NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
Vuelo de Halcón
La barra se coloca en posición horizontal; se ajusta debidamente sobre el punto en el que se va a hacer presión; se sujeta con firmeza por los dos extremos buscando un punto de apoyo para que la acción sea más efectiva y se inicia el rito de matrimonio entre esa barra dura, sin flexibilidades y la zona atacada, presionada con un contacto sólido que cada vez se hace mayor, apoderándose de todo, con esa terquedad material de lo que no siente, de lo que está ahí, precisamente por no sentir, cumpliendo su fría misión sobre el otro tipo de materia inerme, entregada absolutamente a la relación que se está imponiendo.
Se coloca la barra en posición horizontal, aunque después, con el movimiento lógico cambiará en repetidas ocasiones de lugar, pero siempre existirá una constante que radica en dos puntas fuertemente asidas por un poder casi mecánico que impone la decisión de que las cosas se desarrollen como están planeadas, sin que fallen más que mínimos detalles que no alterarán el resultado absoluto para el que se ha ensayado con bastante anticipación, minuciosamente, vigilando cada movimiento desde el embrión teórico que después alcanza su floración práctica, contundente, categórica.
La barra se coloca como se ha planeado previsoriamente, dejando los márgenes considerados para el movimiento, en caso de que estos tengan que ser utilizados en medio del fragor de las fuerzas que se ponen en juego con todo su choque de contradicciones con la materia dura bien sujeta por los extremos aplicando la presión en el punto blando, en el punto centro que finalmente habrá de permanecer inerte.
Se coloca la barra en el lugar indicado y se empieza a presionar, con precisión, con la plena conciencia de que el plan habrá de llegar a una culminación exitosa.
La barra, pegada a las ruedas de acero se empezaba a movilizar lentamente, después más ligero, y enseguida continuaba el desfile de carro0s enganchados a una máquina que se lanzaba a recorrer su itinerario de rieles, a romper el horizonte descubriendo nuevos paisajes ante los ojos asombrados, después de atravesar un montón de barracas ahumadas, de pequeñas ciudades de madera, de hierros oxidados en donde había de todo, desde perros y perros y más perros ladradores hasta improvisadas ventanas adornadas con botes viejos desde donde se desprendían hacia el suelo simulacros de follajes, vegetaciones pálidas, menesterosas.
Y allí, entre las barracas, la figura del viejo dicharachero, del viejo combatiente que repetía cada que pasaba el tren su gastado versito:
Corre corre trenecito,
no me dejes ni un vagón,
vámonos para Celaya
a combatir a Obregón.
La máquina anunciaba su paso con un ronco sonido que hacía temblar todo lo circundante y despertaba ladridos y somnolencias en aquel suburbio que poco a poco se iba alejando, se iba quedando atrás como un organismo que se queda en la página anterior, latiendo con su propia vida, de la que no se sabrá más porque el movimiento empieza a abrir otras nuevas posibilidades de existencia, de modos de ser y de sentir, con nuevas características geográficas, con un nuevo tiempo por vivir.
Y el pensamiento en la velocidad con que aquella barra se estaría movilizando hacia arriba, hacia abajo, pecada tercamente a las ruedas duras con trepidaciones de distancias nunca saciadas, con rodares de nuevas poblaciones y ciudades, de llanos y desiertos remontados una y otra vez en cada viaje. Aquella barra recia sujeta al movimiento, inerme ante el desplazamiento obligado por una fuerza superior, por un impulso motriz ajeno a esa ascensión en diagonal y a ese descenso nunca totalizado, amarrado a tuercas y tornillos clavados a igual terquedad.
El ruido del ferrocarril se iba perdiendo en la lejanía y en las barracas, después del estremecimiento programado, todo volvía a su pasividad cotidiana. Sergio Calvo metía la mano a su bolsillo y sacaba de él unas canicas verdes , con manchones grises y rojos, el “tirito”, como él les llamaba, y se iba a jugar con los demás chamacos del lugar. En el piso de tierra dibujaban diversas figuras geométricas, “el cococol”, “el cuadrito”, y sobre las líneas señaladas colocaban las bolas de cristal pintadas con diversos colores, abiertos a todas las imaginaciones.
Las mujeres pasaban veloces impulsadas “al mandado”, sin voltear a ver a la chiquillería estorbosa que se apostaba a través de los pequeños planos polvosos; y al lado de ellos, en pleno ocio, el viejo dicharachero, que después de masticar hasta el cansancio, día tras día los sucesos de una revolución en la que aseguraba había participado, se ponía a cantar, a veces, o si no, simplemente a relatar con tonos punzantes, el amasijo de chismes que tomaba forma entre los habitantes de aquel hacinamiento de habitaciones cochambrosas, pintadas con polvos y humos de las factorías cercanas.
-Corre, corre, trenecito…
-Ya chántela viejo, y venga a echarse una cervatanita pal calor.
-Pal gaznate has de decir, pal calor pa qué, ese déjalo a’i ’on ’ta, poniendo cuernos y haciendo niños.
-Ah qué viejo, siempre tan jodón.
En uno de los viejos y descoloridos carros del ferrocarril, al lado de un ramal de rieles, se llevaba a cabo la venta de aguardiente, en donde se daban cita, durante los días hábiles, algunos desertores del trabajo, y durante sábados y domingos los que gozaban de sus días de descanso.
Pero no sólo el viejo era el encargado de prolongar el chisme diario hasta más allá de las barracas mal paradas sobre la superficie; también los niños que pululaban a todas horas entre las encrucijadas del caserío eran vehículo veloz de todo lo que escuchaban en sus casas, y agentes del intercambio a la hora de sus juegos al ras de la tierra. Y entre aquellos chamacos tan terrestres, Sergio Calvo disputaba, a veces a gritos, en ocasiones a puñetazos, la legalidad del juego, revolcándose con los demás niños, como los canes que ladran, se revuelcan y terminan perdiéndose en un chillido lastimero, saltando sobre los durmientes enchapopotados. Las tardes se plagaban todos los días de ese barullo de chiquillos sucios, vestidos con pantalones y camisas parchados, correteadores de perros y apedreadores de gatos, ratas y lagartijas.
En ocasiones, cuando la inmensa plaga de chamacos escandalosos se cansaba de retozar sobre las piedras oscuras y filosas repartidas entre los rieles, asomaban su curiosidad al interior del carro descolorido, de donde los gritos de los mayores iban subiendo de tono a cada nuevo trago de aguardiente mientras el viejo dicharachero refunfuñaba sus conocidas estrofas:
Corre, corre, trenecito,
no me dejes ni un vagón…
El viejo dicharachero cantaba, conversaba, hacía bromas o recordaba sus pasados hechos de armas, más inclinado hacia la fantasía que hacia la realidad, mientras algunos comentaban el chisme de moda.
-Te digo que la vi salir bien amarteladita de un hotel de las calles de Allende y ni siquiera se chiveó cuando nos cruzamos en la calle.
-No ’mbre.
Así todas las tardes; y así todas las noches los chamacos iban a buscar el calorcito con olor a humo de sus casas. Sergio Calvo, como posiblemente el resto de los chamacos, se encontraba al llegar con un reproche desganado por parte de su madre, quien le culpaba de tener que aplicar un parche más a sus ropas, y entonces él sabía que iba a volver a sus pesadillas de todas las noches, rodeado de halcones y de pajarracos repugnantes.
Un dos, un dos, un dos, se empieza por aprender a llevar el paso muy bien, y después todos juntos, sincronizados debidamente, dan la impresión de aquel movimiento parejo de las ruedas del ferrocarril, cuando pasaba haciendo temblar el piso, a la hora que ya todos sabían que tenía que pasar. Después viene la práctica del golpe propinado con el canto de la mano, y que cuando ya se es muy hábil para darlo, puede causar la muerte de cualquier pobre diablo. Todos los secretos para romper los huesos humanos, están ahí, al alcance de la maña, todo es ponerle un poco de interés al asuntillo para luego terminar con la práctica que se hace con base en armas blancas y sobre todo de armas de fuego, para lo que hay que levantarse casi de madrugada, igualito como dicen que lo hacen los soldados. Claro está que por la falta de costumbre, a los primeros mandarriazos quedan pitando los oídos, como los pitidos de aquel ferrocarril que pasaba traqueteando y movía las canicas de su lugar mientras el ruido quedaba dando vueltas en el caracol de las orejas.
Corre, corre, trenecito,
no me dejes ni un vagón…
El viejo se pasaba la mayor parte de su vida montado en los ferrocarriles y realmente era muy poco el tiempo que se la pasaba entre nosotros; lo queríamos mucho, por que si mal no recuerdo nunca dejó de ser bueno. Después de sus largas ausencias nos traía dulces y nos acariciaba con sus manos rasposas, pero con una ternura que nunca hallé ni antes ni después en ninguna otra parte. Lleno de grasa y de sudor, siempre, con un olor penetrante que se desprendía de su cuerpo y que en verdad era con lo único que me acuerdo que nos golpeaba. Cuando se llegaba a enojar con nosotros, en lugar de utilizar el cinturón, como los padres de otros escuincles, nada más se limitaba a alzar los brazos para castigarnos con el tufo que se desprendía de sus sobacos; pero lo cierto es que el viejo siempre estaba de buen humor, aunque se pasara agarrándose la nuca y los hombros nomás del puro cansancio.
Cuando el viejo dicharachero se ponía de contador le gustaba platicar que Sergio Calvo era un hombre de bien. Recordaba las luchas en las que habían participado con otros compañeros ferroviarios y de cómo más de alguna vez le habían abierto la cabeza los policías o le habían encerrado los días en unas cajas de metal a las que les daban el nombre de cárceles.
El viejo dicharachero se entusiasmaba y entusiasmaba a sus oyentes que querían saber más de Sergio Calvo, de quien se decía que en su juventud había sido tan fuerte que había matado de un solo abrazo aplicado con enojo a uno de esos bomberos que con sus mangueras mojaban de miados a los que caminaban en las manifestaciones, levantando entre sus manos mantas y cartelones exigiendo por las calles de la ciudad derechos sindicales que nunca les cumplían.
Lo que tenía de bueno lo tuvo también de valiente –recordaba el viejo entre trago y trago de alcohol-, yo lo llegué a tener escondido varias veces en mi casa, cuando lo perseguía la agentiza para fastidiarlo. Lo ocultaba debajo de la cama, él se acostaba sobre los pliegos de papel que servían para la propaganda que repartían por las noches los que organizaban los mítines, y cuando creía que ya estaba bien jetón, con su alma recostada sobre alguna estrella roja, o sobre alguna sábana del frío de la madrugada, oía su voz de bonachón que me decía desde su escondite: “hey, viejo, reviéntese otra vez esa de corre, corre, trenecito, no me dejes ni un vagón… no más que muy quedo, no nos vayan a agarrar a media filarmonía”.
La barra es de metal, dura, necia, cumplidora fatal de su destino, consistente en oprimirse con fuerza sobre el punto que se le ha asignado, que se le ha marcado para que ejecute su función sujetadora. Los cabos deben estar pulsados firmemente para que no se produzca ningún otro movimiento que no esté previsto por el cálculo certero en implacable. El metal, sin calor propio, sin decisión alguna, cumple fría, sólidamente y presiona sobre el punto debido con la energía que se le imprima en las terminales y ciega se adhiere a la otra materia que espera inerme el acomodo final, el acoplamiento conciso. En la medida en que las ruedas van tomando velocidad, deslizándose sobre los rieles, la barra adquiere su movimiento mecánico, como un brazo de fierro incansable que sube y baja en forma diagonal amarrada a su destino oscilatorio.
-Te digo que yo la vi salir del hotel; hasta bañaditos venían los dos.
-¡Ah, jijos!
El ferrocarril que pasaba durante las horas grises que se alargaban entre la tarde y la noche constituía la señal para que Sergio Calvo se encaminara a su casa, en donde su madre ya le esperaba, de seguro, con su cara agria y el reproche pronto por la hora de llegada, o por los moretones en el cuerpo, o por la camisa deshilachada, o simplemente por que sí. Él soportaba aquellos minutos de reconvenciones con la certeza de que más tarde, cuando empezara a soñar con halcones y pajarracos repugnantes, su madre asistiría a arrancarlo de las garras de los malos sueños. Ahí estaría ella, en esos minutos difíciles, con sus caderas amplias y redondas, con sus piernas suaves y regordetas que provocaban ciertas sonrisas que él no entendía, entre los hombres que bebían en el vagón descolorido durante los mediodías. Ella estaría ahí, agitando las enormes caderas cubiertas con las faldas floreadas que tanto le gustaba ponerse, correteando los malos sueños con una escoba, abriendo las ventanas para que por ellas se fueran
volando y que no volvieran nunca más… hasta mañana… como los trenes negros de humo.
Mi papá casi nunca estaba en la casa, se montaba en el ferrocarril, aullaba largamente, como si le doliera desprenderse de nosotros, y después del aullido arrancaba encima del gran aparato y no se le volvía a ver por muchos días. Yo primero sentía algo de tristeza, cuando desaparecía el viejo, adelante del enorme gusano ruidoso, pero luego me juntaba con los cuates, a quienes para entonces ya no les gustaba jugar con las canicas; ya le entrábamos a la cerveciza y nos fijábamos en las nalgas de las chamaconas y empezaba yo a entender por qué aquellos hombres que bebían en el interior del vagón descolorido sonreían maliciosos cuando pasaban las señoras al madado.
Pero no siempre nos quedábamos solos en la casa, pues a veces llegaba a tomar café el señor Sigler García y se quedaba hasta la noche, y después, como tenía miedo a los perros que se ponen a ladrar entre los callejones que forman las barracas, mi mamá lo acompañaba y yo le decía a ella que no se tardara mucho porque ya pronto iban a llegar los sueños malos, llenos de halcones y pájaros que en aquel entonces me daban rete harto miedo.
El señor Sigler García nos visitaba seguido porque mi papá le debía harto dinero y la mera verdad es que no tenía ni pa cuando pagarle. Si el viejo estaba en la casa, luego sacaba una botella de Bacardí y le ofrecía al señor Sigler García; pero don Sigler nomás se chupaba dos copitas y se ponía retecolorado, como si se le fueran a romper los cachetes güeros. Cuando no estaba el viejo, mi mamá no le daba Bacardí, ella le invitaba una taza de café, y los dos se veían, y se reían y platicaban mucho, y él me regalaba bolsas de dulces que había comprado en alguna tienda con el fin de que todos estuviéramos contentos, pero el muy inocentote ni se imaginaba que a mí ya no me entretenían esas chucherías, que a los cuates y a mí ya no nos gustaban los dulces ni las canicas, sino que ya nos parábamos en las esquinas para ver pasar a las chamaconas moviendo la nalga; que ya también nosotros nos entreteníamos con los versitos del viejo dicharachero:
Corre, corre, trenecito,
no me dejes ni un vagón…
Te digo que fue en un hotel de las calles de Allende, los dos juntitos. Don Sigler García no se volvió a parar por la casa y mamá se fue poniendo de mal humor. Entonces afinaba mi guitarra y le cantaba aquello que tanto le gustaba, “corre, corre, trenecito, no me dejes ni un vagón”, ah qué Sergio Calvo. ¡Sergio Calvo! ¡Presente!, y largo se hace el tiempo para empezar a romper hocicos. Y cuando llegaba con los codos y las rodillas rotas, su mamá le cocía unos parches sobre las heridas, con los billetes que dejaba caer sobre la mesa el señor Sigler García. Sus ojos, sus manos, su ropa, su todo era de halcón, como un feroz mal sueño. Yo creo que el méndigo prestamista ni casa le ha puesto, así como es de tacaño. Hasta que ella jaló pal mandado y nunca más volvió; papá sí regresó, sobre su tren ruidoso, nomás pa ponerse a llorar como silbato viejo. Y ya ansina de envejecido como estaba, me daba dialtiro muncha lástima, pos no era ni tantito de aquel que conocí pegando papeles en los postes y pintando en las paredes, con letras rojas, sus cosas de sindicalerías. Hasta que por fin llega el momento en el que lo mandan a uno a aplacar a esos revoltosos que andan gritando por las calles, cargados de cartelones y ruidos de fábricas. Y entonces la máquina llegaba ronca de tanto camino, con el viejo aullando arriba, era cuando el señor Sigler García se iba rápido a su casa pisando sobre el humo de la noche. Sus ojos, sus manos, su ropa, su todo era de halcón, como un feroz mal sueño. Por que si le hubiera puesto casa, pos nomás no la anduviera trayendo en hoteles. El viejo se fue poniendo pálido y pellejudo, ’ora sí que viejo, ya no se montaba en su máquina, me veía con ojos de perro necesitado, pero la pura neta que yo ya no lo quería y estaba esperando nomás la oportunidad pa largarme también con rumbito pa la fregada. Luego, el chamaco, que ya le empezaba a gustar la vagancia, jaló quien sabe pa dónde, con gente como esa nunca se hubiera hecho la revolución. Y con las mismas mantas, donde dicen ¡Viva la Revolución!, con esas mismas mantas, se les tapa el hocico, pa que ya no griten los méndigos. Y una noche ella dijo que iba al mandado –recordaba Sergio Calvo cuando le estaban enseñando karate-, pero ya no regresó a las barracas, tampoco volvió el señor Sigler García. Sus ojos, sus manos, su ropa, su todo era de halcón, como un feroz mal sueño. Yo los vi bien abrazados cuando salían de ese hotel, qué bueno que el difuntito ya no alcanzó a ver más cosas. Después supe que se había muerto, pero la neta que no sentía ningún flato por él, al contrario, harta vergüenza me daba regresar a las barracas, a que los cuates me dijeran “hijo de puta, salúdame al güey de tu papá”, así que no sé ni cómo le hicieron para enterrarlo. Toda la carga del entierro nos quedó a los que todavía lo estimábamos un tanto, ¿qué tal la veríamos que hasta la guitarrita tuve que empeñar? Hasta que llega el momento en el que le dan a uno la ametralladora, y entonces sí, a darle a la musiquita, con obreros, o estudiantes, o el que caiga, pues. Y sin saber nada de mítines ni huelgas, Sergio Calvo, asustado, todavía durmió por algún tiempo en el fondo del vagón, repleto en las horas de la madrugada de sueños difíciles. Sus ojos, sus manos, su ropa, su todo era de halcón, como un feroz mal sueño.
La barra se coloca en el sitio adecuado, preparándola para después apretar con toda la fuerza de que se pueda ser capaz. El tirón debe ser parejo, firme, con los extremos bien sujetos para que el centro de aquella longitud oprima con la contundencia requerida. La materia dura, insensible, debe quedar perfectamente ajustada para que el proceso no se alargue demasiado tiempo. En ocasiones la barra puede, por motivos del movimiento, desplazarse del sitio original, pero ello no representa gran importancia, pues el fierro siempre tendrá la consistencia necesaria para cumplir el cometido. El auxilio de la rodilla es necesario, para que el punto en el que se aplica la presión proporcione un frente fijo. Se coloca la rodilla detrás de la nuca y se jala con furia de los dos extremos, entonces el punto blando, aplastado contra el punto férreo, empieza a ceder con un estallamiento de vasos sanguíneos, con una rompedera de anillos cartilaginosos; el fierro se clava asesino en las vértebras cervicales, asfixiante, y sólo cede a la presión, cuando la angustia final produce un largo ruido que sale por la boca como el lamento de un ferrocarril que lentamente se va incrustando en la lejanía.
2 de octubre de 1975
De: YO SE LO DIJE AL PRESIDENTE
1ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1982)
2ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1986)
3ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1994)
4ª Edición. Fondo de Cultura Económica (1998)
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