NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
La noche de la desenmascaración de El Brujo del Sureste
Esa fue noche de atonitaciones. Atónito estaba el público (boca de mandíbula inferior en flexado abatimiento), atónitos los vendedores de lunetarias ofertas (ring side… papitas, refrescos) y los de “la fuerza aérea” en los pasillos de arriba, acostumbrados todos al triunfo del odiado enmascarado hoy derrotado, encabronado de por vida. Atónito el mismísimo réferi que ayudaba a desliar el cruciforme empeño de las agujetas de la máscara, cintas antes apretadas a todas pruebas, romboides virginales que ahora cedían ante la atonitez de todos. Atónito estaba El Canalla (Lorenzo Anaya). Pero el atónito de atónitos era el gran perdedor de la velada, el invencible, imbatible, el increíble Brujo del Sureste.
¿Qué había pasado esta noche? ¿Qué reacomodo inconmensurable le había modificado las simetrías al cosmos? Algo descomunal tenía que haber sucedido en los antros de la naturaleza para que se contraviniera la lógica de manera tan contundente. Máscara contra cabellera. Pobre de El Canalla estuvieron mascuyando los periódicos desde un mes antes; desde que se supo del macho match de machos del siglo. Pobre de El Canalla, farfullaban los de la tele y la radio desde quince días antes del encuentro. Pobre de El Canalla, vociferomanoteaba la plebe en el mercado y en la plaza pública. Pobre de El Canalla summaba la sumaria síntesis.
Y ahora, ahí estaba El Brujo, descosido en el centro de su humillación, deshecho, permitiendo que entre el réferi y el propio Canalla, le despojaran de su ceñida incógnita morada que había lucido en los más luminosos cuadriláteros nacionales y extranjeros. El Brujo del Sureste, fláccido, sudoroso, entregado, permitiendo que su rostro fuera despejado a X en el centro de una multitud que no creía lo que veía pero que quería ver el rostro de El Brujo, el que un día apareció proveniente de Chiapas, o de quién sabe que mítica latitud, aunque no fuera suresteña: ¿Ur?, ¿Aztlán?, ¿Acuarimántima? De donde fuera, pero ahora estaba en el centro de la arena regurgitando su humillación.
Si es cierto que sabemos utilizar la notación exponencial para indicar productos de factores iguales, aquí tendríamos que invocarla para enunciar los desiguales, porque desigual fue la trama escrita desde el ábrara mismo del combate, o sea, desde el inicio de su inicio. Desde el milímetro (mejor: espacio) que aún no integra el milímetro de la historia se vio que las cosas no iban a estar tan parejas. El Canalla subió al encordado todo lleno de arrogancias, de actitudes intimidatorias, de gestos conminatorios y torvas promesas antropofágicas, total, qué le costaba hacerle al cuento si ya sabía que de todos modos iba a perder. En cambio, en la esquina contraria, El Brujo del Sureste estaba pálido, transparente, con un rostro totalmente desierto de vitalidad sanguínea, bueno, eso se imaginaron después que se habían imaginado antes los que imaginaron aquel rostro cuando se encontraba cubierto todavía por la morada máscara.
Ya estaban determinados los funestos signos de la noche. Contrarios a la tradición impuesta por el enmascarado gladiador. Desde que apareció el Brujo del Sureste en los ringues de la capital jamás había perdido una lucha. Se decía que algún pacto tenía con la magia negra, porque todo era verle al final con el puño en alto, en actitud de triunfo.
En los momentos más críticos de sus encuentros, cuando las situaciones le eran marcadamente adversas, El Brujo decía –eso se decía- algunas palabras mágicas a su contrincante y este automáticamente se dejaba vencer o de plano abandonaba el combate. Cuántas veces se vio al luchador sufriendo La tapatía, por ejemplo, aquella llave espectacular inventada por Rito Romero o los efectos de La cerrajera, diabólica trabazón creada por aquel Tarzán López, y en el momento mismo en que lo que procedía era la rendición, salían de los labios de El Brujo del Sureste las misteriosas palabras mágicas y el resultado daba a aquellas historias la vuelta completa.
Hubo casos en los que el contrincante salía enloquecido gritando “así no me llevo”, “así no me llevo”, y hasta la bata dejaba en su esquina, entre los silbidos del respetable. Secreto de secretos era ese que de tal manera vencía al contrario, poderosa fórmula que hubieran siempre querido poseer los enemigos del mundo. Unas cuantas palabras misteriosas al oído y toda la fortaleza de enfrente derrumbándose en albiturbia polvareda. La gente se preguntaba qué era lo que El Brujo del Sureste decía a sus adversarios cuando estaba en situaciones comprometidas, qué extrañas fórmulas verbales empleaba para vencer, qué conjuros mágicos invocaba, cuáles eran las embrujadas letanías que actuaban implacables en el oponente.
Eso llenaba las arenas a reventar. Era algo de admirarse ver a El Brujo del Sureste sufriendo por los efectos de una Doble Nelson y después ver como su verdugo ocasional huía desencajado en medio de la rechifla absoluta. A veces El Brujo era levantado en vilo para después estrellarle la espalda sobre la rodilla de su malqueriente, y cuando La quebradora estaba a punto de surtir su mortal efecto dividiendo brutalmente los términos de la ecuación orgánica, venían las palabras misteriosas y el adversario abandonaba irremediablemente el campo de batalla.
Bajo tales premisas se inició el combate de esta noche. El Canalla sabiendo los riesgos del resultado final decidió tomar la iniciativa y abrió con un estético desplazamiento de patadas voladoras, después, con el cuerpo de El Brujo sobre la lona subió hasta la tercera cuerda de la lateral oriente del ring y desde ahí se clavó como catapulta dibujando, impecable, un devastador tope supersónico. Después vino lo demás, la Palanca Landrú, sobre el brazo del misterioso enmascarado, la Llave a las carótidas, el Doble cangrejo que hacía del cuerpo en desgracia una adolorida hipotenusa inclinada entre débiles catetos; Estaba sufriendo El Brujo, era innegable que estaba sufriendo, El Canalla aprovechaba el momento y se ensañaba hasta donde podía, hasta donde iba a poder en esta noche, antes de perder su encairelada cabellera. Y otro Tope Supersónico, y otras Patadas voladoras. Y ahora el piquete de ojos. Y ahora El candado, estropeando la máscara morada. Todo lo aplicó El Canalla, todo lo que pudo, todo lo que recordó
de su agresivo repertorio. Toque de espaldas… uno… dos… y El Brujo lograba zafarse de la descalificación. Nuevo Toque de espaldas… uno… dos… y El Brujo otra vez fuera de la cuenta anulatoria.
Y aquí empezó lo increíble. Ante la delicada situación que atravesaba, El Brujo expresó las palabras que hacían huir sin remedio a los contrincantes. Pronunció su sortilegio verbal… sin resultado alguno. El Canalla estaba desatado el muy canalla, nada lo detenía. De nuevo salieron de los labios del enmascarado los vocativos del hechizo, pero El Canalla siguió maltratando canallezcamente a su rival. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué se había desajustado en el universo en esta hora?
La Llave a caballo no tuvo ma… no tuvo más que unos segundos de aplicación pero casi parte en dos a El Brujo. De pronto, el brazo derecho del enmascarado fue una abscisa positiva a la inversa, en adolorida lectura algebráica hacia el origen, o sea, hacia los ligamentos de un hombro a punto de desmembrarse. Volvió a hablar El Enmascarado flagelado, pero ahora a gritos, en el estallido de su desesperación. Entonces se escucharon por primera vez las palabras que utilizaba para sus conjuros. “Ilustre cavaglier, llaves doradas”. Y El Canalla encima. “Un Adonis caldeo, ni jarifo ni membrudo, que traía las orejas en las jaulas de dos tufos”. Y El Canalla encima. “Gima el lebrel en el cordón de seda”. Y El Canalla encima.
La saña fue inaudita. La gente gritaba fuerte, pero el hombre del micrófono comentaba que tal estruendo le era muy parecido al tercer movimiento del Concierto para piano y orquesta de Mc Dowell, eso decía. Duro hombrón El Canalla, sin compasión alguna, sin sentimientos, sin la menor ternura, sin el menor rasgo humano, estaba prácticamente deshojando a un Brujo del Sureste, ahora absolutamente indefenso, en medio del griterío y la sorpresa. Ya eran alaridos los que El Brujo expelía bajo los rigores de El tirabuzón, ya nada lo salvaba, ni el “breve esplendor de mal distinta lumbre esfinge bachillera”, ni el “agonal carro por la arena muda no coronó con más silencio meta”. Para rematar vino El nudo. ¿En qué momento se había roto la lógica? ¿En qué puntos del espacio y el tiempo Góngora y Argote lo había abandonado a su suerte? M (x,y) dx + N (x,y) dy = 0. Aquella masacre concluyó con El Brujo del Sureste colgando de las cuerdas, en indefensión total. Entre cuerdas y cuerpo definíanse las cordenadas y abscisas cartesianas ubicando en el orden los espacios del barullo y la incredulidad. El réferi y El Canalla, concluían con su obsesiva labor en ese momento. La máscara de El Brujo, fino valladar de morada seda, caía derrotada, por fin, sobre la sudada lona. El alarido era el extremo.
Por un momento la algarabía puso atención a lo que decía el hombre del micrófono: “¡Qué sorpresa amigos televidentes! ¡Qué sorpresa! ¡Que rostro nos ha regalado la noche esta noche! Claro que recuerdan ustedes al Kid Jaime, hace años campeón nacional de boxeo, peso medio, ¿se acuerdan?, el que cuando ganó el título se plantó a medio ring y ahí, frente a cámaras y micrófonos expresó aquello de “dedico este cinturón al poeta Pablo Neruda”. Luego el Kid Jaime se retiró del boxeo pero años después regresó a los encordados como luchador técnico, fue cuando le pusieron Jaime El Sabiondo ¿se acuerdan? Para entonces ya hacía versos y la gente se metía mucho con él por ese motivo; a la gente le molestaba que un luchador hiciera versos. ¿Recuerdan que un día en plena lucha y cuando más lo estaban insultando se bajo del ring y se fue? Esa vez el réferi hizo la cuenta reglamentaria que se aplica a los que abandonan el encordado. Le contó los 20 segundos de rigor. Bueno, esa vez no fueron 20, como se trataba de Jaime El Sabiondo, el réferi contó hasta 25. Pero cuando pronunció el número 25, El Sabiondo ya estaba en los vestidores, bajo la regadera. A partir de ese momento Jaime El Sabiondo desapareció para siempre. Y miren ustedes en dónde lo volvemos a encontrar, convertido en luchador sucio, en un abominable luchador rudo cuyo nombre era hasta hoy… ¿seguirá siéndolo?… El Brujo del Sureste. ¡Qué sorpresa nos ha dado la noche esta noche!”. Eso dijo en tales instantes el hombre del micrófono.
Sólo falta una aclaración en esta historia. Nadie, absolutamente nadie, raíz cúbica del descuido colectivo, tomó en cuenta que en la lucha de esta noche El Brujo del Sureste subió al ring en absoluta desventaja, pues Lorenzo Anaya, El Canalla, es sordo de nacimiento y jamás escuchó las palabras del conjuro.
Inédito
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