NARRATIVA - BREVE ANTOLOGÍA PERSONAL
Buen amigo
A Leticia Zapiain
ESCENARIO: adelante, el sol; atrás, la luna; a la derecha, el polvo de la laguna seca; a la izquierda, la lluvia que aliviana. Paquito Pérez prometerá a su mamá que no hará travesuras y regresará, sobre sus pasos solitarios, sobre su jiotosa orfandad infatil, al viejo, desigual y descarapelado corredor que lleva al tercer patio de una vecindad de las calles de Allende. No lo podrá asegurar, pero se imaginará que su mamá está contenta por que sabe que él, Paquito Pérez, no hará travesuras y también que ya no vive solo en medio del bullicio de la vecindad, por que ahora cuenta con un amigo al que le dicen algunos, de burla, pero muchos otros con respeto, el poeta; personaje que todas las mañanas lo despierta con los trinos que les despluma a zenzontles, canarios, clarines, jilgueros, al levantarse, antes de que salga el señor sol, como le llama; su amigo le quita los overoles en desuso con los que se cubre para dormir y se van a caminar por horas sobre los mecates que cruzan el espacio, de pared a pared, porque al poeta le gusta andar siempre cerquita del cielo, por donde dice que deben caminar los pensamientos de los poetas y de los músicos; luego se pone a llorar porque a los músicos los tienen encerrados en jaulas de alambre para que alegren la vecindad, pero ellos, dice el poeta, no la alegran, al contrario, la entristecen porque lo que cantan no son alegrías, sino pedacitos macizos de sufrimientos que vomitan por los picos. Porque el poeta dice que solamente cuando el los poda, antes de que salga el señor sol, los cantos son puros; después se empiezan a manchar con las diferentes luces del día y con los gritos de los chamacos cuando regresan de la escuela, los que van; los que no, empiezan a manchar los cantos desde mucho antes. Paquito Pérez llegará hasta el tercer patio de la vecindad y buscará a su amigo el poeta, al que encontrará sobre una mesa de madera corriente, poblada de moscas, cucarachas vertiginosas y varias botellas de licor, vacías, y entre una mezcolanza de tristeza, descuido y soledad; sólo contemplará sobre la pared mordisqueada un cuadro de Leticia Ocharán, pintado con ilusiones azules, amarillas, blancas y rojas, y que es el único arreglo del cuarto. El dibujo fue recortado de un periódico que el poeta encontró por ahí, le puso él mismo su marco, su vidrio, y es verdaderamente el único sueño que mantiene pegado al muro, por que los otros se le fugan, inasibles, por el montón de rendijas de la puerta de madera que malcubre la entrada del reducido cuarto. Paquito Pérez le dirá al poeta que acaba de hablar con su mamá en las soledades del panteón de San Isidro y que le acaba de prometer que no hará travesuras, y el poeta le contestará con una sonrisa de vidrio, de esas que le quedan en la boca después de morder las botellas antes de que se evaporen sobre la mesa. Paquito se pondrá feliz al recordar que es el único que conoce el secreto del poeta, porque cuando a éste se le esfuma el efecto que le causa cada mordida que da a sus botellas, le enseña un lenguaje que los demás no conocen, y que no es el que hablan los hijos de aquel país muy poderoso que se apropiaron de más del territorio de un país muy pobre que vive al lado, quedándose ellos con la parte pavimentada, según dice el poeta; el lenguaje que el poeta le da a conocer dentro de sus secretos, es el del viento, que antes asustaba a Paquito por las noches, cuando se acostaba a dormir bajo un volado de láminas acanaladas, embadurnadas de chapopote; ahora el viento no le asusta por que el poeta le enseñó a entenderlo; ahora llega con suavidad entre las sombras y le platica de muchas historias bonitas que el poeta le ha descifrado pacientemente, historias que durante el día le repite en su media lengua el perico mohoso que se entretiene chismeando frente al cuarto de la portera, la que lo alimenta con trocitos de tortilla mojada dentro de una lata vieja de sardinas. A veces Paquito se sentirá muy triste, cuando su amigo el poeta no lo reconozca en la calle, en donde se pone a roer sus botellas, junto a otros hombres barbones con pedazos de ropa negra que les cuelgan hasta el suelo y zapatos viejos que se revientan al no lograr contener la hinchazón de los pies curtidos. Pero después su amigo le explicará que aunque los demás hombres que están con él no son poetas, le ayudan a buscar entre los tambos aboyados, detrás de los pasos de los santeros que llegan a vender sus imágenes, entre las macetas sembradas con ruda, epazote y yerbabuena, entre los tubitos de los cilindros que cargan unos señores que silban músicas oscuras y entre los botes de todo tipo tirados a media calle, los misterios que el viento deja durante el día para regresar a recogerlos y serenatearlos por las noches. Entonces Paquito le preguntará por qué le dicen poeta, y él le dirá que por que es el único en toda la vecindad que después de platicar con esas voces maltrechas a las que la gente llama penas, alegrías, insomnios, dolores, hambres, las hace versos, que tiene guardados en un lugar secreto, junto con unos pliegos que encontró hace años, en donde se relata la historia de ese lugar, partiendo desde el sitio en donde se rindió el emperador que lo defendía, precisamente donde hoy existe una capilla en la que los ladrones y raterillos peludos que se esconden en las entradas de las vecindades, llevan veladoras a su santo patrón para que los proteja en sus actividades, hasta la crónica de los temblores que han soportado las endebles habitaciones. Y cuando Paquito pregunte en dónde están guardados esos pliegos, el poeta le dirá en secreto que debajo de los lavaderos, cerca de donde se estancan las aguas enjabonadas, espesas de vicosidades grisáceas y verdosas. Paquito se pondrá en ocasiones más triste que de costumbre por los mordiscos que el poeta le propina a la botella (la pachita) que carga en una bolsa trasera del pantalón. Entonces, de pura vergüenza, el buen amigo se tragará la botella entera hasta que se empiece a borrar su silueta sobre las aceras de las calles pardas. En ciertos días Paquito sorprenderá a su único amigo bebiendo con unas mujeres andrajosas, con jorobas vestidas de pestilencias, con caras arrugadas y bocas desdentadas, y al percatarse de su gesto de asombro, el poeta le explicara que esas mujeres se llaman musas y que todos los poetas tienen una o más, que son las que en las noches, de preferencia, al llegar con el azote del viento, se asoman por la ventanita de la cabeza para dictar los versos que él termina escondiendo debajo de los lavaderos. Pero luego el poeta se pondrá triste porque sus musas no han llegado a verlo y a dictarle las cosas bonitas que él dice, y entre cada suspiro mojado con alcohol lamentará que ellas estén danzoneando por ahí, por algún cabaretucho del barrio, y tal parecerá que su tristeza le va a llegar hasta el trino de los pájaros, esos emplumados sonámbulos de las ventanas. Entonces saldrá del cuartucho, dormido, con el sueño de muchas botellas se irá caminando por las calles, sin abrir los ojos, ni las bolsas de su saco arrugado. Cuando el poeta se encuentre bien se irá a trabajar; él es cobrador en un sitio de excusados públicos en donde cuesta un peso regir y cincuenta centavos mear, y le explicará a Paquito que eso le sirve de mucho porque en esa forma se encuentra más cerca de la poesía humana. De regreso a su cuarto la gente lo confundirá con esos pajareros que pasan vendiendo sus animalitos y le preguntará en las esquinas: ¿cuánto por un trino, poeta?, y el sólo responderá con una mirada blanca. Paquito Pérez se sentirá cada vez más preocupado por la ausencia de su único amigo, quien a útimas fechas se reúne con mayor frecuencia con los hombres oscuros de barbas largas, según explica él, por la decepción que le han causado sus musas, esas desdentadas ingratas que cada día lo tienen más abandonado y no se han acordado de venir a dictarle los versos que él dice esconde en un punto cercando a donde hace espuma el agua enjabonada, el agua de colores turbios. Un día de tantos, Paquito Pérez irá a buscar a su amigo pero éste no abrirá la puerta de su habitación y Paquito se asomará por las rendijas, y verá el cuerpo inerte de su amigo, apuntalado con botellas de alcohol, envuelto en olor de adioses, y sentirá de golpe que nuevamente se ha quedado solo ante las sombras, ante el frío, ante los chamacos que manchan con sus gritos los cantos de los pájaros, y algo inconsciente, desde quién sabe que vena enterrada en un pasado no muy lejano, le hablará de un niño universalmente solitario, llorando en el interior de una caja de cartón que diga en una de sus tapas: “siga los tres movimientos de…”, una caja de cartón depositada sobre un cerro de basura, con un niño sin ombligo y con un puñado de moscas inquietas que se le pasean por las comisuras de los labios, y después el niño se levantará, y andará, con su creciente puñado de piojos en la cabeza, venderá dulces y periódicos en los camiones de pasajeros, siempre sabrá que hay un hoyo en el estómago, y después sabrá que la pobreza envuelta en olor a pies sucios es correteada donde quiera, y después prometerá ante la tumba de su madre que no hará travesuras, y después conocerá a su único amigo en la vida, a aquel hombre al que le dicen el poeta, y a quien se le bambolean peligrosamente las palabras, pero que le enseñará a platicar con las cucarachas y con las nubes, con las diferentes voces de las mañanas, y después, cuando el hombre, su amigo, no despierte más de su pesado sueño de vidrio, sabrá que su soledad no existe, porque antes de que caiga el telón de todo, platicará con las lenguas del viento, y sabrá de todas esas leyendas que el viento recoge, arranca, revuelve de los rincones del barrio, y reconocerá que son esas las historias que le contaba el poeta de las palabras de vidrio, el de las palabras redonditas como canicas ajenas, y se pondrá encima los overoles en desuso y se acostará, cerca de los lavaderos, acompañado por los buenos sueños de la noche.
De: YO SE LO DIJE AL PRESIDENTE
1ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1982)
2ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1986)
3ª Edición: Fondo de Cultura Económica (1994)
4ª Edición. Fondo de Cultura Económica (1998)
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