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NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL

Tomasa Villa

Si señor, yo soy esa mera, yo soy Tomasa Villa pa’ servirle, como dicen los catrines; en realidad no tengo mucho que contar, qué se puede decir cuando ya todo mundo sabe de qué se trata el asunto, cuando ya se han hecho preguntas hasta el cansancio y cuando ya se han contestado todas esas preguntas al derecho y al revés, porque esos que preguntan y preguntan lo saben hacer al derecho y al revés, verdad de Diosito lindo, entonces las palabras se desaguan como desde un tinaco hasta que el tinaco se queda bien seco y ya no hay nada más que dar aunque se quiera; ya todo está dicho y apuntado y comentado y dicho y dicho que hasta la saliva se me secó ya de tanto tragar aire cada que abro la jetota pa’ volver a repetir la misma historia que ya todos ustedes se han de saber de puritita memoria.

Qué quiere que le cuente de nuevo, ¿lo del chavo?, bueno, pues a’i tiene que era un chavo bien agarrado a la panza de su madre; pa’ que vea que no le miento no era chavo, así se dice cuando se habla de esas cosas y cuando no se sabe todavía qué va a ser lo que se anda cargando en la barriga, pero la verdad de las cosas es que era una chavita, pateadora, chupadora y yo creo que hasta gruñía allá adentro; eso me han dicho las de doble filete, que hay veces que gruñen los condenados chavos en las meras entrañas y que muchos de ésos cuando nacen y crecen, siguen llorando de por vida o hacen versos, como esos señores raros a los que les dicen poetas por mal nombre y que se dedican a embarrar el mundo con sus lagrimotas de tinta.

Dígamelo usted, si es que me lo puede decir, cómo se le hace cuando anda una cargando algo que no se desea y el maldito cuerpo, esta mugrienta cáscara de que se está hecho, se empecina en guardar el bultito y irlo alimentando y calentando en donde quiera que una va, como una canija maldición que no se acaba, que sigue creciendo y rebotando adentro cada día que pasa. Dígamelo usted, si es que me lo puede decir, qué es lo que se hace cuando eso pasa, por que yo, de plano, que no hallé solución. Me jalaba los pelos todas las noches, hasta que me quedé así como me ve, apedreada por todo el escuiclerío: ¡La calva! ¡La calva! ¡La calva panzona!, y yo me seguía jalando los pelos sin encontrarle la entendedera al asunto, con las venas hinchadas y la barriga brinque y brinque: ¡Esa calva esta pastel!, y la barriga me seguía brincando: ¡Bien pastel!, y la barriga brincando.

Yo no sé si usted sepa lo que es salir a media noche a buscar algún basurero en donde tirarse pa’ abrir las patas y botar toda la rabia que se anda cargando en el vientre, claro, disculpe, seguro que usted no sabe de esas cosas, perdone pues, pero si viera lo recanijo que es eso, buscar un lugar solitario dónde tumbarse boca arriba, llena de dolores que revientan el cuero, mirando las estrellas y nomás de mirarlas sentir que lo que tiene una adentro es una quemazón de estrellas que quieren salir al mismo tiempo todas porque adentro se están ahogando; si pudiera usted saber lo que es esa desesperación, la puritita verdad que se le enchinaría el pellejo como a esa pobre calva de la Tomasa Villa.

No es que no tenga una los calzones bien puestos, pero a veces nos los llegan a quitar a la meritita juerza, aunque el corazón se quiera salir por la boca de la pura muina y tape el aire pa’ que ni siquiera se pueda respirar, y luego las manos calludas, temblorosas se meten por debajo de la falda hasta que agarran el elástico y lo rompen de un puro jalón y una se siente como si estuviera bien encuerada en el mero centro del Zócalo o caminando con las vergüenzas de juera a las dos de la tarde por las calles de Allende.Eso sí que está bien feo y como se lo alvertí, no es que una no tenga los calzones bien puestos, pero es que a veces sí que nos los llegan a tumbar pa’ puritita maldición y ni nadie que meta un dedo aunque se la esté llevando a una el carajo, palabra que eso sí que se siente rete gacho.

No sé si usted haya tenido siempre padre y madre, ojalá que sí, ojalá que nunca haya tenido que soportar las canijadas de algún padrastro como les dicen a esos cuates de cara dura que se la pasan jalando las patillas de los chavitos; pero si usted tuvo padrastro entonces sí que ha de saber lo que es eso. ¿Verdad que no se lo deseamos a nadie? Dicen que hay hombres buenos y justos en esas ondas, pero usted sabe que una habla de cómo le va en la pachanga, porque es de lo único que se conoce y de lo que se puede hablar, lo demás serán inventos. ¿Usted ha oído hablar de aquella que tenía marido pero que lo cambió por un zopilote que le hizo un muchacho muy sufrido? ¿Verdad que puros cuentos?

Pero la mera neta es esta. El muy mula a’i estaba siempre, sentadote, no me acuerdo que haya hecho alguna cosa alguna vez, sólo lo recuerdo echado, con su carota de gruñón, con sus ojos raros siempre que me miraba, chúpele y chúpele a la mezcaleada, como si se jueran a acabar las botellas de mezcal que se fabrican en la pelotota. A veces se ponía a matar moscas con una liga. Acercaba con cuidado los dedos a la cobija deshilachada, los juntaba cerca del animalito y luego jalaba la otra punta de la liga blanda, donde ya había manchitas de sangre, jalaba a todo lo que diera la liga y ¡zas! Quedaba la mosca destripada sobre la colcha. No lo recuerdo haciendo otra cosas que no fuera matar moscas o inflarle y inflarle a la botelliza de mezcal hasta que se inflaba colorado y escupía bolitas de estopa por todos lados con la lengua hecha una bola de trapo.

‘Ora verá; fue en una de esas cuando se me echó encima, con todo su peso abotagado, ahogándose de pestilencia, con todo su asqueroso, su inmundo cuerpo inflado; me restregaba su baba en los cachetes, no me dejó aliento ni pal grito; fue una noche de septiembre, si bien que me acuerdo. ¿Usted lica lo que es sentir esas manos calludas no más de abrir botellas y porquesque antes le había hecho a la carpintería, sus mugrosas manos calludas metiéndose debajo de la falda hasta que agarran el elástico y lo rompen de un puro jalón? Y revolcarse desesperada en el camastro con el panzón encima que le jala a una de las greñas pa’ dejarla como gallina pelada, y por fin sentirlo adentro, caliente, rompiendo todo lo que se le rompe a una adentro hasta que empiezan a llorar las piernas con una sangre tibia que se desparrama por el tapanco.

Esa noche de por sí estaba yo bien asustada y si me quedé con él en el tapanco, jue por el merito miedo que sentía de salir a la calle con aquel cotorreo que se traía la gente por todos lados. ¿Ustedes han sentido miedo alguna vez? ¿Verdad que es de la fregada? Pues no me va usted a creer, pero como que ya presentía algo que me hacía temblar esa noche. Era miedo, un recanijo miedo que me entraba por todas partes del cuerpo y me lo sacudía; nunca me sentí tan sola como esa vez, pero ya luego me iba a seguir sintiendo sola en muchas ocasiones. Si por eso jue que me quedé en el tapanco, pa’ no tener que salir a la calle donde los rumores corrían como ratas asustadas que salen de las coladeras pa’ meterse en las puertas oscuras.

La gente se traía la escandalera de la loca, en todas las esquinas no se hablaba de otra cosa; que por qué no la recogía el gobierno; que si la policía estaba comiendo moscas, de esas que se escapaban de lo ligazos; que si ya se había echado a una chavita a puros tijerazos; que si todas las noches se aparecía detrás de los puestos de tacos; que si esto, que si lo otro; que si lo de acá, que si lo de más allá, y a mí que se me paraban las greñas de punta nomás de oír tantas cosas. Ya algunas noches la había soñado con los oclayos saltones, con sus ropas desgarradas y sus alaridos detrás de mí, empuñando las tijeras que traía en la mano derecha, según los que la habían visto.

A mi madre le decían la calva, y el último recuerdo que tengo de ella es el de su azotea bien pelada, con mordiscos por todos lados, como si le hubieran arrancado los pelos a puras dentelladas, como si se hubiera acostado una noche entre perros hambrientos y se hubiera levantado al otro día trasquilada hasta el cuero y con una panza más grande que un circo. Que estaba embarazada decían algunos, otros decían que estaba pastel y yo me imaginaba que esos mordiscos y esa panza eran culpa de los malditos perros y que por eso los andaba buscando por las calles, para clavarlos en las puntas de las tijeras. Ese es el único recuerdo que de ella guardo, porque después se puede decir que todo lo borró el miedo, después fue nomás el miedo el que me sacudía, las paredes del tapanco estaban cubiertas con miedo, en el aire se respiraba puro miedo, todo, todo estaba manoseado por el miedo.

La gente no hablaba de otra cosa que de la loca, era un cotorreo canijo el que se traía; todos estaban que ya les andaba nomás de miedo porque decían que salía aullando por las calles cuando menos se lo esperaban los cristianos y luego luego empezaba la corredera pa’ todos lados. De plano que se los traía de la chamarra; nomás empezaban a hablar de la loca y todas las viejas se santiguaban mientras los escuincles se quedaban viendo pa’ arriba con la boca abierta y el susto bailoteándoles en los oclayos. Los hombres nomás se reían, pero tempranito jalaban pa’ las vecindades a menos que anduvieran borrachos y en bola, y entonces se ponían a cantar en la calle “la llorona” o gritaban groserías de la loca.

Pero me ando saliendo del huacal, ya lo sé; lo que usted quiere que le diga es la cosa de la chava y se lo voy a cotorrear una vez más pa’ que esté contento. Pos a’i estaba nomás en la barriga, crece que te crece, chupe que te chupe esta pobre sangre de Tomasa Villa y ya no hallaba yo como botarla; en las noches me despertaba vomitando y sentía que todo el tapanco daba vueltas y como si se me juera a caer encima de un momento a otro, y me daba rete harta rabia y nomás de acordarme de la chava a’i adentro comiéndome lo poco que se logró una meter de los desperdicios de los puestos de tacos me volvían las ganas de vomitar hasta que nomás me quedaba echando espuma de no tener ya nada que echar pa’ juera. Habían veces que me retumbaba todo el cuerpo… y las palpitaciones… palabra de Diosito lindo que usted no sabe lo que es eso que le ande palpitando por adentro una cosa que usted no quiere tener, me cae que usted también se hubiera puesto a jalarse los pelos hasta quedarse como pollo a medio desplumar.

Esa noche, la neta, que ya no aguanté más y jué cuando me juí en silencio a buscar en dónde botaba todo ese revolvedero de tripas; me juí jalando pal basurero donde luego encontraron el charco de sangre; me juí sin que nadie me viera, pa’ tirarme en cualquier campito y abrir las patas y jalarme aquello con todas mis juerzas, aunque me dolieran hasta las estrellas que nomás miraban allá arriba todo lo que estaba pasando. Me metí los dedos, como quien se agarra del elástico pa’ romperlo de un jalón y alcancé a la chava que ya estaba en una ahogazón de agua viscosa, entonces cerré los ojos pa’ ver nomás las estrellas que están adentro, en el merito coco, y empecé a arrancar en medio de todo aquel charquero que me dolía hasta la última gota, hasta la última boqueada que se da antes del desmayo.

Él me agarró con juerza, me abrió las piernas como si me las quisiera desprender y todo el tapanco se cimbró cuando se metió en mi carne y empezó a darle, a darle con furia, como si estuviera en la desesperación de la muerte. Yo no sentía ya el cuerpo al que le estaban haciendo una chava untada de alcohol, yo no sentía ya ni la azotea desgreñada, ni los manojos de pelos esparcidos abajo del camastro apestoso. Cuando terminó me levanté empapada de asco y me juí a la calle donde la gente seguía con su miedo y su cotorreo.

Todos decían que la loca era altamente peligrosa, que la debían amarrar de pies y manos, que se la debía llevar la policía de una vez por todas, que cualquier día iba a amanecer muerta de las atragantadas que se daba con los desperdicios de los basureros, que ella misma se iba a enterrar las tijerotas en la barriga cuando menos lo pensaran. Y la loca iba y venía en la boca de todos, andaba en las calles desgarrada de las ropas, en las bolsas gordas de los pepenadores, en la panza de la calva, que ya estaba pastel.

Anduve de puerta en puerta, como usted ya sabe, pero todas las puertas se me cerraban en las merititas narices, entonces tocaba enloquecida con las manos, hasta que me sangraban, luego tocaba con las tijeras duro y duro pero las puertas se aboyaban y nadie me abría, todos estaban enfermos de miedo, todos estaban ahogados de susto, entonces no me quedaba más que seguir acompañada de aquel frío que me jalaba de las orejas y las narices. Usted no sabe lo que es eso, caminar sola por las calles, a media noche, cerca a veces de los borrachos que pasan cantando “la llorona” y gritando groserías; usted qué va a saber lo que es eso, si nomás se lo cuento pa’ que vea lo que se sufre a media calle, sin que nadie se atreva a asomarse pa’ aventarle a una aunque sea un hueso en la jeta.

¿’Ora, quiere saber por qué tanta angustia? Pos nomás póngase a pensar un ratito qué haría usted si después de ir a rajarse el lomo para conseguir la papa se encuentra con el tapanco lleno de sangre; póngase a pensar, si tiene hijas, póngase a pensar en su hija gritando entre los basureros, asustando a la gente con las tijeras en la mano, apareciendo detrás de los puestos de tacos, toda desgarrada de la ropa, dando chicos alaridos y la escuinclería detrás tirándole piedras. ¡La calva! ¡La calva está pastel! Nomás piense tantito en esto que le digo y va a sentir lo que es bueno.

Por todo esto que le cuento jué que agarré pal basurero y busqué un clarito donde aventarme panza pa’ arriba, donde nadie me viera más que las puritas estrellas, pero éstas están muy alto, donde ha de hacer más frío que el que se carga una entre los huesos; y ya a’i botada con todo lo que es una, empecé la arrancadera sobre la basura, que nomás de acordarme, como que se me sacude toda la carne. Había que arrancarla a la chava, pero la canija se agarraba adentro con todas las uñas, si es que ya tenía.

Eso es todo lo que tengo que decir, como si no se lo hubiera dicho ya tantas veces; de ella sólo sé que se llamaba Tomasa Villa y de mí, que nací en medio de un basurero y crecí con las hermanas ratas y los hermanos murciélagos. De ella sólo conservo el último recuerdo, cuando salió esa lluviosa noche de septiembre quesque a conseguir la papa y me dejó sola en el tapanco; recuerdo su última cara, con la mitad de la azotea sin pelos, quesque sífilis, desde que la violó un viejo borracho de esos de cara dura que jalan las patillas de los chavos; recuerdo su cabeza sin pelos y la panzota que andaba cargando cuando se jué. Yo nomás me río de acordarme. Porque estas lágrimas que ve, son de puritita risa. A’i le dejo mi cotorreo otra vez, a ver que hace con él, y las tijeras éstas, que sirven pa’ cortarles el cordoncito ese que les sale del ombligo, que les sale del centro del cuerpecito a los chavos, cuando nacen.

De: YO SE LO DIJE AL PRESIDENTE

1ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1982)
2ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1986)
3ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1994)
4ª Edición. Fondo de Cultura Económica (1998)

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