NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
El tiempo no es propiedad de Hölderlin
Quién sabe que sea peor, porque no es de creer que a nadie le pueda gustar algo semejante a lo que le pasó a aquel cosechador de café que murió hace años en la costa de Chiapas, entre Tapachula y Motozintla. Pascasio Hölderlin había vivido feliz hasta que el aguijón de la avaricia le descompuso la vida, una vida que le había sido placentera al lado de su mujer, Toña Candela, la bellísima, singular, la sensacional Toña Candela. Y no se vaya a pensar que se trata de un seudónimo, así era el nombre con el que se adornaba ante los demás aquella mujer llena de salud, de gracia y de belleza. Con base en muchos esfuerzos Pascasio logró zafarse de la finca cafetalera en donde lo explotaban –salvaje explotación no obstante de que se aseguraba por ahí que finalmente él venía siendo hijo de uno de los ricos cafetaleros de la zona- y adquirió un pequeño predio para sembrar el grano. En la primera siembra le fue muy bien y la riqueza que le dejaron cientos de sacos de café beneficiados por él mismo se vino a sumar a la lozanía de la rebozante Toña Candela. Pero fue cuando se despertó en Hölderlin Grajales la ambición. En el segundo ciclo quiso que el fruto madurara más aprisa para gozar lo más pronto posible de los beneficios de la buena venta. Entonces se atrevió a algo que nunca debió haber hecho. Una noche de desesperación avariciosa se decidió a adelantar –exageradamente, además- las manecillas del reloj que acomodó en los muros de su pequeño comedor una vez que éste dejó de tener paredes de otate. Adelantó, adelantó las manecillas y el resultado de tal acción no se hizo esperar: el día amaneció entonces antes de lo previsto; los días amanecieron antes de lo previsto; las semanas y los meses amanecieron antes de lo previsto, y las ganancias por la venta del café se empezaron a acumular en grandes cantidades dentro de lo previsto por Pascasio Hölderlin, quien en esa forma hacía del tiempo su sirviente y benefactor. Hölderlin Grajales continuó por algún tiempo jugando con el tiempo dentro del tiempo de sus conveniencias hasta que un día se levantó, ya rico, pero con un fuertísimo dolor en la cintura; vio entrar por la puerta de su recámara a una Toña Candela encorvada, empellejada, apoyándose temblorosa sobre un garigoleado bastón de plata. Lleno de terror, Hölderlin se dirigió como pudo al enorme espejo con incrustaciones de filamentos de oro que se había mandado a hacer muchas vueltas de reloj antes y contempló con horror aquel rostro que de ninguna manera podía ser el de Pascasio Hölderlin, sino el de ese anciano, el de ese ser decrépito que se miraba incrédulo brotando de aquella superficie cuadriculada con rayos dorados. Hölderlin comprendió todo sin ningún esfuerzo y con una gran desesperanza y con el paso permitido a sus coyunturas, enmohecidas por los años que se había precipitado encima, con su propia mano, fue hasta el reloj de la sala en un vano intento de retroceder lo que su ambición había adelantado tan descomunalmente. Empezó como enloquecido a echar para atrás las manecillas. En esa forma el espejo fue perdiendo paulatinamente sus adornos dorados, las paredes se fueron transformando, volvieron ser de otate, la Toña Candela se fue poniendo tan bella como siempre, belleza que a partir de entonces sería disfrutada por otros. Solamente Hölderlin Grajales, Pascasio Hölderlin, no volvería a ver la luz que se había arrebatado con sus propias manos; quedó crucificado en las manecillas de su reloj, deshecho por la fatiga demencial, despojo de la venganza del tiempo, en un lugar que se encuentra entre Tapachula y Motozintla, en la costa de Chiapas. El que quiera saber más de este sucedido, sólo requiere subir a la tierra fría de San Cristóbal y entre toneladas de libros antiquísimos y fojas polvorientas conversar con el erudito Prudencio Moscoso frente a una copa cogñac y una invitadora taza de café, de esas tan de don Prudencio, de esas de las que se desprende durante las charlas de tiernas noches, un humito inasible y caprichoso, como debe ser el cuerpo del tiempo.
De: CUENTOS EN RECUENTO
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