Durante los sucesos del 68 el poeta Juan Bautista Villaseca escribió once estrujantes poemas sobre los dolorosos hechos. Me confieso responsable de que esos poemas se hayan perdido en medio del trajinar de aquellos difíciles días; culpable, por no haberlos recobrado de las manos de quien yo sabía que los tenía. Tan solo puedo responder por uno, de título Tristeza, el único que pude rescatar y que afortunadamente aparece ya en varias antologías de poesía sobre ese tema, como la de Miguel Aroche Parra o la de la Revista “Zurda” o en la revista “México en Guardia” o en la reciente antología de Damián-Ocampo-Zenteno, titulada “Epopeya del 68” y otras. De Villaseca sólo quedó ese poema y dos versos que recuerdo de otro: Hoy amaneció mi universidad/ con la alegría izada a media asta…
Por la época del 68 había un fotógrafo que nos acompañaba a todos lados, un tal Bernarder o Benardet o Bernaderdetie. Era inseparable de nosotros en nuestros recitales, en nuestros cocteles, en nuestros aquelarres bohemios, en nuestras conferencias, en nuestros agarrones internos. De todo sacaba fotos y lo teníamos como uno más de nosotros. Él fue el encargado de recoger los poemas que Villaseca escribió sobre el Movimiento del 68, Después, este fotógrafo desapareció para siempre de nuestras vidas. Y mucho después todavía, por ahí se corrió el rumor de que el tal Bernar… lo que sea, había sido un agente infiltrado entre los grupos literarios en ese entonces. Él se quedó con los once poemas, sólo pude recuperar uno, que es el que hasta la fecha anda circulando por ahí.
Por otra parte, yo coincidí con este grupo de poetas perseguidos por la marginación y los escasos medios económicos; pero también tenía contacto con otros grupos de escritores con los que me veía con frecuencia y sostenía compromisos; pero también eran fechas en las que me iniciaba plenamente en el periodismo profesional; pero también participaba al mismo tiempo, en organizaciones clandestinas de las llamadas izquierdas de aquel entonces; pero también tenía cierta actividad en el movimiento del 68, aunque fuera en lo planos estrictamente externos (asistencia a manifestaciones, recitales proselitistas, repartidor de propaganda, autor de poemas combativos, etc.; pero también, yo, que había vivido desde niño en la ciudad de México, me encontraba tendiendo mis primeros puentes con las instituciones culturales de mi tierra, Chiapas. Por todo ello no pude exigir categóricamente que los que se habían hecho cargo de la obra de Villaseca cumplieran con su obligación y no nada más la ocultaran, como lo hicieron, para sus posibles lectores.
Una vez ya pasado mucho tiempo de los sucesos que he relatado, me hablaron del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, concretamente de parte del equipo que labora en el Diccionario de Escritores Mexicanos encabezado por la Doctora Aurora M. Ocampo, para pedirme datos de este luminoso (y sombrío) poeta tan ignorado por todos gracias a la mala administración de su obra. Me hablaron sabiendo que yo era el único que podía proporcionar con lealtad, alguna pista sobre el poeta y su producción (lo que les había llegado a ellos era lo por mí publicado), basado yo en mi terquedad de no dejar que la infamia matara al poeta, en mi decisión de hacerlo permanecer vivo para las nuevas generaciones, contra viento y marea, contra los que lo habían traicionado y contra la cultura oficial también de sañas homicidas. Fue una muy agradable sorpresa para mí ese llamado. Una gran satisfacción.
Gracias a la doctora Ocampo, desde la edición del 2007, Juan Bautista Villaseca cuenta ya con una ficha en el Diccionario de Escritores Mexicanos Siglo XX (Nueve volúmenes) editado por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. No lograron matar a Villaseca ni los unos ni los otros. Y de eso me declaro culpable.
El egoísmo, la mezquindad, la mediocridad (el odio a las irradiaciones de su excelente trabajo, casi se podría asegurar) mantuvieron su obra secuestrada todos estos años. No se conocía más que lo publicado por mí en el libro “Variaciones de invierno”, Edit. Morada de paz. 1977. Ilustraciones de los pintores Mario Orozco Rivera y Leticia Ocharán, con apoyo en cuestiones de papel e imprenta del doctor Daniel Martínez Montes. Por esta publicación hicieron un gran escándalo en el Excélsior los que se creían dueños de la obra de Villaseca. Hasta se amenazó en el diario con que se me demandaría penalmente por haber publicado el poco material que poseía, sin su consentimiento). Sobre lo que llegué a publicar, con el paso de los años, trabajaron ensayísticamente algunos jóvenes poetas de talento como Jorge Solís Arenazas y otros, en revistas virtuales como México Volitivo y otras publicaciones impresas. Existe también una crónica de la maestra Ysabel Gracida sobre una supuesta conversación entre Villaseca y el poeta cubano José Lezama Lima, recogida en mi libro “Vuelo de tierra” (Ensayos), CONECULTA de Chiapas, 2008. Pero este texto fluctúa (literariamente hablando) entre la realidad y lo fantástico. Por cierto, ese mismo diálogo aparece en un poema en donde desarrollo mi teoría de los Poemurales, publicado, la primera vez, por la editorial Papeles Privados y la segunda, bajó el título de “Morada del colibrí” por el IPN. Este diálogo también lo reprodujo la revista El Búho de la Fundación René Avilés Fabila y como obra suelta se imprimió dentro de una colección de poesía contemporánea publicada por la editorial Claves Latinoamericanas que dirigía Raúl Macín.
Por fin, después de décadas de secuestro, la obra de Juan Bautista Villaseca, íntegra, ha sido entregada para su estudio y difusión a los poetas Arturo Jiménez y José Manuel Recillas, quienes en su aparición relativamente reciente, no tuvieron ningún vínculo ni con Villaseca ni con su mundo, pero estoy seguro que con su esfuerzo harán realidad lo que vaticiné en mi poema “Sancho a un poeta”: No temas poeta Villaseca,/ Juan Bautista de dolores,/ sólo los malos versos/ no caminan./ Hay los que tarde o temprano/ vuelan.