NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
Señor Dios
A Juan Helguera
A Aurora Reyes
-Tata... Señor Dios... Tatita...
Caralampio Gómez Caballo hablaba con una voz seca, cansada, con una voz acabada de llegar después de haber recorrido una larga ruta sobre la cal de los siglos...
-Tatita... el hijo se muere... ya las toses no lo dejan...
Frente al altar se dibujaba la sombra de Caralampio, encorvada, cubierta con una manta ensombrecida por la oscuridad de la nave. En su brazo derecho, semidesnudo, flaco y prieto, sostenía a un niño indígena sumergido en un sueño cadavérico, en una ausencia ardiente y amarilla, fláccida.
-Vos todo lo podés dice la Concha Cundapí, vos le curaste la barriga cuando el muchachito que tenía adentro se la mordía. Vos la curaste la noche de la luna grande.
Caralampio siempre fue poco afecto a los santos, nació en el monte y ahí creció rodeado de animales broncos, de la culebra que se arrastra y va desapareciendo entre las hojas que la tragan, del agua que sigue y sigue al agua todos los días y todos los años y nunca se cansa, como a veces le pasa al pie del chamula; del aire que por momentos alegra y por momentos asusta, del sol y la noche...
Creció solo. Manuel Gómez Tuculum, su padre, salió una tarde por leña y nunca volvió. Después se supo que algunos lo vieron en Tuxtla Gutiérrez, con dos tiros en la cara, en el momento en el que lo echaban a una fosa común, junto con otros indios que habían sido llevados hasta allá por unos tales mapaches y arrojados sobre la parte norte de la ciudad mientras los mapaches atacaban el lado sur.
La madre murió al poco tiempo. También fue esa tos, y esas fiebres que hacían ver visiones a aquella mujer que se quejaba largamente como si quisiera recorrer con su lamento la carraca de la noche.
Después ni el quejido le quedó; no tuvo aliento ni para eso, parecía que sólo le quedaba fuerza para levantarse y vomitar sangre... sangre... sangre...
Quién sabe si la muerte huela a algo. “Yo creo que sí –comentó de más grande Caralampio-, una noche olí la muerte, o quién sabe si fue el olor que se desprendió de la última bocarada de sangre, entre la bulla del coyotaje”.
Caralampio se fue haciendo hombre él solo, nadie le hablo de Dios, pero lentamente se fue percatando de su existencia. Asistió a las fiestas en donde los indios se emborrachaban y le bailaban a Dios para tenerlo contento. Sabía que en las tierras de abajo, hombres poderosos guardaban a Dios en enormes casas que hacían un ruido galán en las mañanas y en las tardes, cuando cantaban sus pájaros de fierro. A decir verdad, siempre le tuvo miedo, siempre temió al misterio con el que lo veía envuelto, con su cara larga y pálida, con sus manchas de sangre como vomitadas sobre el pecho y las rodillas.
Cuando se juntó con la Juana Cerpa lo sintió un poco más cercano. La Juana siempre hablaba de Dios. Se refería a él como si hubieran vivido juntos mucho tiempo; decía de Dios como se dice de un hermanito o de un marido.
Un día de San Juan, la Juana tomó trago; reía mucho, gritaba mucho, habló mal de Dios.
La Juana se fue poniendo blanca, empezó a toser todas las noches... tosía... y tosía... y tosía...
Después vinieron los vómitos de sangre y la Juana se fue quedando como una palomita en una noche igual que aquella cuando aullaron los coyotes.
-Yo no soy malo, Tatita... Señor Dios... el hijo tose y tose pero vos lo podés curar, igualito que curaste a la Concha Cundapí cuando le brincaba la barriga. Te traigo tu trago, tu rezo, tu gusto. Yo no soy malo, Tata. El hijo menos; él qué sabe de las cosas...
Caralampio Gómez Caballo unas veces hablaba en castilla, otras en indio. Lloraba. Las lágrimas tienen varios idiomas: el de la tristeza, la angustia, la desesperación, la ira y muy de vez en cuando el de la alegría.
La figura encorvada de Caralampio era una sombra tétrica debatida entre sollozos. El hijo apenas se distinguía en medio de la oscura soledad del templo.
-Señor Dios... si se alivia el hijo te vendrá a cantar para vos... para tu gusto...
A los chamulas no los quiere Dios; los muerde, los mata, se los come poco a poco. Cuando algún indio se enferma empieza a palidecer, a vomitar sangre y Dios no le hace caso. Abajo hay doctores que curan a los hombres, hijos de Dios. Pero si es indio nadie lo cura, piden paga primero; si no hay paga, al indio lo escupen y lo empujan aunque vaya vomitando sangre. El indio se muere cargando su dolor de tierra, su cal de siglos.
Caralampio Gómez Caballo atravesó la mitad del templo con los brazos ya vacíos. El manchón de una manta ensombrecida por la oscuridad de la nave se irguió frente a un cristo silencioso. Una voz gruesa, rencorosa, hizo estremecer la vetusta cúpula y se escapó por un ventanal viejo para ascender por las escaleras del aire...
-¡Señor Dios! ¡Cabrón!
De Las mariposas de la Tía Nati
1ª Edición: Ediciones de Cultura Popular (1973)
2ª Edición: Presencia Latinoamericana (PRELASA) (1983)
3ª Edición: Colección Lecturas Mexicanas de CONACULTA (1997)
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