro de la vida cultural capitalina. Se trató de un grupo de intelectuales que se amaron y se odiaron tanto al mismo tiempo, que de ellos mismos no dejaron títere con cabeza.

Fue un agudo periodista tabasqueño, Manuel González Calzada, fallecido hace ya algunos ayeres, quien se dio a la tarea de rescatar las anécdotas cabulescas que se suscitaron entre la gente de este grupo y todo ello en el seno de aquel antiguo Café París testigo de todas estas cosas, que en aquel entonces causaron profundas heridas en el alma de los diferentes “esgrimistas” mentales, pero que ahora nos regocijan, quedando a la vista el ingenio pero ya desprovisto por efectos del tiempo, del aguijón venenoso.

El Café París, refugio cavernario de los Pavorosos se encontraba en las calles de Dante, posteriormente cambió su domicilio sobre esa misma calle, haciendo casi esquina con Cinco de Mayo, describiendo más bien una escuadra con su otra salida por las calles de Filomeno Mata, frente al Club de Periodistas. En medio, capturada por esas dos entradas, queda el espacio de la cantina La ópera.

En sus dos locales desfiló a su debido tiempo lo más granado de la intelectualidad mexicana, revuelta con una bohemia a veces alcohólica, a veces nada más cafetera, que de alguna manera poseía el pulso de una nación gestando sus nuevas generaciones de creadores.

La lista de los que hicieron ese tiempo y la fama de Los pavorosos es interminable: por citar a algunos cuantos, habría que recordar a Rubén Salazar Mallén, don Ermilo Abreu Gómez, José Muñoz Cota, Aurora Reyes, Adela Palacios, Magdalena Mondragón, Concha Michel, El tlacuache César Garizurieta, Andrés Henestrosa, Teorodoro Arriaga, Severo Mirón, Margarita Paz Paredes, Silvestre Revueltas, Samuel Ramos, Abelardo Avila, Renato Leduc y tantos otros...

Los pavosoros, artistas de todas las disciplinas, filósofos también, periodistas y alguno que otro vago simpático, se hicieron famosos por su continuo derroche de ingenio, por su sentido satírico, por sus ironías y a la par por sus formas toscas de herir al prójimo... pero también por su indiscutible e inconmensurable talento a toda prueba.

A parte del libro escrito por González Calzada llamado Café París, en el que aborda las hazañas de Los pavorosos, los acontecimientos que se daban diariamente en aquel ámbito, provocaron que muchos cronistas y reporteros de esa época y de tiempos posteriores hayan escrito páginas brillantes recordando lo que fue aquella realidad plagada de humor e ingenio, pero también de muchas ganas de dejar al cristiano adjunto mal parado, mascullando venganzas y rencores ante la broma sangrienta de la que había sido objeto.

Paralela a la existencia de la fama de Los pavorosos, en el Café París corrió la de la Morada de paz, presidida por el odontólogo Daniel Martínez Montes, un robusto bohemio que tenía un corazón del tamaño de su voluminoso cuerpo, y a quien sus amigos conocían también con el sobrenombre de El exodonte.

Casi se podría decir que el material humano que abarrotaba el Café París era el mismo que asistía a la Morada de Paz, consultorio de Martínez Montes que se encontraba en las calles de Donceles, a un costado de donde se ubica actualmente la Cámara de senadores.

A un lado de la sala de espera, a donde llegó a atenderse varias veces hasta el general Lázaro Cárdenas, tras una puerta permanentemente cerrada, de la que el paciente normal nada sospechaba, se encontraba un cuartito bullicioso, lleno de cuadros en las paredes y de versos de los diferentes poetas amigos que ahí llegaban. En el centro había una pequeña mesa y sobre la mesa, invariablemente, una botella de vino.

Los chismes que se fabricaban entre Los pavorosos en el Café París iban a rematar su veneno en el cuartito de Donceles y viceversa. Así fue como la vida de los dos sitios quedó íntimamente ligada teniendo como eje carnal la bohemia de la época.

En cierta ocasión, ante al abuso de alguno de los asistentes, Martínez Montes montó en cólera y corrió a todos de su consultorio. Los corridos asumieron el enojo del odontólogo iracundo y decidieron no volver a poner un pie en el consultorio de donde habían sido tan violentamente arrojados.

El doctor Martínez Montes, pasado ya el coraje, esperó una tarde tras otra a que regresaran sus amigos, pero no fue así y la tristeza le fue invadiendo. Antes de cumplirse los quince días de aquel su enojo, los que cuentan la anécdota vieron la enorme figura del Exodonte entrar al Café París, sentarse en una mesa, y colocar humildemente sobre ella un cartelón que decía con letra garrapateada: “Se solicita bohemios. Morada de paz”.

Entre Los pavorosos se diseñaron bromas que pudieron haber desembarcado en asuntos terribles, como cuando se decidió lanzar la candidatura del muralista y poeta Pedro Rendón a la presidencia de la República, para burlarse de la candidatura formal del licenciado Miguel Alemán.

Si Miguel Alemán llegaba a algún sitio sobre un carro descubierto y entre bandas de música (y de las otras) para promover su campaña electoral, al otro día llegaban las huestes de Pedro Rendón, montado éste sobre un burro trasijado y pronunciando el discurso correspondiente que algún humorista de Los pavorosos (eran muchos) había escrito una noche antes.

“Pueblo de México –decía Rendón haciendo equilibrio sobre el triste y paciente burro- si llego a ser presidente de la República les prometo mandarles a instalar un atoleoducto, esto es con el fin de que no les vuelvan a dar atole con el dedo”.

La broma fue subiendo de tono hasta que un buen día aparecieron en la vida de Pedro Rendón unos hombres mal encarados, pistoleros eran que se llevaron al candidato a una de las márgenes del Gran canal y ahí le amenazaron con darle muerte si no abandonaba su campaña presidencial, porque el señor licenciado no estaba dispuesto a seguir tolerando más burlas.

Entre el Café París y la Morada de paz deambulaba Aurelio Ballagas El fóforo, personaje que se había hecho famoso porque durante las luchas para alcanzar la autonomía de la Universidad, él, jefe de grupos que corresponderían a lo que ahora conocemos como “porros”, había dado muerte a un bombero que comandaba a una escuadra de elementos que con hachas y mangueras atacaban lo que era la Facultad de Medicina, en Santo Domingo. Ballagas, molesto por la agresión salió del inmueble, abrazó al bombero y éste expiró lánguidamente entre sus brazos.

De Donceles al Café París llegó un día, por primera vez, El fóforo Ballagas. Los pavorosos se encontraban en esos momentos en una de sus “tenidas”. Estaban pasando lista: “Adela Palacios... (y un coro de ángeles respondía) Que chingue a su madre...; Salvador Novo... (y otra vez el coro) Que chingue a su madre...; Concha Michel... Que chingue a su madre...; José Muñoz Cota...

Cuando el que pasaba lista llegó al nombre del nuevo miembro del grupo, Ballagas se levantó ofendidísimo y amenazante dijo: “A mí nadie me mienta la madre”. Esto ocasionó que en lo sucesivo, cuando se llegaba a su nombre, el coro celestial guardara silencio. Pasando apenas unas semanas de aquella “muerte civil”, cuando el de la lista llegó al nombre de Ballagas, este se levantó violento y gritó: “Y a mí por qué no me mientan la madre, cabrones”.

Entre Los pavorosos conocida era la anécdota protagonizada por Andrés Henestrosa y el compositor Carlos Chávez, hecho que corrió de boca en boca y que años después recogiera en su libro González Calzada. A mí me la platicó en versión directa, Aurora Reyes, quien fue testigo presencial de los hechos.

Un día, al pasar Carlos Chávez en frente del Café París, Andrés Henestrosa, con toda la “buena intención” del mundo, le dejó caer un lapidario: “Adiós Beethoven...” Chávez, iracundo como siempre fue, regresó sobre Henestrosa propinándole una golpiza de antología.

Frente a aquella ira inextinguible del músico intervinieron los agentes y llevaron a ambos a la barandilla de la delegación que estaba en las calles de Victoria. Al ver el agente del ministerio público el estado en el que había quedado Henestrosa preguntó a éste qué cosa tan grave pudo haberle hecho al otro señor -que todavía bufaba de ira- para que lo hubiera puesto en tal estado.

Henestrosa respondió al punto: “nada, señor agente del ministerio público, mire usted nada más como me puso nada más porque al pasar enfrente al Café París le dije: “Adiós Beethoven”. El ignorante funcionario quedó extrañado y Henestrosa inmediatamente agregó: “si esto me hizo ese señor, ¿se imagina lo que me hubiera hecho Beethoven si al pasar le hubiera yo dicho ‘adiós Chávez?”

Las anécdotas que surgieron al interior del grupo de Los pavorosos son interminables. Entre ellos todos los días se desarrollaban auténticos duelos de ingenio y de muy bien cumplidas “perversidades. Ahí queda una historia imborrable que seguirá hablando por un México que sigue muy presente en nuestras vidas. De estos intelectuales cabulescos todavía se escuchan sus voces, que podemos reconocer nítidamente.

Subir
Índice Sitio Roberto López Moreno
Periodismo - Siguiente
Síguenos en el Facebook Roberto López Moreno