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NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL

El renacuajo paseador (Para niños)

Un día, una vez un rano… pero esa palabra no existe ni en nuestro lenguaje común, ni en el diccionario, ni siquiera en la lengua de los que se dedican a contar los cuentos más fantasiosos. Entonces diremos que un día una vez una rana, mejor que decir un rano, por ejemplo, se puso a cantar… croa, croa; pero no cantaba, hablaba, con esa voz con la que las ranas y los ranos se ponen a recitarle versos a la luna.

Pero ese día, esa vez, aquel rana, al que terminaremos por decirle renacuajo para quitarnos de problemas (aunque éste fuera ya más que una larva con cola y respirando por las branquias), en verdad no recitaba, no, se quejaba con aquel croar insistente de su vida en un mundo pequeñito, que no iba más allá de un charco que se formaba después de las lluvias de mayo.

¿Qué, no habrá más mundo –se preguntaba- que este pequeño horizonte humedecido, ni más banquete que esta frugal ración de moscas aburridas, aprisionadas en propia red de zumbidos? ¿Qué no hay más cosas que vivir que la insistencia de esta atmósfera estrecha? Y así se pasaba las horas el inquieto renacuajo diciéndole a la noche: croa… croa…, croa… croa…, croa croa, croa croa, croa croa, croa.

Una vez un día, después de mucho pensarlo, de mucho croarlo hacia los cuatro puntos cardinales, este renacuajo de espíritu andariego decidió darle cumplimiento a su destino. Hizo un ligero envoltorio, lo izó en la punta de una vara y echándose al hombro vara y envoltorio, se fue a descubrir nuevos mundos más largos y más anchos que el pequeño y húmedo mundo en el que había nacido. Un solo croa prolongado y lastimoso fue su adiós. Nadie le volvió a oír croar por aquellos lares.

Nuestro renacuajo paseó su mirada vidriosa por muchos lados, saltando de asombro en asombro. Se convirtió en todo un renacuajo paseador. Se convirtió en todo un renacuajo (una rana, pues), descubriendo el titipuchal de mundos que era su mundo. El señor don Rana, el renacuajo paseador, se vio transformado en turista de altos vuelos, o más bien, de altos brincos.

Escaló las nieves del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Ahí conoció el catarro. Navegó sobre las aguas del río Papaloapan. Ahí estornudaba mariposas. Conoció los antiguos salones de baile de la ciudad de México. Ahí aprendió a croar danzones. Entabló amistad con obreros y estudiantes. Supo que existían las cárceles y los hospitales.

Qué manera de conocer la vida a puro golpe de ancas de rana –o de rano, si se busca mayor precisión- a puro brincar sobre los recuerdos y sobre los porvenires, con los ojos saltones a fuerza de ver tantas cosas.

Aquellos ojos de tamaño exagerado que no admitían ni pupilentes ni catalejos, se fueron alimentando de las verdades (con sus correspondientes metirijillas), que florecen en los caminos y en las ciudades. Los ojos del renacuajo paseador eran dos mundos ellos mismos.

Así, así, el renacuajo paseador fue un magnífico aviador, de trenes fue conductor y capitán de un vapor, en Xochimilco remero… y en buen verso, remador, y en la escuela de la vida tuvo un diploma en su honor, un título que decía: “Renacuajo Paseador”.

Una vez una noche, el renacuajo paseador entró a una sala de conciertos. ¡Qué mundo tan asombroso! –se dijo-. Todo estaba alumbrado con sonidos de los más diferentes colores. Saltó al escenario para recorrer absorto las hileras en las que estaban dispuestos los más raros instrumentos. Aquello era un embrujo.

Ante la increíble cascada de sorpresas que estaba viviendo en esos momentos hubo algo que le subyugó con mayor fuerza. De pronto sus ojos acuosos descubrieron un sol que en su redondez retrataba el resto de la sala. Era una dorada rueda metálica cuyo centro oscuro le llamaba en forma poderosa. El renacuajo paseador se fue dejando vencer por aquella atracción irresistible. Dio un salto fenomenal y se dejó engullir por aquel sol vibrante. La rueda de metal recibió impecable la zambullida ranil.

Desde aquella ocasión, cada vez que un director de orquesta levanta la batuta, el trombón deja escapar por su boca dorada un profundo “croa croa” que sale a pasearse gustoso por todos los rumbos.

De: LOS ENSUEÑOS DE DON SILVESTRE

1ª Edición: Editorial Amaquemecan (1986)
2ª Edición: Editorial Amaquemecan (1989)
3ª Edición: Editorial Amaquemecan (1990)

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