NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
De la muerte violencia, su estrofa erizada maulla a las nubes un trágico final.
Sobre las azoteas el gato escribe
Son las tres de la tarde de un año sin consuelo.
Yo no sé si estoy muerto o Dios está borracho.
Juan Bautista Villaseca
DE LA MUERTE
Puso el arma sobre su sien derecha, respiró profundo, oprimió el gatillo y se abrió el cráneo en dos. Solamente el estrépito del disparo le hizo pensar que había entrado de golpe por la puerta del suicidio. Se vio llevándose el revólver hasta el miedo; cerrar los ojos, como queriendo perder el pensamiento en la oscuridad infinita. Vio la pistola fría recargada sobre la sien derecha. Sintió que entraba en tensión con todos sus músculos. Se vio apretando el gatillo, lentamente. El disparo. Sintió que su vida empezaba a ser por fin un descanso.
VIOLENCIA
Sin embargo se encontraba ahí, esperando en la hondura de su vértigo; entregado ya, en el pensamiento, a la velocidad que en unos cuantos minutos más destrozaría su todo. El vehículo se desprendió con rapidez asesina de la boca oscura del túnel. Él arrojó su cuerpo sobre los rieles. Un nuevo vértigo lo envolvió al contemplar todo su odio triturado por las ruedas. Todos estaban ahí, en ese cuerpo deshecho por el impacto brutal, por los filos de la materia rodante; electrocutado en medio de su felicidad angustiosa. Unos niños ronrientes le dijeron adiós desde una de las ventanillas. Él se retiró del andén con las manos hundidas en los bolsillos, encorvado, indiferente.
SU ESTROFA ERIZADA
Un gato maulló su alarido de muerte sobre la azotea de la noche. Él sintió que esa estrofa erizada era la suya. La vivió, la gozó parsimonioso, en silencio, humildemente. El cianuro ya no se encontraba en el vaso; el vaso se encontraba en el buró. El resto del brebaje dormía aún adentro de una botella de ginebra Oso Negro. En el vientre había un choque de estrujamientos. Un doloroso recuerdo del principio; un lento desenrrollarse de la serpiente viscosa del cólico; un caracoleo amargo, duro, destinado al ensanchamiento, al acto de deshacer quemando. En el cuarto todo se había vuelto dolor. Dolor era ese cuerpo en su tercera historia, debatiéndose en los intestinos de la habitación. Dolor era ese aire sofocado que se empezaba a negar a los pulmones y a la noche. Afuera la estrofa erizada. Él se recostó a esperar. En ese momento el gato saltó desde la azotea hasta el día.
MAULLA A LAS NUBES
Algunos amigos suyos le decían “El gato”; él jugaba a los crucigramas resolviendo en su contra la multiplicación de sus vidas. Como era poeta, sus venas, sus arterias todas eran recorridas por un ardor en el que sueños e imágenes se licuaban. Esta vez no podía fallar, sus propias palpitaciones, puntuales como un reloj, le habían señalado la mejor forma de desaguar sus horas, sus minutos, sus segundos; la manera acertada de trasvinar sus días, de derramarlos hasta la última gota. La navaja de afeitar, filo fino, impuso su hilo penetrante. “El gato” empezó a sangrar sueños y vivencias. El día se había empezado a poner rojo; ardía detrás de los cerros que se interponen entre la pupila de la noche y lagrimoso de la vista . “El gato” deja caer sus puños hacia el centro de la tierra. El piso se humedece de sueños. Todo está húmedo en torno. Los insectos, abajo, chapotean sobre el delirio. “El gato” maulla a las nubes.
UN TRÁGICO FINAL
¡Cuánto cuerpo para el odio!, con el amor a medio pecho “El gato” no tenía salida. Su cadena de segundos le llevaba a un final violento. Él lo sabía; era muy hombre este poeta. Con un cinturón de versos se ataba los pantalones y los arrebatos. Ahora no había salida. Lermó de un vaso largo y sucio; recostó la memoria sobre sus libros y en un momento se vio colgado de una de las vigas del techo. El poeta sin salida aflojó su tensión muscular, la rigidez en la que había entrado de golpe y se dio fríamente a preparar su final. Todo en torno empezó a entrar al mundo de lo extraño, a la zona en la que los seres y las cosas se desplazan dentro de una dimensión ajena al que las contempla. Desabrochó el cinturón; lo hizo pasar sobre una de las vigas que sostenían el techo de aquel cuartucho de azotea. Una vez agarrado en las alturas se acomodó el cinturón en torno al cuello. Un cuerpo se balancea pendido de un cinturón. “El gato” observa el péndulo. Piensa en Ezra, en Federico, en Pablo, en Rubén...
SOBRE LAS AZOTEAS
Sobre las azoteas un gato araña el hastío. Juan, el poeta, se acerca al vértigo de la altura; se apoya sobre la pequeña barda fronteriza y lanza el pensamiento hacia delante. Todo un mundo de significados participa en este juego; maldito juego de las concreciones. Aquí están los libros del poeta, colocados sobre una especie de librero de madera mal clavada y carcomida; es un librero diezmado, aguado, a punto de venirse a tierra; los recuerdos están; las resacas del sueño; el odio de los que aman. Está el vacío. Juan, el poeta, saltó ya al vacío. Algo de él se mueve todavía en la recta trazada por su desplome geométrico. Un soplo más allá de la muerte, una sombra, una respiración, habían vagado entre tinacos, tuberías y tendederos, por encima de los devenires colectivos; habían tocado las dimensiones del terror, del abandono. Por ahora Juan, el poeta, los libros, los tinacos, la ropa secándose en los tendederos, la protesta, el suicidio tantas veces perpetrado, se encuentran aquí, muy aquí, suspendidos en el vacío.
EL GATO ESCRIBE
“Azoteas del insomnio”. “El gato” escribe sobre las azoteas un trágico final; maulla a las nubes su estrofa erizada, violencia de la muerte. Mucho es su rencor amando; su violencia mucha. Junto al cielo, a un lado de los tendederos, mastica sus rabiosos deseos por la muerte. Nadie le escucha; no le importa a nadie, el poeta. Primero acude al sombrío cañón de una pistola; después se arroja al paso desbocado de un vehículo; después ingiere cianuro disuelto en el interior de una botella de ginebra Oso Negro; después se corta la seda de las venas; después se ahorca impunemente con su propio cinturón; después se arroja desde sus alturas. Él sabe que es esa sombra, ese soplo más allá de la muerte. Su violencia es mucha. Al poeta lo han ignorado los demás; sufre la indiferencia enmascarada sorda. Todos se orina en él, desde el suelo a la azotea. El ha venido lermando de ese odio, bebiendo de ese rencor en pleno y ha decidido destruir a todos criminando su cuerpo, destruyéndolo. “El gato” escribe. Ahora el poeta se suicida verso a verso. Ahora sí está muerto. Ahora sí ha alcanzado su total y angustioso suicidio, palpándolo sobre la hoja palpitante de papel, paladeándolo ahí, para contarlo para siempre.
De “La curva de la espiral”
1ª Edición: Ediciones artesanales Delanbo (1982)
2ª Edición: Editorial Claves Latinoamericanas (1986)
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