| "He escrito libros con preocupaciones sociales y otros con preocupaciones políticas y estéticas; de pronto me encuentro con que todo junto puede ser un cuerpo orgánico formado por todas las partes del dodecaedro". |
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¿Qué percibe el poeta López Moreno para nombrar el otro sentido del mundo?
La voz y la imagen multiplicadas del dodecaedro. Nefelibata lo pasea Darío, pero la raíz poderosa lo llama a tierra. En el transcurso es que empieza a ver y a contar lo que va viendo. Deletrea el dodecaedro convertido en los 400 cantos del cenzontle. Deletrea los 400 cantos convertidos en el dodecaedro. Deletrea y canta. Canta y cuenta. Cuenta y cuenta.
¿Cómo surgió en ti esa celebración de la escritura que es la poesía, homenaje lujurioso del verbo encarnado, como han escrito varios sobre tu palabra?
Chiapas es en el cosmos lo que una flor al viento, inicia en su clásico Enoch Cancino Casahonda. Nací en un milimétrico segmento de esa flor, pero aunque recibí de esa manera el primer impacto con el mundo, niño aun me trasladaron a la ciudad de México, a la colonia Portales. Ya venía perfectamente inoculado. ¿Mi tarjeta de identidad? La desleída receta contra el paludismo que por alguna causa sobrevivió a los años. Además, mi madre se encargó de dotarme de paisaje, encendió mi imaginación todo lo que pudo, y pudo mucho. Las márgenes del río de Churubusco, entonces aún río, aunque ya de aguas lastimadas, fueron mi Grijalva. Soñé mi tierra siempre hasta que fui a conocerla cuando mis ansias habían alcanzado la adolescencia, pero para entonces ya había escrito mis primeros poemas, ¿a quién?, a Chiapas. De alguna manera me había apropiado ya del ritmo y la palabra ardiendo; al mismo tiempo empezaba a convertirme para el mundo en deslumbrado chilangodante y eso, también me iba a dar su música.
¿Qué pretextos te ha insinuado la planicie chiapaneca para construir tu sinfonía de formas, voces y lenguaje?
Quizá esa respuesta se encuentra totalizada en un poema que escribí con admiración a un compositor sinfónico de mi tierra, Federico Álvarez del toro. El poema dice: Compás de cuatro cuartos: un sapo/ zapa la noche. Roza la hierba,/ la rosa hierve.
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¿A que suena la entraña mineral?,/ golpe de piedra tiene el destino después de su ábrara,/ partitura de la primera huella sobre el lodo./ Canta vegetal el peso de la iguana/ mientras el colibrí masculla/ su corazón de flauta en el zigzag de los aromas./ Saturno cuaternario inventa la primera noche:/ en la danza de la llama/ eco federico se propaga/ desde la anacruza de su signo./ Por la señal de la savia ardiendo,/ de la savia ceiba,/ de la savia viento,/ de la savia sabia./ Por la señal del sol sobre el pecho de la selva lagarta,/ mosca viva, gasa garza,/ aura áurea, danta giganta./ Do, río que quema y que se quema a soles. Sí, do. ¿Cuáles pretextos el periodismo? ¿Y tus viajes?
De andares andamos. Mis primeros zapatos formales en la ciudad de Huixtla don Nicolás Arciniega, foja 133 frente y vuelta y 134 frente. Eran unos zapatos de cinta tinta con copia al carbón y paso apenas por enterarse. Quizá fueron intuidos para entre brasas, pero intento trascendencia a los deméritos. Por asuntos del periodismo y algunas veces, no pocas, de la poesía, a estas alturas he estado en los rincones más inverosímiles del mundo. Poseo, por ejemplo, una plaquita de metal que constata el haber llegado yo, junto con el periodista Teodoro Rentería, hasta el punto más alto de la muralla China. También guardo en mi domicilio, en una pequeñísima urna de cristal, una chispita minúscula (los diminutivos están usados uno tras otro a propósito) una chispita ínfima de esa gran hoguera pétrea que es la Piedra de Huixtla. Se trata de una enorme piedra colocada por la naturaleza en forma vertical, como si una fuerza superior la hubiera puesto ahí, jugando con sus dimensiones, en la punta de uno de los cerros más altos de la Sierra del Soconusco y constituye uno de los símbolos de la región. Desde ahí la enorme piedra contempla en maravilloso acto prosopopéyico, la vegetación y el mar hablándose de tú a tú. La mínima chispa que poseo en la ciudad de México, me hace presumir que tengo la Piedra de Huixtla en Xochicalco. También ahí guardo las palpitaciones de las piedras de la muralla China.
Y entonces suceden cosas que se convierten en poemas. Una vez transitaba por uno de los pasillos del aeropuerto de Bangkok. Todo me era extraño: las personas, su fisonomía, sus vestimentas, la rara música que emitían los altavoces. |