NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
Cuando salí de La Habana, válgame Dios
El golpe de yodo y espuma se estrelló (estruendo) sobre uno de los costados de la memoria. Todo quedaba a expensas del oleaje. La ciudad que se mecía desde cubierta con un lento hamacarse entre el presente y el recuerdo. Y no eran Méndez ni Portillo; la pólvora ciega del batistato; la manigua estremecida por el ansia en armas, trabajando la venganza y su futuro; no era Nilo Meléndez (aquellos ojos verdes…) ni Gonzalo Roig (cuando se quiere de veras…) ni el cáncer de Roldán ni el disparo sobre García Caturla, ambos latiendo entre los sistemas sonoros tradicionales y los motivos del son, a verso y bongó.
No, no era tan sólo la obstinación de Machado y la presencia en las calles y en los pechos del hombre abanderado por el tiempo, de la sangre nombrada en Rubén Martínez Villena, en Julio Antonio Mella; montada en los colores de Mariano Rodríguez, en las canciones del pueblo dándose siempre generoso, en las aceras. Y no eran Sindo ni Corona de serenata por los crucigramas de La Habana vieja; el jagüey hermanándose con la tierra; el mar resbalando su espuma sobre la calzada del malecón, lamiendo los costillares de la urbe colonial; el cañonazo del Morro; Amelia Peláez dibujándose en el barrio de La víbora; no era tampoco (Matanzas caminando sobre el Prado, amenazando las circundancias del Capitolio –café Miami y esos sitios- Neptuno), no, no eran tan solo Miguel Failde y la pasión liberal de Varona; Orestes López, el frontón, la pistola y el alcohol del Tropicana; el danzón rompiendo el vientre de su madre, la habanera.
Era todo a la vez, en un solo golpe de hechos, en un solo verbo reunido de las hojas de todos los calendarios; era una especie de mecánica a la inversa revisando hacia el presente un pretérito agolpado de sonido y sangre. Era el derecho de las primeras habaneras y lo que vino después. Heredia y el plomo fratricida; Emilio Ballagas y el negro chibiricoque, carne de bohío; Guillén y el negro bembón, y Caridá que lo mantiene, que le da to, y Eliseo Grenet haciéndole cantar. Y Quizá más antes, quién sabe desde cuándo, desde antes de Martí, quizá, Fidel y el Che, canciones a mano armada, azúcar y sal en movimiento, sal y azúcar en la conciencia de todos, batalla para ganar los días para siempre.
La memoria es un barco que ahora se balancea frente a la vieja ciudad, en donde una vez anclaron los cómicos de todos los rumbos; las arias italianas; los buques que venían por habanos; los tiranos de América retornando de sus vacaciones en Europa; los tiranos de América huyendo despavoridos hacia Europa; los príncipes de Habsburgo en su sueño mortal, destino, México.
Y ahí, sobre el vientre de la emperatriz Carlota -mientras el vapor se pelea con los vértigos de la espuma- se desliza con dilación morbosa la habanera de Yradier, embarcada frente a los albos reflejos de La Habana. Carlota se asoma sobre el oleaje. La música la mira y se enamora de ella, y ella decide llevársela en la mente, en las entrañas, como parte de su organismo, como un gajo más de la tierra llena de incógnitas, que ahora se descorre con su trama de sorpresas frente a sus ojos. Qué lejos los campos helados de Europa, los refinamientos áulicos, la nobleza orlada de linajes y prodigalidades. Ahora está sobre el mar de América (estremecimientos), la música se le enmaraña en el pelo. A ella y a Maximiliano de Habsburgo les espera su destino de la bocaza abierta, allá, junto a los grandes palacios de piedra abandonados. El mar se hace una sola, grave onda. “Cuando salí de la Habana, válgame Dios”. El mar es una espiral alucinante.
Todos estamos reunidos en esta hora. En los ojos de Carlota se mueve el relato de su desembarco en Veracruz; el viento caliente suda sobre el muelle. Los estibadores se afanan con los equipajes mientras la curiosidad popular se amotina a lo largo del malecón, donde se estruja con los humores del populacho la dignidad de la aristocracia del puerto reunida para recibir a sus emperadores importados. Un moreno desdentado, camisa blanca, sombrero de petate, guitarra renegrida, como la voz que le sale de un río de licor de caña: “nadie me vio salir si no fui yo”. Bullicio.
Y todo pasa por aquellos ojos devorados de océano. La cara bruñida, de pedernal, de Juárez, prendiendo los caminos con el puño de los chinacos, las chinas cabalgando en ancas, torciendo con sus hombres la brida de la intervención francesa. Y luego el viaje a la ciudad de México, dejando a sus espaldas la explosión de sanates, el tejido sonoro de los grillos, el golpeteo premonitorio de las aguas. Y no es este barco que ahora nos gobierna; sino el otro, erguido sobre una marea vegetal, con sus mástiles de piedra, desde donde se contempla la ciudad, cruzada todavía por canales, de rumores y rubores provincianos, capital del imperio ficticio. Y en el interior del castillo el bohato de las grandes cortes europeas; la aristocracia criolla viviendo junto a los salones de Carlota, La emperatriz, la paloma austriaca, su ridícula, su absurda caricatura imperial.
Debajo de la pequeña montaña, en las circundancias de Chapultepec, el pueblo descalzo, trasijado, cantaba: “una linda guachinanga como una flor, se vino detrás de mí, que sí señor”. En ese momento, en los ojos de La emperatriz, la paloma austriaca -así nombraban los abuelos la canción en la que veían a la altiva dama arrebatada finalmente para las tempestades de la demencia- no se reflejaban los horizontes marítimos, sino una suma de cadáveres derrochados al pie de los fuertes de Guadalupe y Loreto en Puebla; una suma de proyectiles rompiendo el cuerpo imperial de Maximiliano en el Cerro de las campanas; la negativa juarista de perdonar la vida al príncipe europeo; los canales –mientras- que desde Xochimilco y la ciudad de México comunicaban las canoas cargadas de flores y verduras, navegados por chinacos cantando para la gubia de José Guadalupe Posada: “alegre el marinero/ con voz pausada canta/ y el ancla ya levanta/ con extraño rumor./ La nave va en los mares/ botando cual pelota./ Adiós mamá Carlota./ Adiós mi tierno amor”. Los chinacos cantan: “De la remota playa/ te mira con tristeza/ la estúpida nobleza/ del mocho y el traidor./ En el hondo de su pecho/ ya sienten la derrota./ Adiós mamá Carlota,/ adiós mi tierno amor”. Y después el jarabe. El arpa. Posada, “Calaveras zalameras de las coquetas meseras”. Los fandangos de Iztacalco y Santa Anita, frescos como los lirios y laureles que florecían sobre los canales. Y ya era patrimonio de los salones exquisitos: “Si a tu ventana llega una paloma,/ trátala con cariño que es mi persona”. Y un pueblo lastimado parodiando: “si a tu ventana llega un burro flaco/ trátalo con cuidado que es un austriaco”. Nosotros la vemos con los ojos clavados en la espuma, pero por sus ojos lo que pasa es una Carlota haciendo penosa travesía en las aguas picadas de la locura. Ya todo está perdido. El Príncipe quedó acribillado en un cerro de Querétaro. Los sueños imperiales se fueron desvaneciendo como finalito de canción. ¡Ay! chinita que sí,/ ¡ay! que dame tu amor…
La marea ha ido en ascenso. El tiempo –de pronto- se apronta en unidad total. Es una simultaneidad que nos enfrenta al mimísimo tiempo con nuestro rostro pasado y el futuro; todo y uno es y nosotros en él; el ayer en el hoy y viceversa. Una extraña suspensión del tiempo que en este minuto presente es todos los tiempos. La marea sube; nosotros en el vaivén. Ubicuidad de la sal. El cuerpo de Maximiliano baja del cerro derramándose entre piedras y breñales; la chinaquería baila el jarabe; la ciudad de México es salpicada por los gritos de los pregoneros: “tierra para las maceeeeeetas”, “chicuicuilotitos biiiips…” en La Habana es clausurado el Teatro Cervantes, fundado por los hermanos Robreño tras la advertencia de que se ha convertido en un punto de reunión peligroso, foco de conspiraciones. En Venezuela el general José Gregorio Monagas decreta la abolición de la esclavitud. Hay un estallido de tambores. Se toca por primera vez en Caracas una obra sinfónica de Beethoven. Programa: “Marcha, de Segura, dedicada al Expresidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson. Obertura de Fra Diavolo, en Auber. Variaciones obligadas de violín, con acompañamiento de piano y doble cuarteto, de Kallywodas, ejecutado por Segura. Final de la Sinfonía en re, de Beethoven”.
La abolición de la esclavitud en Uruguay es decretada por don Joaquín Suárez, pero antes el candombe de los negros había sido perseguido con saña porque las danzas de los hombres de color, a las que se denominan “tambos” o “tangos”, “representan un serio atentado a la moral pública”. Los últimos disparos resuenan en la serranía de Querétaro mientras en Puerto Rico, el de herrajes coloniales y adoquines azules, el Grito de Lares sacude a 77 provincias con furor independentista. Después se viene encima la invasión norteamericana. El pueblo canta en las calles “La tierra de Boriquen donde he nacido yo/ es un jardín florido de mágico esplendor…” Tiempo de danza. Lola Rodríguez de Tió y Félix Astol cantan por la patria; el pueblo también… las palmeras… Buenos Aires es un largo empedrado de boliches, traspatios, galpones, pulperías, conventillos, almacenes, cotarros y carbonerías desde el hospital Rivadavia hasta la confitería “La Paloma”. La Buenos Aires de barberías y corralones, criolla pronta, recibe los primeros ecos de la negritud avecinada en Uruguay; cosas de milonguerías y cuchillo al aire y pendencia al punto, al tiempo en que Juan Manuel Ortiz de Rosas, gobernador de la provincia se apresta a matar indios a pulso firme.
Guatemala y El Salvador se declaran la guerra y desde nuestro barco, más allá del mar claro podemos ver como se levantan las llamaradas producidas en el corazón del bananaje y los cafetales. Las marimbas se desgranan con una tristeza infinita. Un ave negra cruza frente a nosotros, sobre el perfil de la espuma. Colombia está a punto de firmar el contrato para la apertura del Canal de Panamá. Mariano Melgarejo es otro general mataindios, que cede grandes extensiones territoriales a Brasil, privando en esa forma a Bolivia de una salida al mar. Mientras Brasil intervine en Argentina para apoyar la lucha contra el tirano Rosas, Chile y Perú declaran la guerra a España. Después se firmará el armisticio en Washington. “¡Ay!, que vente conmigo chinita, a donde vivo yo”.
“Cuando salí de La Habana, válgame Dios”. ¡Oh!. La Habana, de donde han salido influencias para América toda. Un fuerte oleaje nos balancea. La Paloma, la “habanera”, va cambiando de forma: danzón, bolero es, ha pasado por las glorias de Delfín, de Matamoros, y se baila y se canta con sus nuevos, múltiples rostros, y así recorre Cuba, desde este barco en el que Onelio recuerda: “una vez hubo un hombre en Mantua, o por Sinaicú que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas…” y se va, se va con sus recuerdos que llenan toda la cubierta frente al azul marítimo.
Onelio Jorge Cardoso voltea hacia el mar y nos deja frente a los ojos la imagen de Juan Candela, el cuentero, el que afirmaba ante un grupo de campesinos que él era el único que conocía el camino para llegar a México, después de seis días de andar, llegando a la ciudad al séptimo día, entre el paso del caballo y el volcán que aparece de pronto. Juan el cuentero era el único que conocía el camino que lleva a México, y yo, tras la palabra de Onelio adivino a Juan, a Juan de la Cabada, el cuentero que inventa de nuevo las palabras cada vez que conversa bajo la luna por los lagunares de Campeche.
Y en equilibrio la nave sobre los recuerdos y sobre los presentes; sobre los oleajes del ayer conformando las marejadas por los que transita nuestro hoy. Ahí estamos todos: Rosas y Ubico; Juan Candela derramando sus decires; la tristeza de la frustrada emperatriz, tan cercana ya a la locura (“Cuando salí de La Habana, válgame Dios”); la Bayamesa y el Corrido del agrarista que se cantó en las escuelas cardenistas de México (“voy a cantarles señores/ la canción del agrarista,/ les dirá muchas verdades/ señores capitalistas”); Sindo y su música; Nicolás, Alejo, Silvestre, Diego, Siqueiros; Sojo el de Venezuela; el grito de “Tierra y libertad”, fraguado en la sierra del sur zapatista; Camilo y el otro Camilo; López Velarde; Salarrué, Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez.
Golpe de sal, espuma de los sentidos, el barco se desliza sobre la novedad marítima, La Habana enfrente, y nosotros en este movimiento continuo convivimos la canción de todos. La emperatriz Carlota se sustrae silenciosamente; la nueva relación del tiempo habla ahora con todas sus lenguas. El continente mismo es una enorme embarcación meciéndose en los oleajes de su historia. Desde lejos, sobre un costado, luce sus letras verdes: “Cuando salí de La Habana,válgame Dios”, y el pensamiento sobre la antigua nueva nave, sigue, sobre los tiempos, una ruta abierta hacia los cuatro puntos cardinales… hacia los cuatro nombres del viento.
De CUANDO SALÍ DE LA HABANA, VÁLGAME DIOS
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