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Reflexiones en el Museo del Escritor

¿Cuál es el instrumento más adecuado para decir el tiempo? La letra. Contra lo que pudieran opinar investigadores de asuntos geológicos o siderales, en la letra está contenida la edad del mundo. La letra conforma y confirma un abecedario hecho de la superposición de las eras, veraz formulario que nos relata desde cuando fuimos aire y agua en su manifestación primera, tierra y fuego no solicitando sino ejerciendo las medidas.

Letra eres y en letra te convertirás, diría el ministro desde su ejercicio, sino fuera tal frase energía que pudiera distraerlo de su sinfónico muralismo, de su quehacer de mago. El de los oficios desde esa geometría tiene un nombre: Escritor.

Escritor es desde y por la reseña, y esto, desde el pulso voltio de la letra en su tránsito a palabra. Por lo tanto, escritor es el que oficia instalado en el centro de los tiempos, predicción y resumen, prodigalidad que construye la memoria para vivir en ella, por ella, hacia ella, para ella, y así, todo es literatura. Todo. Y el escritor… el sumo sacerdote. El conocimiento, desde las irradiaciones de la palabra puede producir tecnología, ah, pero ésta por sí sola, sin su necesaria carga de humanismo, no nos absuelve de la ignorancia original sobre nuestro propio ser, “la ciencia sin cultura es desperdicio” decía Aharadí Odán desde el siglo VIII. En nuestro siglo XXI hasta podríamos aventurar que es crimen.

Sobre el trabajo del escritor se podría decir que normalmente se realiza en medio de una larga cadena de carencias y menosprecios, ¿será por las potencias que maneja?, (huy, el brujo, como es peligroso hay que callarlo. Todo lo que se mueve es amenaza para el estatus). ¿El escritor es un ser peligroso, poseedor de una de las fórmulas del exterminio? Quizá sí, es el provocador del movimiento, aún sin proponérselo; aunque éste, el movimiento, lo sabemos bien, existía desde mucho antes de cruzar a nado el Río Heráclito.

¿Será cierto que todo se piensa en palabras antes de estar?, ¿se intuye?, ¿se proyecta como realizable?, ¿se hace teoría y después cosa, es idea en palabras primero y después acción, y después objeto? Entonces, se necesita una casa para reposar la idea, su literatura. Se requiere de un hiato de descanso y reflexión, un instante de paso detenido para meditar el tramo transitado, una honda respiración del fuelle para reasumir el sino.

El escritor empieza a idear una estancia del escritor, un museo de su trabajo, el Museo del Escritor, lo piensan en palabra René Avilés Fabila, Rosario Casco... Ahora la palabra habrá de traducirse en realidad objetiva, en resultante necesaria del trabajo de la imaginación. Y el Museo del Escritor, Es. Ya lo es desde un diciembre del 2011 (habrá otros diciembres que servirán para otras cosas). El Mueso del escritor ya es, muro y luz, cal e imágenes, pensamientos desde las palabras, palabras desde los pensamientos. Ventanas desde el mundo hacia el mundo.

El pasado martes 06 de diciembre, asistimos al magno acontecimiento, en el Faro del Saber Bicentenario, Parque Lira 94, Colonia Observatorio, Tacubaya, Ciudad de México, América. Lo pensado por René y Rosario estaba en pie, perfectamente objetivizado y esa noche los escritores iban y venían, sobre las losas del piso, sobre las paredes que hablaban. Ahí estaba, nuestra torre de Montaigne, a la que habremos de asomarnos para reconocernos a nosotros mismos (ahora no sólo hablo de los escritores) frente a los imperecederos espejos de papel que tanto y tanto nos crecen. Ahí estaba el “material de los sueños”, para definirlo con la codificación de José Revueltas.

Esfuerzo coronado de Avilés y Casco. Bienaventurados los que lo recibimos. Al respecto, esa noche, el escritor René Avilés Fabila explicó públicamente:

Fue una conquista de un grupo de académicos, escritores, intelectuales, periodistas culturales y personas que decidieron brindarle un resuelto apoyo al proyecto que arrancó hace una década y que tuvo como base mi propio archivo que incluye alrededor de 20 mil libros de literatura que están ya en proceso de clasificación para ser parte del Museo del escritor.

Tito Lucrecio Caro, uno de los más entrañables de nuestros poetas, nuestro poeta-filósofo por excelencia, sentenció en su siglo: “Todas las cosas, junto con el Cielo y la Tierra, no son nada junto al gran Todo”, y un vasto eco de coros podría haber complementado: “el gran Todo: La palabra”, esa palabra que permite que a través de los siglos Juan Bautista Villaseca pueda, por ejemplo, decir a Quevedo: “Yo conservo tu sal de ronco olivo./ Nació sonando, suena como un cuerno/ donde sopla la sed su idioma vivo”.

Y entonces, dentro de las citas necesarias, para concluir nuestra visión sobre esta nueva morada de la palabra, habría que invocar a Aurora Reyes desde su verbo de guirnalda monolítica: “Aro de luz, desértica pupila:/ circúndame en tu música de piedra,/ desata la inicial, diáfana espada./ Tener tu dimensión, crecer en ella,/ amar contigo las verdad terrena,/ combatir con el rayo de tus armas./ Asísteme ¡magnolia de armonía!/ dame tu exactitud y tu tersura,/ enséñame tu idioma y tu eficacia./ La soledad, los mágicos dominios./ Anunciación y flor amanecida,/ de silencio a silencio: …¡La Palabra!”

El escritor empieza a idear una estancia del escritor, un museo de su trabajo, el Museo del Escritor, lo piensan en palabra René Avilés Fabila, Rosario Casco... Ahora la palabra habrá de traducirse en realidad objetiva, en resultante necesaria del trabajo de la imaginación. Y el Museo del Escritor, Es. Ya lo es desde un diciembre del 2011 (habrá otros diciembres que servirán para otras cosas). El Mueso del escritor ya es, muro y luz, cal e imágenes, pensamientos desde las palabras, palabras desde los pensamientos. Ventanas desde el mundo hacia el mundo.
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