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VARIACIONES DE INVIERNO

(Prólogo a la antología con ese nombre publicada por RLM en 1977)

Carlos Humberto Valencia se restregó los ojos irritados y extendió por la cara un gesto de fatiga.

La última paletada cayó ligera sobre el túmulo que aprisionaba los restos de Juan Bautista Villaseca; la última porción de tierra se sumó a la que se apretujaba ya contra el ataúd de color gris en donde reposaba el cadáver del poeta que había sido acompañado al solitario panteón de San Isidro, en Atzcapotzalco, por un escaso grupo de amigos aquel día, siete de marzo. La tarde estaba parda, próxima a la lluvia.

La tierra no ha de haber quedado lo suficientemente apisonada dado que el cuerpo del poeta, en algo que consideramos como un acto de protesta contra sus amigos que pretendíamos dejarlo en aquel lugar alejado, se empezó a mover provocando un ligero movimiento terrestre bajo nuestros pies, los que apenas lograban mantener el equilibrio de nuestras cabezas, víctimas de un imperceptible mareo.
El cuerpo del poeta se volvió a poner de pie frente a nuestros ojos y ahí mismo se nos fue haciendo invisible, y con un silbo frío se elevó sobre nuestras caras asombradas y se fue a burlar de nosotros entre las ramas de los árboles que producían un ruido largo y trise. En el automóvil en el que viajábamos de regreso le dije con voz opaca a Adolfo Anguiano: “como que lo árboles quisieran doblarse, ¿verdad Adolfo?”. El sólo respondió: “creo que va a llover”. Guillermo Anguiano completó con un rumor que no alcanzó a salir plenamente de su garganta; las vibraciones del motor fueron las únicas que se dejaron oír por espacio aproximado de media hora.

La verdad era que el poeta había sentido hasta el último momento su gigantesco miedo a la soledad y por eso decidió pegarse a nosotros, descender en forma de lluvia, de aire, subirse a nuestro coche y meterse rabiosamente en nuestras células, para que no nos atreviéramos más a dejarlo en aquel alejado rincón del panteón de San Isidro. Desde entonces nos empezó a acompañar a todos nuestros cocteles, a todos los homenajes que nos dedicamos a hacer en su memoria, a cada trago de Bacardí o de ginebra económica que nos regalábamos generosos. Empezó a no soltarnos con el pleno conocimiento de que en esa forma siempre estaría cercano a sus gustados “consomecitos”. Ah qué Juan, nunca le ha fallado la intuición. Cabe citar que a veces, cuando escribo mis cosas, me exaspera, como el día de hoy, que se asomó a leer estas líneas que estoy iniciando y con sus ojillos malévolos y su insoportable sonrisa irónica me espetó su clásica frasecita: “más pendejadas…”

Tal parece que habremos de soportar a este Juan por los siglos de lo siglos, lo supimos desde aquel día de marzo, cuando regresó con nosotros antes de que le agarrara la lluvia en las lejanías de San Isidro. 1969 fue un año muy lluvioso. Bien que sabíamos que finalmente él sería quien nos enterraría a todos nosotros, lo supimos desde que se nos encaramó en el carro en el que volvimos a la ciudad. Después nos lo encontrábamos en cada poste, ataviado con un traje musgoso, con parches de versos maltratados; lo encontrábamos en los semáforos impertinentes que invaden las esquinas de la ciudad; lo vemos cruzando las calles con su paso lento, cansado. Y decirle al humo: “buena sombra humo” o al smog: “buena sombra smog”; o al sol: “buena sombra sol”. Por las noches llegaba a dormir a nuestras casas; sabemos que está en la sala o en el comedor aunque no lo veamos.

Luis Alveláis a quien entregamos toda la obra de Villaseca (lo que cada quien tenía, aparte del gran grueso que el propio Villaseca puso en sus manos) con el fin de hacer una edición póstuma que sacara al gran poeta del disimulo oficial, le arregló un cuarto en la azotea de su casa para que ahí estuviera tranquilo y nadie le molestara, y como Juan Bautista Villaseca podrá morir veinte mil veces y nunca se le quitará lo poeta, aprovechó el tiempo en el que vivió sobre la cabellera de Alvelais para escribir su libro Azoteas del insomnio. Ah qué Juan, siempre sobre los versos.

Así ha permanecido Villaseca, hablándonos de Pablo Neruda, de Vicente Huidobro, de Vallejo, de Pedro Garfias. Cuando habla de los poetas mexicanos ya no acaba con Manuel José Othón, con Diáz Mirón, con López Velarde, con Carlos Pellicer, para terminar siempre con Efraín Huerta porque dice que es su cuate y que se admiran ambos. Me gusta su lenta movilidad y escucho con atención sus juicios polémicos, de pausado dinamismo.

Nos ha contado Juan que nació el 21 de abril de 1932 en la calle de Héroes #50 de la ciudad de México; que su madre fue doña Paula Quintero, una humilde mujer del estado de Guerrero, pero que su padre, don Juan Bautista Villaseca Toro fue un culto médico chileno, y de ahí saco yo que a eso se debe su gran conocimiento de los poetas sudamericanos y la influencia que a veces le noto de Neruda y Vallejo. Luis Alvelais, que en eso de las técnicas literarias se las sabe de todas, todas, afirma que la obra de Villaseca es tan importante como la de Vallejo. También Adolfo Anguiano da mucho en compararlos, yo creo que los dos son grades y muy ellos cada quien, y pienso, si algún día Juan te llegas a morir, solo, sobre una fría plancha del Hospital General (cadáver desconocido), si algún día se te sube la ginebra tanto, tanto, como para que te cierre los ojos y te tape el resuello, y luego de que pasen días, después semanas, meses y luego años y siga la inactividad de quienes serán designados para dar a conocer tu obra íntegra, haré una recopilación de tus cosas para que sepan todos los que no te conocieron y que son los más, quién eras, y que aquellos que te conocieron y se hicieron los disimulados agarren a los poetas con los que se cachondean en sus mafias destartaladas y se los…
Pero luego también pienso que hay muchos libros escritos por Juan que yo no poseo para esta recopilación, y los títulos surgen como pequeños fantasmas: Azoteas del insomnio, Siete pétalos en el preludio de la primavera, De la tierra a la rosa, Variaciones de invierno. Qué buen título este último para la recopilación en caso de que no pudiera incluir ese tu libro en ella, pienso, y también pienso en la gran cantidad de poemas sueltos que dejas extraviados entre tus conocidos, como tu serie sobre los acontecimientos del 68… y los inconclusos… Pienso que para que las Variaciones de invierno fueran completas, aunque me falten muchos de tus libros como Diurnos y En el sur de la tormenta, y un montón de inédtos que tú mismo dejaste a resguardo de alguien, buena cosa sería incluir un párrafo de tu novela Pánfilo Godínez en donde te retratas con una prosa bellísima pero que para mi gusto no llega a constituir una verdadera novela, para mí sólo llega a ser un saco repleto de bellísimas metáforas que pretenden contar una historia. Pienso en esas cosas… y sigo repensando hasta que llega Juan con su consomé en la mano y su sonrisita irónica para decirme su maldita frase: “más pendejadas…”
Una vez al poeta se le descompuso el reloj, las manecillas caminaban en forma exagerada, las horas se adelantaban a su paso lento y a la lentitud con la que se llevaba el vaso a la boca. Decía Villaseca de su reloj descompuesto: “se adelantaba tanto a mi pobreza que al hotel estrellado de la noche le despertaba el sol”. Él siempre habla en verso, aún para afirmar que para beber había que tener fuerza de voluntad. “El tiempo no goteaba –decía cuando hablaba de su reloj- era un río, quería todas las estaciones para vivir un día. Las horas se salían de su jaula saludando una vida anticipada”. Se quejaba de que su reloj quisiera que llorara más aprisa y de que le adelantara hasta los cobradores. “Era como toda ilusión –decía de su reloj- un inexacto”.

El reloj se perdió posiblemente en la casa de empeño pero a Juan le ha seguido marcando el tiempo, desde donde esté, en forma violenta. Por eso Juan se agarró de nuestros hombros cuando la tarde aquella de San Isidro; por eso se nos adelantó la lluvia cuando veníamos de regreso a la ciudad mientras los árboles doblegaban su ramazón por allá, por Azcapotzalco.

Villaseca se vino con nosotros aquella vez, después de la última paletada de tierra, y empezó a amargarnos la existencia con su sonrisa irónica. Por eso Carlos Humberto Valencia se restregó los ojos irritados y después de un gesto de fatiga, el plumín sobre la mesa, nos consultó: “cómo ven, ¿lo habré agarrado bien? Perfectamente -le respondimos- es la mismita cara gruñona de Juan. “Carajo –dijo Valencia- no vaya a ser que me halla fallado en algo el pulso y se vaya a enojar nuestro cuate”. El retrato era perfecto, y había sido logrado sin que estuviera el modelo presente, de puritita memoria.

Valencia es un genio, dije yo, y el Vale: “no te hagas, qué pasó con la de Bacardí. En la Morada de paz, ante el desparramiento patriarcal del doctor Martínez Montes, nos bebimos las horas lentamente en venganza contra el reloj descompuesto que le había adelantado las horas en forma alevosa al “Bautista de la Villa Seca”, como dice Sergio Armando Gómez. Festejamos hasta el anochecer el retrato que de Villaseca había hecho Valencia; era para mi primer libro, Trilogía entre la sal y el fuego, título para unos sonetos en los que me hacía chis sobre los responsables de todo el tronchadero de Tlatelolco. Al final del libro venía una sección de homenaje al poeta que meses antes, en el cuartucho en donde sosteníamos la Rama de Escritores Mexicanos (mínima y sucia parte de un enorme taller de zapatería), por las calles de Jaime Nunó, me salpicó con sus lágrimas después de haber presenciado a su Universidad con la alegría izada a media asta. El retrato logrado por Valencia iría al final del libro. Ah qué Juan, siempre se queda al final de todo.

Por este entonces, en las paredes de la Morada de Paz había un soneto escrito con nuestro puño y letra en donde Juan planteaba: “La noche con la espina se hizo rosa”, y yo completaba: Una rosa que sangra el universo, y él: “y el corazón con que camina el verso”, y yo: “tiñe la piedra en que el amor se posa”, y él: “noche que en las corolas se desposa”, y yo: “engalanada con orlado cierzo”, y él: “y en los labios un beso ya disperso”, y yo: “entre las sombras su verdad solloza”, y él: Morada de la Paz, trébol amigo”, y yo: “licor de vida que la sombra escancia”, y él: “una alondra dormida sobre el trigo”, y yo: “eco de luz que suspiro en la pena”, y él: “la noche en las paredes es distancia”, y yo: “otro eslabón de la fugaz cadena”. Y todos, atentos para ver quien fallaba ya por la presión de tantas pupilas, ya por la incapacidad de alguno de los dos en desafío.

Esta vez el poeta no se quedó a finalizar la reunión, lo cargue sobre mi espalda y nos fuimos tambaleantes por la calle de Donceles, como quien va para la Cámara de Diputados, en donde había una cantina que se llamaba El Submarino; yo en cumplimiento de la frase que él tanto repetía: “Para beber hay que tener fuerza de voluntad”.

La Rama de Escritores Mexicanos, para nosotros simplemente “la REM”, ya no existe pero ah que si existió, era un cuartucho mal oliente propiedad de Adolfo Anguiano, que contaba en sus cuatro costados con el bullicio agresor de varios talleres de zapatería. En el cuartucho, apuntalado con botellas de Bacardi y Ginebra Oso Negro, todo estaba destartalado, hasta nuestras risas revueltas muchas veces con lágrimas o con solemnes mentadas de madre. ¿Te acuerdas Juan del cuartucho donde te quedaste a dormir varias noches?, ¿te acuerdas de aquella mesa dura rodeada de cuadros y ruido de ratones, y de aquellos contundentes recordatorios familiares ante nuestra imposibilidad de conseguirte una mediana colchoneta para que pasaras la noche? Ah que Juan, tu siempre tan amargo.

Adelante de mí la espalda del poeta era solo una sombra que dificultosamente se movía a la derecha, a la izquierda. Escribí: “nadie miro su sombra que achataba la tarde, nadie miró el soltero silencio de su andar…”, corrí unos metros y di alcance al poeta.

-Ya esta la línea Juan, cuál sigue.
-Este Pánfilo Godínez nos va a sacar de pobres, hermano.
-Qué línea sigue Juan.
-Ni se hizo el vacio que se queda en los cuartos
-Y luego?
-Ni esa humedad humana que no sabe llorar.
Me atrasé nuevamente para apuntar las otras dos líneas de su poema, pronto le di alcance
-¿Crees que nos irá bien con el libro?
-Este Pánfilo Godínez lo escribí con sangre por qué no nos iba a ir bien con él?
-Pues es que luego le salen a uno conque si “¿lo regalan con todo y autógrafo?”

Pasos adelante Juan ya no podía caminar. Por la mañana unos zapateros amigos suyos recibieron de las manos del poeta un ejemplar de alguno de sus libros (edición de autor) y como pago le dieron un par de zapatos duros que le quedaba grande. Nos detuvimos frente a un tiradero de basura y ahí recogimos varias cuartillas de papel carbón con las que rellenamos las partes holgadas de ambos zapatos.

-Poeta –le dije en tan difíciles circunstancias-, el que sobreviva de los dos tendrá por obligación el narrar estas cosas que nos suceden.
-El que sobreviva de los dos tendrá que vestirse con una piel de amargura para poder hacerlo –me respondió.

Lo de Pánfilo Godínez fue todo un merequetengue. Con algunos meses de anterioridad el poeta nos había informado en la REM que había empezado a escribir su novela y que al terminar aliviaría en definitiva su situación económica debido a que era amigo de varios intelectuales famosos y de líderes que habían estudiado con él, que en algún momento le debieron favores y que en la actualidad estaban alcanzando altos puestos en la política. Ellos podrían comprar toda la edición de Pánfilo pues tenían los medios, “con los dineros que nos esquilman con base en impuestos y cuotas, hermano”.

Dialtiro que nació con mala suerte el mentado Pánfilo; primero, no teníamos para el papel, pero doña Ramona Quintero, mecenas de poetas y pintores, nos ayudó a superar el primer escollo; después empezamos a dar vueltas y vueltas a la imprenta de un tal señor Limón, quien algún día se ahogará en su propia acidez. Pasaban los meses y no nos podían entregar las pruebas de galera. Un buen día nos entregaron las condenadas pruebas; el encargado de la edición era Luis Alvelais Pozos, quien estuvo a punto de fallecer del coraje. El trabajo que nos habían entregado era como para tirar el tololoche y sentarse a llorar en la banqueta. Frases enteras habían sido cambiadas de sitio, otras simplemente desaparecieron, los capítulos habían sido alterados en su orden y las faltas ortográficas sumaban un caudal más atiborrado que el que forman los vehículos que transitan a las catorce horas por la Avenida Peralvillo. Villaseca hizo primero un gesto de desesperación, y posteriormente, sólo comentó con voz pausada: “mas pendejadas…”

Las pruebas de galeras fueron regresadas a la imprenta con una airada protesta por parte de la REM, pero cuando nos dieron las segundas pruebas la cosa no había cambiado en nada. Así se sostuvo la situación por otros varios meses entre nuestra desesperación y el incumplimiento de los “imprenteros”. ”¡Dénme el libro como quieran, pero dénmelo ya!”, les gritó una vez el poeta, bajo los síntomas de una marcada indignación, y fue cuando por fin fijaron una fecha para la entrega del malhecho libro. Cuando se cumplió el plazo nos presentamos a la imprenta y nos encontramos con la novedad de que un día antes, ésta, había sido clausurada, y por lo tanto, había una tajante prohibición para sacar las cosas que se encontraban en el interior del local. Villaseca no pudo contener las lágrimas de la ira.

Al poeta siempre le han sucedido cosas raras con sus libros ¿No es cierto Juan? ¿Te acuerdas lo que te sucedió con “La soledad rescatada”? ¿Te acuerdas? Estábamos esa vez un millón de personas sentadas al rededor de una mesa larga, larga, brindando por el feliz término de una sesión más de la peña literaria del Club de periodistas; unas botellas iban y otras muchas venían. La noche había sido larga, como la larga mesa que sostenía vasos, cascos vacíos y todo un cargamento de versos de todos sabores y colores. Tú acababas de escribir “La soledad rescatada”, lo tenías todavía en manuscrito, lo fuiste a presumir esa noche y te pidieron que leyeras algo del libro. Empezaste a leer hasta el momento en el que uno de los poemas decía: “marinero, si te vas, una noche de petróleo tira este poema al mar…” y arrojaste con furia el libro que pasó pitando entre las cabezas de los presentes. El libro desapareció misteriosamente, todo mundo lo buscamos y nunca fue encontrado. Esa noche te tuviste que sentar de nueva cuenta, temblando de coraje, a reescribir de un tirón “La soledad rescatada”, y lo hiciste. Obvio que ya no quedó igual, pero a lo mejor salimos ganando con la nueva versión.

Por cierto que esta segunda versión permaneció también algún tiempo nada más manuscrita. Los que estábamos más cerca de Juan, leímos el libro así muchas veces. Empecé a sentir una gran obsesión por uno de los poemas de título “Cercanía de la ausencia”, que empezaba diciendo: “Nunca pude comprender/ por qué le llamaba Dios/ y Él me llamaba Juan…” A Juan le gustaba que me gustara tanto su poema; yo sentía el poema como muy mío, como si yo lo hubiera escrito, como si mi imaginación y lo que quería decir con ella y con las palabras estuviera volcada en esos versos. Él sonreía satisfecho. Entonces no pude más y me volví un “pinche pedinche”: “Juan –le supliqué con la sinceridad de amigos- me gustaría que me dedicaras ese poema, tú sabes como me identifico con él” (además ningún poeta importante me había dedicado nunca nada). Villaseca tomó su pluma, y sonriente y generoso, escribió: “Para mi amigo Roberto López Moreno”. De ahí todo fue un desesperado esperar a que el libro se imprimiera. Luis Alvelais era dueño de un mimiógrafo que tenía en un laboratorio de química para estudiantes de preparatoria; por las carencias de Villaseca, Alvelais mantenía cierto ascendente sobre él, y así se imprimió el libro, en mimiógrafo, con albas pastas relucientes. Era la primera vez que un poeta de esa hondura me dedicaba uno de sus poemas, un poema “que era mío”, “que yo había escrito” en mi imaginación y él lo había plasmado en el papel: “Nunca pude comprender/ por qué le llamaba Dios/ y Él me llamaba Juan,/ en el agua de mi infancia se quitaba el antifaz./ A él le lloraba un huerto de nardos en tempestad./ Nunca me dijo por qué también le quemaba el pan./ A la basura del tiempo/ se fue mudando esa edad,/ mi traje cambio de pena,/ mi zapato de orfandad…” Cuando por fin tuve el ejemplar en mis manos busqué mi poema y leí en letra de molde: “Cercanía de la ausencia”, “Para mi amigo Luis Alvelais Pozos”. La caída fue en vertical. Sentía alfileres en las orejas. La desilusión, la humillación y el coraje me duraron mucho. Una tarde, en el Café París (5 de mayo y Filomeno Mata), entró Villaseca por casualidad. Se sentó a mi mesa. Yo no hablaba, él tampoco. Yo había pedido un café, él, con disimulo extrajo de su saco una botellita de ginebra. Seguimos sin hablarnos un rato. Luego tomó una servilleta y empezó a escribir sobre ella: “Como un zapato herido por la fecha, /calendario de rondanas tercas,/ me sacudo el camino/ mientras desciende Dios / desde las crines de un viento sin retornos./ Poeta López,/ pueblo desde la latitud del trigo…. Asciende a tu marimba de viento…”

Así es este poeta.

-Tengo una sed de beduino errante.
-Hay hermano, estamos ahora sí que muy bajos de oros –Alvelais-.
-Vamos al centro de cultura, hermano, tengo unos maravillosos lentes con arillos de oro que pueden quedar a cambio.
Así éramos todos.
-A dónde vas, Roberto.
-Voy a rescatar al poeta que se quedó empeñado en el centro de cultura.
-Pues qué, ¿le fallaron los lentes con arillos de oro?
-Es que los arillos no aguantaron el peso de todos los consomecitos que se chupó.
-¿Y que está haciendo?
-Pidió más y se quedó a la espera de que paguemos el rescate.
-Y con qué ojos
-Con los de Pánfilo Godínez, que parece que aguantó el trancazo con los cuates del Club de Periodistas.
El poeta se encontraba sólo, rodeado de cascos vacíos; cuando me vio la cara se le iluminó y me recibió con su dichito festivo:
-Para beber hay que tener fuerza de voluntad.
-Pero a veces se mete uno en cada bronca…
-Precisamente, por eso es que hay que tener fuerza de voluntad.
Me encuentro en la casa de Adolfo Anguiano.
-Si vieras Adolfo que bronca para pagar esa cuenta.
-Así es Juan, confía en que sus amigos no lo dejarán sólo.
-Pues qué modito de confiar tan expuesto.
-Confía por que él siempre fue generoso, sobre todo durante la época en la que ejerció.
-Cuánto tiempo tienes de conocerlo?
-Lo conocí por los cincuenta, ya era un poeta importante; en ese entonces fungía como directivo del Instituto de Intercambio Cultural México- Checoslovaco y por las tardes atendía a sus pacientes en un consultorio que tenía por la Calzada de los Misterios.
-Entonces, tenía pacientes que aguantaban sus gruñidos?
-No te culpo de que tengas esa imagen de Juan, pero sí quiero que te lo imagines por aquella época; vestía con una elegancia que a veces caía en la exageración, el corte de su ropa era muy fino pero los modelos que se mandaba a hacer estaban inspirados en modas de muchos año atrás, sólo que él los lucía con mucho porte; en ocasiones usaba polainas, bastón y se dejaba crecer unas largas patillas.
-Pero, me hablabas de su generosidad.
-Siempre trató a sus empleados con mucha cortesía y éstos, por su parte, tenían que tratar a los pacientes que iban a la clínica en la misma forma, por humildes que fueran. Por el lugar en donde se encontraba el consultorio ya te imaginarás que lo enfermos que lo buscaban no eran de condición económica boyante y a eso se debía que a muchos de ellos ni siquiera les cobrara.
Yo escuchaba a Adolfo con atención.
-Era un tipo muy seguro de sí mismo, de una gran preparación, en ocasiones insolente con los demás poetas que le seguían y que frecuentes le visitaban en el consultorio (Huerta, Guardia…), en donde tenía un lugar para recibir a los intelectuales y amigos que le buscaban, ahí bebían y él nunca permitió que nadie pagara nada de lo que se ingería.

Adolfo imparable.

-Daba la impresión de ser un pagado de sí mismo, pero cuando se le empezaba a conocer más a fondo, esa autosuficiencia que demostraba a los demás poetas desaparecía, sobre todo cuando trataba a los que empezaban a caminar por los senderos de la poesía, que tú sabes que son difíciles.

-Oye, por qué dejó el consultorio.
-El alcohol, y la gran cantidad de pacientes a los que no cobraba. Y la gran cantidad de poetas, de esos que ahora son famosos y que no recuerdan que existió, que existe, pero que sí, en su momento, ayudaron a beberse el instrumental.
Cuando salgo de la casa de Adolfo, Juan me espera en el coche, no quiso subir con Anguiano debido a que se encuentra en medio de uno de sus tantos nudos de alteración. Me ha pedido que lo lleve a la casa de su hermana que vive en el pueblo de Ticomán. Últimamente se ha estado quedando a dormir allá.

Juan Bautista se encuentra sumamente molesto por un disgusto que acaba de tener con alguno de sus familiares, me relata a medias la causa, y como este Juan todo lo dice en poesía, me ruge con su voz gruñona: “yo los ayudé para que fueran lo que son, para que no se los tragara el viento en las aceras, y ahora me sueltan la cadena como a un oso que viene a tirar sus lágrimas a la mitad de la pista”. Da un puñetazo en el tablero del coche que me hace volver la cara hacia él. Veo la cara del poeta mojada por las lágrimas. Volteo nuevamente a ver el pavimento. Afuera llueve.

-Te acuerdas de Taxco?
-Hay hermano, y de la hermana iguana…

Luis Alvelais Pozos acaba de ganar uno más de sus cinco millones de premios de poesía –tiene monopolizadas las “flores naturales” de todo el país, por lo que algunos comentan que, como Juan Charrasqueado, “de aquellos campos no dejaba ni una flor”-, y toda la REM, en masa, nos fuimos a Taxco a recoger el premio. Luis Alvelais, Othón Villela Larralde, Adolfo Anguiano, Pilar (La Pilucha) Marroquín, Juan R. Campuzano, Villaseca, su hermano Marco que también es médico y yo nos adueñamos por dos noches de las calles de Taxco. Además de poeta Juan tiene una bella voz, motivo más que suficiente para que esas dos noches no hayamos dejado dormir a nadie: “porque no engraso los ejes, me llaman abandonao…”, “Decreido soy del amor y por eso tomo vino…”

Aquella farra entre poetas hubiera continuado quién sabe por cuanto tiempo más si no hubiera mordido la hermana iguana que dormía con Villaseca una mano de Marco Antonio, lo que provocó a éste una peligrosa hemorragia, y de éste, un incontenible río de improperios.

-Por qué se te ocurrió recoger aquella cosa del camino?
-A la hermana iguana?, fue algo efímero.

Aquí mejor cambiamos de frecuencia, Juan, porque fíjate bien, con todo y tu poesía, de la que no poseo más que una breve muestra –la mayor parte está en poder de Luis Alvelais, y algunos poemas más no los hemos podido descifrar de alguna libreta tuya, además de los que se han perdido en servilletas; tu libro “Diurnos” que consta de más de cien poemas y en el que según Alvelais está lo mejor de tu obra yo lo tengo bastante incompleto-, con todo y tus interesantísimas y lúcidas disertaciones sobre la obra de Sor Juana, de Gabriela Mistral, de Aurora Reyes, de Margarita Paz Paredes, de Rosario Castellanos, con todo y tus premios nacionales de poesía y en especial, aquel segundo lugar que obtuviste en Campeche, porque el primero se lo llevó Carlos Pellicer por un pelito de cara de gato bodeguero, como te dice Luis, con todo y las discusiones que a continuo sostenemos sobre tu obra, que si es de esencia romántica con procedimientos modernos, que si las influencias de poetas sudamericanos, que si muchas más, con todo eso, tu maldito reloj, ese que te adelanta hasta a los cobradores en el desayuno, sigue descompuesto; descompuesto estaba desde aquella madrugada en que a instancias de Luis Alvelais llegamos hasta tu domicilio, entonces vivías en la Calzada de los Misterios, con tus hijitas, una de ellas inspiradora de tu libro “Diario para María Azahar” y con tu esposa, inspiradora del libro “Canciones para una sorda”, quien nos abrió la puerta con una cara de fatiga y de miedo para decirnos:

“Juan se está muriendo”.
¿Te acuerdas de esa vez, Juan?, esa madrugada inauguraba un aniversario más de tu nacimiento y tu reloj descompuesto te estaba adelantando la agonía. El etílico Luis dijo:
-Venimos a cantarle a mi amigo hoy que es su santo.
-Está muriendo –La esposa angustiada.
Entramos a tu recámara que olía a reloj descompuesto y ahí estabas, silencioso, con los ojos cerrados por una fiebre que te estaba incendiando la almohada, y las sábanas, y los pensamientos. En aquel cuarto asfixiante estábamos el fotógrafo Bernader o algo así, quien se dedicaba a soltar flashazos por todos lados, Federico Coronado (Lico Coronas) y Alejandro Ortega, hijo de la poetisa Lucrecia Magdalena, quienes sostenían de cada extremo una marimbita sin patas, sobre cuyo menesteroso teclado Gabriel Arreola se retorcía, como lo hacen los virtuosos marimbistas de Chiapas para tocarte “las Mañanitas” y “La Zandunga”, Luis Alvelais, quien acompañaba con su guitarra, y yo, quien a los pies de la cabecera repetía por enésima vez un viejo soneto de don Rodulfo Figueroa: “Cuando en la calma de la noche quieta, triste y doliente la Zandunga gime…” …y te empezaste a mover. Ah qué Juan, ya desde entonces sabíamos que te íbamos a soportar por los siglos de los siglos, con tu sonrisita irónica y tu voz de a medio morir: “más pendejadas…”

Pues con todas esas cosas, Juan, tu reloj te sigue caminando tan aprisa, tan aprisa… y tú, socarrón: “es algo efímero… y nosotros: levántate Juan, qué esperas, vamos a llegar tarde, tu recital está programado para las 19 horas en el Sindicato de maestros y son las 19:30, carajo que concha hermano, que impuntualidad la tuya. Y tú te empiezas a levantar lentamente, y después te diriges a la puerta más lento aún, y finalmente llegamos tarde, ya no hay nadie en el pequeño auditorio, y te enojas con nosotros porque nos atrevemos a llamarte la atención y nos gritas a Luis: Himmler, y a mí: alcahuete de Himmler; y a Adolfo, boxeador que boxea con las palabras, y a todos: punta de cabrones. Pero no hay tiempo que perder, hermano, no te pudimos conseguir la colchoneta que tanto nos pediste para quedarte en la REM acompañado por los hermanos cuadros y los hermanos ratones, tienes que llegar en punto a la plancha fría del Hospital General, a las 05:40 de la madrugada, acuérdate que es jueves seis de marzo y siquiera por esta vez hay que jugarle una mala pasada al maldito reloj. Ah qué Juan, a las 5:40 en punto. Si estuviera aquí Othón Villela te estaría diciendo: “hermano, hermanito del alma, carajo, cómo se te quiere” y te alisara el traje de verso maltratado que te pones a últimas fechas, como jugándole una broma a los que usabas con polainas bastón y patillas largas. Hoy, miércoles cinco, voy a soñar que te mueres y mañana, al mediodía te voy a ir a buscar a la REM y sólo voy a encontrar en la puerta próxima a caer un sencillo moño negro que puso por la mañana Adolfo Anguiano, y voy a entenderlo todo de golpe. Esta noche vas a arañar la puerta del sueño de Aurora Reyes, allá por el departamento que tenía en Balbuena y le vas a decir cuando ella se asome: “hermana, me vine a despedir de ti”. Ya me lo habías advertido unos cuantos días antes, durante el breve tiempo que viviste en el cuarto de servicio del departamento de Alvalais, por la Villa de Guadalupe, me lo advertiste cuando te fui ver y te encontré muy mal. Te vi como un cadáver que hablaba, que hablaba, sí, pero un cadáver al fin, con la piel verduzca. Tenías una pequeña botella de ginebra sobre la mesita y todo el piso vomitado, mediocubierto con papel periódico. Por los rincones esparcida la poca comida que te subía la esposa de Alvelais (Mechita), que tú aceptabas para luego en tu soledad rechazarla rotundamente y arrojarla a los rincones. Me contaste que la esposa de Alvelais se encontraba muy molesta porque estabas ahí. Delante de mí, abriste la botellita de ginebra y le diste un trago e inmediatamente lo arrojaste al piso desde el fondo de tu estómago vacío. ¿Por qué haces eso, te pregunté, si no has comido nada y tu estómago no acepta ya ni una gota más de de alcohol? Más pendejadas –me respondiste con tu mal humor magnificado- se te olvida que soy médico. Mi estómago no puede recibir ya nada de lo que le mande y si tomo un trago de ginebra aunque lo vomite, algo de calorías quedan en el interior. En eso estábamos cuando viste la muerte. “¿Qué tú no la ves a la muy cabrona, está ahí, vestida de verde, detrás de la puerta, además de güey, ciego, ¿Qué no la ves detrás de la puerta? Sólo está esperando que tú te vayas. Por cierto, ¿por qué no te largas? Yo no podía estar ni un segundo más ahí y te dejé entre los periódicos vomitados sobre el piso, tu botellita de ginebra sobre la sucia mesita y la muerte atrás de la puerta, vestida de verde. Llegaste a Balbuena, arañaste la puerta y te introdujiste en el sueño de Aurora Reyes, y le dijiste en la cercana lejanía, en la lejana cercanía, “hermana, me vine a despedir de ti”, Ahora te llevan al cementerio de Ixtapalapa, pero tu hermano Marco protesta porque asegura que él y el poeta Leonel Aguilar hicieron el trato para el panteón de San Isidro, hasta el otro extremo de la gran ciudad. Rectificamos el rumbo pero llegamos tarde –siempre el maldito reloj- y ya no quieren que entremos a sepultarte. Se arma un alboroto, ¿y qué quieren que hagamos con el cadáver? La tarde se empieza a poner parda, como si quisiera llorar. Con gruñidos nos permiten el acceso. Ya adentro hay una confusión con respecto a las fosas y finalmente resulta que ni fosa tienes. Los sepultureros nos conceden la gracia de que te enterremos en una fosa que originalmente estaba destinada a un niño; la diferencia sólo estriba en las dimensiones del pozo, tú eres un poeta. Los pocos amigos que te acompañamos vemos descender con gran dificultad el ataúd gris. Yo pienso, Ah que Juan, buena sombra. Vicente Magadaleno se encarga de la oración fúnebre y al concluir repite una frase que se dijo durante el entierro de Víctor Hugo: “Desde hoy la tierra pesa menos”.
Magdaleno nos despide de ti, hermano, y los árboles a lo lejos se doblan con el aire. Regresamos a la ciudad de México, pero tú no te quieres quedar solo en San Isidro y te cuelgas de nuestros hombros y te subes al coche y volvemos todos juntos… en silencio…

Variacione de Invierno - Prólogo a la antología con ese nombre publicada por RLM en 1977

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