NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
La promesa
Etérea Nimbo siempre cumplió sus promesas. Ese era su orgullo máximo en la vida y lo había llevado a ser casi religión expresada en una sola frase que rezaba: “lo prometido es deuda”. Cuantas veces Etérea prometió algo pagó puntualmente la deuda de lo prometido. No hubo en el mundo (colonia Guerrero y alrededores) persona más celosa para dar respuesta a sus compromisos, ni más fiero fiscal para quienes no las daban. Etérea Nimbo, pues, era un ser orgulloso de su formalidad, en una época y en un país en el que todos hacían de sus palabras un altero de inutilidades.
Pero ésta no es la historia que quiero contar. La historia es otra y está relacionada con ese estrafalario personaje de la Guerrero que muchos deben recordar como una maldición que un día de tantos dio a luz la calle de Sol, justo frente a aquel cabaretucho repleto de putas baratas. ¡Claro!, a él mismo me refiero, ratero, picahielero y violador, todo esto en la mejor acepción, en la plena exactitud de las denominaciones.
¡Claro que sí!, me estoy refiriendo a El Gandalla, ese azote de la humanidad, perfecto hijo del siglo actual, amamantado en el seno del hampa de la que tuvo las aquiescencias, por las que no se detuvo ni con el tubo depredador ni con el picahielos horadante; perfecto hijo de la parte insana de la barriada, o sea, perfecto hijo de puta, y de esto último rinden detallados testimonios las atolondradas (por desveladas) novias de la noche que paradójicamente pululan en la calle de Sol.
El Gandalla era un sujeto ominoso, pendenciero desde la chamarra de mezclilla, en cuyo espaldar triunfaba una descomunal calavera dibujada con base en estoperoles, hasta los escandalosos zapatos de charol con tacón cubano. Su rostro de facineroso redomado poseía un único toque de humanidad: los pavorosos hoyancos que de una vez y para siempre le había prodigado generosamente el padecimiento de la viruela. Torpe y maligno, parecía un turbio personaje salido de la más refinada pluma martreana.
En su hamponar diario, el malhadado personaje era el más digno representante del área oscura del barrio, del sector sin ley, es decir, de la “zona sagrada” (sangrada, diría el nefasto Gandalla esgrimiendo amenazante y empavorecedor picahielos). Era el sacerdote mayor, obispo de la jerarquía eclesiástica de la swástica en las hombreras, el mayor sacerdote de los estatutos de la agresión, el abuso y el despojo. Total, que el muy conocido, discutido y chico temido de la colonia, El Gandalla, era un verdadero gandalla el muy canalla.
El Gandalla bien sabía que para después de su muerte tenía reservados los tenebrosos vericuetos del averno, pero mientras, aquí hacía de las suyas y ni Diosito lindo le podía decir: “detente Gandalla, se te pasó otra vez la mano”. Entonces, lo dicho, el abusivo Gandalla no conocía riendas ni celestiales ni terrenales. El sombrío Gandalla era un perfecto hijo de la negociación aquella de la calle de Sol.
Y aquí sí es en donde entra a escena Etérea Nimbo, tan linda ella, casi virginal y con su delirio puesto en el cumplimiento cabal de sus promesas. Todo fue que El Gandalla viera por primera vez a la nueva Etérea (la que conoció niña era un chicuicuilotito), para que sintiera correr por las venas un fuego muy diferente al que lo llevaba de continuo al atraco y la insolencia. Todo fue ver, casi sentir el perímetro jovial de Etérea Nimbo para que de inmediato le entrara en el cuerpo la llama del deseo.
Etérea era, simplemente, el manjar inalcanzable del Gandalla, por lo tanto, no le quedaba a este más que agandallarse. No había sitio al que tuviera que acudir Etérea, en donde no se apareciera como por arte de magia el abominable cacarizo. Su prepotencia convertida en asedio era simplemente asfixiante para la celestial mujer traída a la tierra para asumir su intransigente empeño de cumplir a como diera lugar con la palabra empeñada.
El jefe de los pandilleros más torvos, el carterista más peligroso del “metro” (si lo descubría el cliente, el picahielos entraba de inmediato en acción), el violador más odiado (los hay menos odiados), el cavernario, primario, atrabiliario Gandalla, ahora era una bestia enternecida por efectos del amor. Por eso el asedio se hizo cada vez más intenso, sólo que revuelto con extraños elementos de tolerancia, tan desconocidos en la naturaleza del execrable personaje.
Pero la ya no extraña sino extrañísima tolerancia se dio en los dos bandos. Del “adiós mamasota ¿no cojines para el gato?” El Gandalla pasó al no menos burlesco, pero sí más domeñado “Etereita linda, ¿cuándo vamos al cinco letras?”, y más limado aún: “¿cuándo me dejas que te acompañe Etereita chula?”
Por parte de Etérea Nimbo se manifestó la tolerancia en el acto de responder, aunque con fuerte carga de desprecio, a las alusiones del estrafalario, recabrón y ahora enamoradísimo hamponcete.
Razones las puede haber muchas, una de ellas, la conveniencia de ser flexible ante ser tan malvado, como vía efectiva para la preservación física. Otra, se puede encontrar en esos oscuros retorcimientos del cerebro humano que le hace jugar en una malsana satisfacción con el peligro acechante. El caso es que un día, a uno de los toscos requerimientos de El Gandalla: “Etereita, entonces cuando”, la siempre cumplidora Etérea Nimbo respondió al criminal, horroroso y megatérico cacarizo, con un tono de abierta y descarnada burla: “¿Sabes cuando?, el día en que aterrice un avión en San Juan de Letrán”. San Juan de Letrán es la avenida más transitada de la enormísima ciudad, capital del somg, de los asaltos policíacos, de los desfalcos bancarios y de los fraudes electorales.
Esto me lo contaron hace apenas unos cuantos días, allá en tierra, y lo rememoro precisamente hoy, con la angustia inflamándome las anginas, en el momento en el que sobrevolamos la gran ciudad y oigo la voz de mi compañero piloto pidiendo instrucciones: “X 14-22 a Torre de control... X 14-22 a Torre de control...”
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