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ENSAYOS SOBRE POLÍTICA Y CULTURA

LA POESÍA DEL TERREMOTO

...la ciudad desfallece
bajo el quinto sol,
no la castiga el agua,
ni el tigre,
ni la furia del viento,
ni tan siquiera el fuego ardiendo
en el plumaje sagrado
del crepúsculo,
sino el socavón
de sus entrañas...

Mirta Yáñez.

Cuando despertó estaba ahí, en la garganta del Diablo.
José Lezama Lima.

El centro cósmico del terror tiene peso y volumen; desde su espejo de obsidiana lanza el rayo de la muerte que penetra en la tierra y en la carne, su antigua fuerza se siembra en ellas, se rehace tierra y carne en sus hijos –continuamente renovados- en sus hijos que lo cumplen y lo echan a caminar sobre el valle, los hijos de Tezcatlipoca, los hijos del terror.

En el valle del miedo, desde las demás patrias que lo circundan y le dan forma y validez, todos somos víctimas y culpables, cargamos nuestros días con la culpa y su espanto y sabemos que el castigo es terrible siempre; desde el enojo del dador del fuego, del dios sañudo descendiendo a la milimétrica universalidad de nuestras células.

Primogénito en la tetralogía divina, espejo que humea, señor entre las ruinas, vestido de negro desde los designios de Ometecuhtli y Omecihuatl, en los asuntos del valle es la esencia que acecha desde el cielo, la tierra y el infierno, el omnipresente, el que pierde a su hermano Quetzalcoatl, el imbatible, el que prevalece aún, en las corrientes de nuestra suerte porque padre nuestro es, constructor de la astucia del mundo; entre ecos retorna y a él retornamos para hacer y ver nuestros días, y vivirlos, y temerlos.

Patrón de hechiceros y salteadores, el nombre de Tezcatlipoca, el invisible, sigue significando muerte y destrucción, porque en nuestro tejido histórico continúan vivas las antiguas fuerzas, la primera fe, con la sombra de sus dioses agazapada tras la adoración cristiana, fundando el equilibrio del sincretismo. Por eso el arte mestizo del escritor purépecha, cierra uno de sus ciclos con una corona de espinas en cuyo centro, en vez del rostro de Cristo irradia el redondo espejo de obsidiana, el espejo humeante, el disco lunar, el soplo de la noche, también rey del cielo y de la tierra.

Cuatro dioses hermanos nos dieron los puntos cardinales; los cuatro siguen en alguna forma entre nosotros y componen y ordenan la atmósfera del valle: Tezcatlipoca, el vestido de negro, el norte; Camaxtle, de rojo, el que nos dio el poniente; el tercer hermano, Quetzalcóatl, el señor de blanco, el oriente, y el señor azul, el que guió los pasos para la fundación, Huitzilopochtli, el colibrí zurdo, dictado de la voluntad, el sur.

Estas fuerzas forman aún parte de nuestra realidad, en gran medida nos siguen sujetando a los signos del cosmos, a nosotros, a los que procedemos de su destino de maíz y pedernal. Continuamos hijos de su fuerza; por tal, con su efectividad pretérita, el sol muerto, dios-tigre, escándalo bravo de guajolotes, rencor de gran cojo del universo, se desata vesánico puntual en nuestros presentes culpables.

Los dioses del principio están enojados con Tlatelolco, el centro de México. Siempre presentes se yerguen y cobran con la mano funesta de Tezcatlipoca. Tlatelolco se fundó en un islote cercano al que la voluntad primera había señalado para asiento de una cultura. Nació y creció en un islote diferente a aquel para el que la voz tutelar, desde sus ámbitos sagrados, había previsto un nopal y sobre él, el nudo magistral del cielo y la tierra, cielo y tierra trenzados, unión y lucha como símbolo para la edificación.

Tlatelolco –por diferencias políticas entre los primeros habitantes de la laguna de Texcoco, de México- fue construida en auto de desacato. Posteriormente, a la llegada de los españoles, en uno de sus altares de piedra se ofició la primera misa en honor del Dios de yeso -el traído de ultramar- mediante un complaciente permiso de Gobierno, antes de consumada la conquista. Quizá por ello Tlatelolco, tierra más que de casta guerrera, de casta de mercaderes, fue el lugar escogido para la estrepitosa caída, para escenario terrible que llenaría de pavor la visión de los vencidos. Tal parece que la sangre vertida en esa y otras épocas no hubiera sido bastante para saldar las afrentas. Los dioses del principio continúan enojados con Tlatelolco, el centro de México.

Odio de los poderes antiguos que produce en nuestros días muerte y desolación; desolación y muerte que para el pensamiento moderno derivan de la falta de una planeación adecuada, de un programa urbano acorde con las características del subsuelo, del desmedido crecimiento de una ciudad que fue fundada a partir de un islote señalado por la magia ancestral, en el centro de una enorme laguna y que al extenderse hizo sus cimientos sobre el fango, sobre lo que antes habían sido canales en los que transitaron embarcaciones guerreras y designios religiosos.

Inmoralidad y ambición desmedidas han permitido ese crecimiento inadecuado; se sabe bien porque bien se ha gritado hacia los cuatro puntos cardinales, porque en ello han insistido repetidas veces sociólogos y urbanistas, dirigentes sociales y los poetas y artistas independientes, los comprometidos con su realidad, los que no niegan los aspectos políticos a su obra porque han establecido un mayor compromiso con su tiempo que con la mezquina ambición de apartar un mínimo espacio en el Olimpo inmaculado temeroso de mancharse con las heridas de este cuerpo caminando que somos todos.

Cada necesidad crea su expresión: la necesidad de gritar, de reír, de llorar, de llamar a ladrones y criminales por su nombre; la necesidad de decir nuestra historia, nuestra responsabilidad en y hacia ella. Ahora, catarsis salomónica, estamos en el tiempo de gritar, el poema habrá de conjurar nuestra soledad contemporánea; es un grito que nace de las entrañas del hombre, que trasciende el polvo y el espanto y se eleva a violentar la armonía del cosmos, para que la eternidad se entere de la muerte, la angustia, el abandono de los hombres, para que sepa de la nuestra muerte, como un prólogo del puño que se alza y la voluntad que transforma.

¿Cómo decir derrumbe y discurso oficial en un mismo haz de palabras?, ¿escombros y renovación moral? ¿tragedia y mentira?; aquí es en donde el hombre tiene que recurrir a la espiral de la palabra poética...y recurre y ocurre entonces que entra a la historia viva de su tiempo. Cada letra es hija del cíclope, se multiplica y cada nueva extensión es un ojo que desentraña y una voz que golpea con la denuncia.

La ciudad, orgulloso monumento al concepto geométrico de la verticalidad, de pronto se desploma con estrépito, se derrumba con el pedazo de cielo del que estaba asido; entonces es necesario levantar la arquitectura del arte para (cuando la otra falla) levantarnos de los escombros, salvarnos. Si Tezcatlipoca, el Dios, está por la muerte, Nezahualcóyotl, el hombre, por la vida y con su palabra ejerce su conjuro.

En medio del caos la palabra se levanta, no se pida aliño en varios casos; lo estrujante de los acontecimientos no lo permitió. Se escribió con la misma violencia con la que se sacudió la tierra. Cada letra es hija directa del descomunal estremecimiento. A veces sí, el trabajo de filigrana (el arte reclamando la mano del oficio) pero en muchas otras la voz ruda, ronca, irritada, que tiene cosas que gritar, en la mayoría de los casos, un discurso haciendo equilibrio entre estas dos actitudes, y en estas dos aptitudes: la vida y la muerte.

La tradición del pensamiento nacional une dos fuerzas en su visión y relatoría del terremoto del 85; su posición ancestra acerca de la muerte y su protesta política. Hay esas dos expresiones profundas, muy nuestras en los testimonios de la tragedia; la poesía con el tema de la muerte –viejo tema mexicano- y la de convocaciones cívicas, también de larga presencia entre nosotros desde el verseado panfleto anticlerical hasta el torrente de poemas que se escribieron a raíz de la matanza del Dos de Octubre en Tlatelolco; todo esto navegado sobre una ancha corriente sanguínea en donde ensayaron la violencia del verbo los Gutiérrez Cruz, los Fernando Celada, sin omitir en la consideración, en vía paralela, el lirismo corridesco.

La poesía de compromiso social viene a constituir una forma de hipóstasis de esa sustancia política en la que los pueblos van determinando las secuelas de su desarrollo. Existen dos tipos de poetas en el centro de esta hoguera; el poeta leño y el poeta-resplandor. El primero se horizonta cuna del fuego, alimento de tal fuerza. Su versificación es directa, desprovista de complicados procedimientos metafóricos “poesía panfletaria”, suelen llamarle a su producto. Se duele de la situación social y por medio de su verso pretende incitar y sacudir la conciencia colectiva.

El segundo, es la irradiación, la expansión luminosa de la columna de fuego, desprendimiento y sustancia volátil de la verticalidad retorciéndose de la llama, la manifestación aérea de la sustancia. Es el poeta que sin necesidad de levantar el puño cerrado, penetra y se convierte en el espíritu de su tiempo.

Finalmente leño y resplandor se corresponden, llevando en el centro la verdad del fuego como eje que une inexorablemente a la materia con los territorios de su imagen. Así es como en México han descrito la condición del pueblo, empeños que van, por ejemplo, desde la tinta de un Fernando Celada (“Yo exorno los suplicios/ de los pueblos esclavos,/ alimento el ardor de los patricios/ y sacudo el acero de los bravos./ Rompo las ligaduras/ de todas las infames opresiones:/ soy la libertad...forjo armaduras/ y yelmos y cañones”) hasta la de Efraín Huerta (“Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,/ en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,/ estos hombres tatuados: ojos como diamantes,/ bruscas bocas de odio más insomnio,/ algunas rosas o azucenas en las manos/ y una desesperante ráfaga de sudor./ Son los que tienen en vez de corazón/ un perro enloquecido,/ o una simple mañana luminosa,/ o un frasco con saliva y alcohol...”).

En el recuento quedan inscritas actitudes que señalan la militancia de los poetas en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (Nicolás Guillén, durante su estancia en México, Efraín Huerta, Aurora Reyes, Bustos Cerecedo y tantos otros) trabajadores de la cultura que presididos por el compositor Silvestre Revueltas cruzaron el océano y colaboraron hombro con hombro, desde los ámbitos de la cultura, con el pueblo español en su lucha republicana contra la demencia nazi que había armado el brazo franquista, o bien su aglutinación en lo que fue el vanguardismo mexicano, representado por el grupo “Estridentista” (Maples Arce, List Arzubide, Salvador Gallardo, Arqueles Vela, Quintana y otros).

Poeta-leño o poeta-resplandor, dentro de las correspondencias de materia y espíritu, éste asume la escritura como una expresión de orden en el centro de un contexto previsto por el sicólogo Paul Goodman en este vaticinio: “el desorden aumentará, no necesariamente en forma explosiva, sino que asumirá las formas más interesantes de la erosión, los harapos, la desobediencia y la desintegración de las instituciones...” Leño y resplandor, los dos extremos de la columna de fuego transforman entonces la conciencia política y redactan el testimonio de su tiempo.

Cuando la grandiosidad griega, era la expresión espartana envolviendo a Tirteo en las lenguas de su propio fuego; Arquíloco era, arrojando al suelo el ostentoso escudo para tener la opción de volver al día siguiente, con un escudo nuevo y la vieja decisión frente al enemigo, con el acero y la palabra a filo pleno sobre campo de batalla. Desde entonces los poetas sembraban con himnos la tierra, con arengas el aire, con exitativas la imaginación de los hombres. Desde entonces la muerte ha sido vencida de continuo hasta nuestros días. Habla Lezama Lima: “Heidegger sostiene que el hombre es un ser para la muerte; todo poeta, sin embargo, crea la resurrección, entona ante la muerte un hurra victorioso. Y si alguno piensa que exagero, quedará preso de los desastres, del demonio y de los círculos infernales”.

El otro gran tema de la poesía mexicana que aquí convocamos es la muerte. En “El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana” Jaime Labastida asienta: “Ningún poeta lírico se enfrenta a la muerte como si fuera una entidad abstracta y difusa, sino como a la encarnación, súbitamente dolorosa, que el rostro descarnado de la muerte asume en un semejante (y si es una persona amada más semejante aún) o en la posibilidad de que nuestro mismo rostro llegue a ser una de las muecas de la muerte. Sólo en la poesía épica, como vemos a propósito de Homero en las palabras de Machado se habla de la muerte como algo extraño que el poeta simplemente contempla. En la poesía lírica, por el contrario, la muerte desgarra un objeto entrañable”. Si aceptamos en las palabras de Labastida que el modo concreto con que se manifiesta la muerte en la poesía es siempre un modo histórico determinado, la resurrección de la que habla Lezama Lima viene siendo entonces la sobre historia, curva de la espiral hacia la energía de lo inmortal, más allá de la historia, la suma inagotable de las historias.

En el terremoto del 85 los poetas se enfrentaron a la muerte pero abordando a ésta no como concepto de muerte sino como suceso de muerte, se enfrenta a la muerte a través de los muertos no de la idea de muerte, muerte específica, muerte de los muertos, de las vidas destruidas, de las construcciones que se derrumban. Aquí no hay filosofía de la muerte, aquí es la muerte en su volumen descarnado, repartida macabramente entre los escombros.

Ya en nuestra tradición poética habían convivido –en poemas cumbres- estas dos formas de tratar el magnum factum. La muerte de Acuña es una muerte filosófica, pero de una filosofía materialista en la que nada se crea ni se destruye, solamente cambia de forma; es una filosofía que parte directamente del cadáver horizontalizado, rígido, sobre la fría plancha, poema que fluye de ese material, objetivo hecho: Y bien: aquí estas ya... sobre la plancha/ donde el gran horizonte de la ciencia/ la extensión de sus límites ensancha./ Aquí donde derrama sus fulgores/ ese astro a cuya luz desaparece/ la distinción de esclavos y señores/ Aquí donde la fábula enmudece/ y la voz de los hechos se levanta/ y la superstición se desvanece.

Ese cadáver toma identidad, adquiere un nombre, se hace más concreto, adopta el rostro del ser querido, se hace cercanía cercanísima de nuestras venas y músculos diarios, copartícipe de nuestro minutero. El cadáver del mayor Sabines se desgarra dolorosamente de los días cotidianos, dolor materialmente brutal con el que el poeta despide el organismo inerte: Te enterramos ayer./ Ayer te enterramos./ Te echamos tierra ayer./ Quedaste en la tierra ayer./ Estás rodeado de tierra/ desde ayer./ Arriba y abajo y a los lados/ por tus pies y por tu cabeza/ está la tierra desde ayer./ Te metimos en la tierra/ te tapamos con tierra ayer./ Perteneces a la tierra/ desde ayer./ Ayer te enterramos/ en la tierra…

La otra cara de la muerte es traída a nosotros por Gorostiza; trasciende lo material, se convierte en reflexión profunda, filosofa y se levanta como uno de los poemas excelsos de la lengua española: no desemboca en sus entrañas mismas/ en el acre silencio de sus fuentes,/ entre un fulgor de soles emboscados,/ en donde nada es nada ni está,/ donde el sueño no duele,/ donde nada ni nadie, nunca, está muriendo/ y solo ya, sobre las grandes aguas,/ flota el Espíritu de Dios que gime/ como un llanto más llanto aún que el llanto, como si herido –ay, El también!- por un cabello/ por el ojo en almendra de esa muerte/ que emana de su boca,/ hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta...

El poema ya no nace de la entraña directa del cadáver, ahora es concepto, elabora una idea de la muerte, hace abstracción de la rotundez del hecho; pero esta abstracción flota en un ambiente, pisa sobre una geografía, nace de una cultura; entonces el poema y la muerte que el poema toca se vuelven profundamente mexicanos en el verso de Aurora Reyes. “La máscara desnuda” (Danza Mexicana en Cinco Tiempos) se convierte en la visión mexicana de la muerte: Apareces de golpe dentro de mí, dorada/ por un oro manchado de musgo verdinegro./ Ola petrificada del árbol de la vida/ creciendo y apretando la sal del esqueleto./ En lo más entrañable de mi ser ejecutas/ las invisibles líneas del rostro verdadero,/ entregando al proyecto sin límite del polvo/ las columnas del vuelo./ ¡Qué perfecta y antigua simetría, que congelada actividad te anuncia,/ que inerte dimensión te identifica!/ Comprendo la serpiente vertebral de la danza/ prisionera en el eje de su reino vacío,/ la angustia del compacto poder con que se anuda/ a su tallo, la ausencia dura del equilibrio./ He tocado los altos escalones de niebla/ que presiden la noche de tu templo iracundo,/ he escuchado el molino que mastica el silencio/ que es como alimentarse la muerte de sí misma, he alcanzado tu frente coronada de cráneos/ bajo el signo desierto de un abrazo de piedra./ Veo tu dentadura, tu mordedura fácil:/ la máscara desnuda de una risa de huesos...

Sino y signo de luz es la poesía. La muerte esta nombrada por el poeta. Nombrar es descubrir, es tocar con la fuerza que desarticula al misterio, es conjurarlo... y en ello radica la resurrección de Lezama Lima. El poeta nombra la muerte (sino y signo de luz es la poesía) y la vida vuelve a ponerse en pie.

Por otra parte, la muerte cristiana y la muerte mexicana coinciden en cuanto que no son muertes totales; son, tránsito hacia otra vida, hacia el Tlallocan en el pensamiento de los mexicanos, un sitio cubierto de flores y bonanzas ganadas por el que había sostenido el heroísmo de la vida en la tierra; hacia la gloria o el infierno, en el dogma cristiano. Sin embargo, no obstante la doble tradición de nuestro pensamiento colectivo, los poemas escritos a raíz de la tragedia del 85, son terriblemente dolorosos porque enfocan la muerte en su primera fase, la de la muerte-muerte, en el momento mismo de la destrucción, de la soledad, del infortunio, de la impotencia, de la desesperanza.

Quizá en medio de tanto dolor un acercamiento a la segunda fase, la de la muerte hacia la vida, sea la rabia gritada en muchos de estos poemas. La conciencia de que el pueblo ha sido víctima no de la naturaleza, sino de la irresponsabilidad oficial, de la inmoralidad de los funcionarios, de la desvergüenza de los políticos en suma, de la venalidad asesina de quienes detentan el poder económico y político del país.

Hay dolor y hay rabia en estos poemas y así, en una nueva etapa de la gran espiral, como producto del dolor inconmensurable y el innombrable enojo, se vuelven a hacer presentes en nuestra poesía la muerte y la rebeldía cívica que habían venido caminando sobre rieles paralelos, mientras sobrevive un pueblo en el centro de un colapso continuamente renovado, preso en la sortija de su mano: “natura dececit, fortuna mutatos, deus omnia cervit”.

Los dioses del principio están enojados con Tlatelolco, el centro de México. El dos de octubre del 68 y el temblor de septiembre del 85, tienen su centro principal en Tlatelolco, historia sangrienta que revive en nuestros días visiones terribles del principio. En el dos de octubre y en el 25 de septiembre se sacude Tlatelolco; después ese sacudimiento se extiende al resto de la ciudad con su estela de muerte y abraza el país y trasciende las fronteras y sacude al mundo en el que deja impresos los terribles signos del tiempo mexicano.

Ahí, en la escritura del mundo están los dos desastres, los dos cataclismos que estremecieron la conciencia colectiva. En el primero, el grueso de la población se inhibió ante la acción castrense, temió que la sola reconsideración de los hechos provocara el acto total, definitivo del importunado Huitzilopochtli. En el segundo, no había un responsable armado directo; los designios teogónicos habían dejado caer toda responsabilidad a la in-culpable naturaleza. Esta vez, el pueblo no tenía un enemigo armado capaz de exterminarlo –aunque después se vió que sí, en la acción de quienes impidieron al pueblo labores de rescate- entonces ese pueblo salió a la calle y se manifestó, con toda su energía, en contra del infortunio.

El pueblo salió a la calle a ayudar al pueblo hasta donde le fue permitido. En medio del descomunal sufrimiento (la ciudad estaba abatida, zonas enteras habían rodado sobre el piso) en medio del doble cataclismo, el urbano y el moral, junto con el pueblo, se levantó poderosa, conjuradora, pueblo al fin, la voz de los poetas.

El primer testimonio literario que se conoció fue un corrido, firmado por Miguel Angel Mendoza, hijo del investigador musical Vicente T. Mendoza, impreso por Arsacio Vanegas Arroyo, con dos grabados originales de José Guadalupe Posada, hoja volante como en sus buenos tiempos las hizo cuando el porfirismo don Antonio, abuelo de este Arsacio que instruyó a Fidel Castro en las artes de la defensa personal allá por la Sierra de Guadalupe, al norte de la ciudad. Una vez más los dos Méxicos: “En septiembre diecinueve/ Del año de ochenta y cinco/ La ciudad se despertaba/ Cuando la tierra dio un brinco”. Una vez más los dos Méxicos dándose la mano: “La tierra, justa y terrible,/ Enojada decidió:/ ¡Caiga todo lo construido/ En años de corrupción!/ Edificios del gobierno,/ Hoteles y hasta hospitales/ Se hundieron hasta el averno/ en sacudidas brutales”. Una vez más los dos Méxicos dándose la mano en la tragedia: “Ya con esta me despido/ para que no haya alboroto/ aquí se acaba el corrido/ del mentado terremoto”. Una vez más.

A varios días de deambular las familias capitalinas entre ruinas, apareció una publicación impresa con poemas sobre la muerte. Se trataba de un pequeño cuaderno con la poesía oficial, es decir la que acepta y difunde el Estado desde sus organismos culturales, poesía de poetas consagrados, como si ellos fueran el principio y el final del quehacer poético de un pueblo. ¡Cuánta falta de imaginación de quienes así proceden! ¡Cuánto servilismo con el estatus literario y desamor y desprecio a la creatividad de un pueblo caracterizado por su sensibilidad artística!

El terremoto sacó a flote muchas cosas subyacentes, entre ellas, que la poesía no radica únicamente en la creatividad de las cinco o seis plumas de siempre o siete o diez o quince; que su ámbito es más amplio, pero que desgraciadamente también está infiltrado por la manipulación, como las demás manifestaciones de nuestra vida nacional.

Al cumplirse tres años del trágico suceso, empecé a recoger el testimonio vivo de esos momentos de pesar, relatado por nuestros poetas, los consagrados y los que apenas son conocidos por pequeños grupos de lectores, pero que estuvieron ahí, como testigos y relatores del desastre y que desde ese momento estaban reclamando su derecho a la expresión y a asentar con su verso su versión de los hechos. Aquí, ellos también, junto con los otros, tienen la palabra.

Esta exposición se inicia con Aurora Reyes. Hay dos razones poderosas para que así sea. Reyes es una de la altas voces del México contemporáneo. Su doble energía creativa se resuelve en la pintura (fue compañera de Diego y de Siqueiros, de Fermín, la primera muralista mexicana) y en la poesía, en la que se establece con un poderoso lenguaje en donde están presentes, siempre, acentos y signos prehispánicos. Sin embargo este alto pensamiento nuestro ha sido relegado al casi anonimato en un atentado continuo en contra de nuestras más leales expresiones.

La segunda razón tiene que ver directamente con el binomio integrado por la fuerza literaria y una temática formada en los estremecimientos de la tierra, en lo más profundo de su y nuestra entraña. Aurora Reyes no alcanzó a ser testigo del terremoto del 85; ella había fallecido cinco meses antes; ya no vivió este dolor –nuevo dolor en el costado de su patria- pero su poesía, siempre telúrica, agarrada a veinte uñas a la verdad de la tierra, tuvo en muchas de sus páginas una gran carga premonitoria.

Tierra y colibrí, Aurora venía de todas las raíces y de todos los terremotos; nadie mejor que ella para iniciar esta historia en donde los poetas hablan de esta tierra que los alza, los derrumba y los vuelve a levantar. Punto de partida sólido, punta de pedernal, puño de poesía forjada con la arcilla y la amarga dulzura de la tierra que nos ha hecho.

El inicio del relato poético no partía de la nada; nuestra visión ya contaba con el verbo de uno de los poetas mayores de nuestro tiempo, Octavio Paz, y la palabra de otra sólida escritora contemporánea, Enriqueta Ochoa, quien en asombroso acto de premonición escribió su poema “Desastre”. El orden de estos tres poderes queda establecido en la siguiente forma: Aurora Reyes, el caso de una sola inteligencia que fusiona la visión prehispánica con la demanda política, alta, gallarda, de pedernal obrero, traza recios rasgos sobre el planeta y nos dibuja y nos da una patria; el verso de Octavio Paz coloca sobre esa patria una ciudad y Enriqueta Ochoa, sobre esa ciudad, la desgracia. A partir de este momento de la palabra, los poetas del terremoto, inician el tremante relato de los hechos.

A las 48 horas del segundo sacudimiento, cuando el terror no se desvanecía aún en los rostros de los capitalinos, tuve en mis manos el poema de largo aliento acerca de los terribles sucesos: “Ciudad de México, 1985” de Rodolfo Mier Tonché, poeta que participó intensamente en las labores de rescate y que encabezó la creación de una cooperativa de inquilinos en un edificio de las calles de Aguascalientes, en la Colonia Roma, uno de los lugares más azotados por el infortunio.

Los periódicos y las revistas fueron tribunas para las voces que exigían conductos de expresión. Así la revista Proceso, publicó un extenso poema de José Emilio Pacheco, que se inicia con un epígrafe de Job y otro de Luis G. Urbina tomado de un poema de éste que lleva por título “Elegía del retorno”, la publicación apareció en Marzo del 86, y consta de 17 partes. En su numero del primer trimestre del mismo año, la revista “Zurda” publicó los poemas de Roberto López Moreno, Mónica Mansour, María del Carmen Merodio, José Ramón Enríquez, Margarita León, Miguel Angel Guzmán y algunas letras de corridos y canciones con el mismo tema: Qué te cuento,/ que la bárbara ciudad recibió un tajo,/ una lanza desde el centro del planeta,/ disparada al corazón desde algún ritmo/ por la furia de un guerrero siempre oculto. A Rockdrigo, de Guillermo Briceño. Al regente citadino/ la boca no le paraba,/ ya nos andaba corriendo/ de nuestra tierra adorada;/ el temblor le vino grande,/ ya nomás tartamudeaba”. Coplas telúricas, Rafael Mendoza y Miguel Angel Díaz. Año de mil novecientos/ ochenta y cinco cumplido,/ la tierra se vino a menos/ como cobrando un castigo./ Perdió sus calles el viento,/ perdió la alondra su abrigo,/ sobre el corazón moreno/ se nos vino el cataclismo”. Corrido de Septiembre, Roberto López Moreno. Minuto y medio duró el temblor/ y en ese lapso de negro asombro/ jiles quedaron, y era un horror/ oír los gritos, ver el dolor/ tan descarnado que aún hoy me pesa,/ luego la ayuda, tanta nobleza/ en esto minutos se ve de plano/ qué grande y frágil es el humano/ frente a la madre naturaleza. Frente a la madre naturaleza. Guillermo Velásquez. En las plazas públicas, en auditorios sindicales, en actividades callejeras el poema alusivo tomó espacio en las voces de poetas como Rodolfo Mier Tonché, José Ramón Enríquez, David Huerta, López Moreno y otros muchos.

Al cumplirse la primera semana de octubre el diario Excélsior publicó Tenochtitlan de Francesca Gargallo; el 11 de octubre Poema 19 de Eduardo Feher; el día 16 una parte de Terremoto de Marcela del Río, valiente poema en donde se encuentran versos como: Harta de paliativos/ de mentiras piadosas/ del dedazo/ de farsas de un casino / donde lo que se juega/ es la vida de un pueblo/ yo poeta/ te acuso: gobernante… el primero de noviembre Escep (oé) tico de Adolfo Mejía y días después, otra parte del poema de Marcela del Río.

Para el cinco de noviembre el mismo diario publicó Un poema, un dolor, de Ethel Krauze; ya antes la autora había hecho entrega de otra pieza titulada Con el número nueve, que señalaba el turno que le correspondió dentro de la colección presentada por los integrantes del taller de poesía entonces a su cargo.

El ocho de noviembre se publicó Crónica nahuatl de Laura Bolaños; el primero de diciembre: La ciudad inocente de Thelma Nava, esto dentro del suplemento cultural El Búho. Días más tarde, de nuevo en la sección cultural fue publicado el soneto Costurera de Jorge Mansilla Torres y la Historia de un desenlace de Oscar de la Borbolla. Todos estos poemas ayudaron a dibujar desde diferentes ángulos el cuadro emocional que prevalecía en la población tan aterida, tan sola (como siempre). En el periódico La Jornada apareció el breve poema de Homero Aridjis: Tiembla en México y se mueven los siglos.

Entre diciembre de 1985 y enero del 86, la revista Nexos reprodujo en sus páginas correspondientes a los números 96 y 97, poemas de Silvia Tomasa Rivera, Ricardo Castillo, José Joaquín Blanco, Kyra Galván, Ricardo Yáñez, Hermann Bellinghausen, Jaime Reyes, José Luis Rivas, Luis Miguel Aguilar, Roberto Diego Ortega y Rafael Torres Sánchez.

Respecto a estos poemas es de citar que aunque varios de ellos no se refieren estrictamente al Terremoto, como en el caso de Rimado matutino de José Joaquín Blanco, Recibo tu aliento de Jaime Reyes y otros, fueron publicados dentro de la misma tensión, y en todo caso, representan momentos muy vivos del devenir citadino, ese que fue violentado tan brutalmente el 19 de septiembre.

Acerca de los libros de poemas que se publicaron con el tema específico citaré: Del 19 de septiembre al 12 de diciembre (Tlatelolco y otros poemas) de Editorial Jus.

Entre cantos y cientos, miles, de veladoras encendidas en los jardines que se encuentran frente a lo que había sido el Multifamiliar Juárez (el cual se desplomó casi íntegro), por un lado y el Centro Médico del Seguro Social por el otro, en la “Ofrenda de muertos” que el pueblo organizó, leyeron piezas sobre el tema los poetas Sergio Armando Gómez y Alejando Zenteno, junto con Rodolfo Mier Tonché, José Ramón Enríquez, Roberto López Moreno, David Huerta y muchos más porque ese fue uno de los sitios en los que el infortunio se ensañó con mayor crudeza.- Otras ceremonias semejantes se llevaron a cabo, también durante esa noche, en Tlatelolco, Tepito y la Plaza de la Constitución.

Ya era enero de 1986. Los trabajadores del Museo de Antropología organizaron una exposición fotográfica y de poemas en el vestíbulo del edificio, en el Bosque de Chapultepec, ahí participaron con sus poemas, entre otros, Sergio Armando Gómez, Himbert Ocampo, Mario Ramírez, Alfredo Cardona Peña y Adriana Merino.

Entre la población circularon también poemas de escritores de otros países latinoamericanos. Si me preguntan de qué tengo miedo, les diré: que se me olvide, es un extenso poema del ecuatoriano Fernando Nieto Cadena. Este escritor vive entre nosotros desde hace mucho tiempo y forma parte activa de nuestra cultura. Otro poema, Profecía de los antiguos, procedía de la pluma de Mirta Yáñez, fue escrito, durante la primera visita que hizo Mirta a nuestro país. La escritura de este poema surgió de la viva impresión que causó en su autora, ver los espacios, los enormes huecos en donde estuvieron situados grandes edificios conocidos por ella a través de tarjetas postales. Ahora sólo estaba el vacío y en muchos casos, las ruinas que aún no eran removidas (ya era 1987).

En conmemoración de aquellos días de exquisiteces irritantes, por un lado, pero también de pueblo y poesías en las calles, en septiembre de 1987 la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre (UVyD-19) montó la exposición fotográfica, El terremoto de 1985, en homenaje a Herón Alemán. Esto fue en la galería Frida Kahlo de la propia UVyD y en la parte posterior de la invitación apareció un texto de Ignacio Betancourt: "pienso en la gente aguantando la muerte de sus semejantes, aguantando la caída de las casas, aguantando la caída del día, la caída de Dios, la caída".

Sin esperar la aquiescencia de las autoridades, totalmente desbordadas por la acción popular debido a su incapacidad, actores, poetas, músicos, después de realizar labores de rescate se dirigían a los diferentes albergues repartidos en la ciudad, lugares habitados por la angustia, repletos con damnificados llenos de zozobra y miedo y actuaban para aquellos que en unos cuantos segundos se habían quedado sin casa, sin pertenencias, sin seres queridos, puestos en el principio de un futuro incierto. Ahí estuvieron Julia Alfonzo, Susana Alexander, los grupos de danza Barro Rojo y Contradanza, el grupo de teatro Zopilote, León Chávez Texeiro y tantos otros.

La oficialidad comprendió que había perdido terreno ante la opinión pública (así visualiza los hechos) y para 1987 organiza un concurso literario convocado por el Partido Revolucionario Institucional bajo el título de “El pueblo como protagonista en el sismo y la reconstrucción”, y al seno mismo de lo oficial acudieron de nuevo los poetas a dictar su lección de integridad.

Los trabajos que ocuparon el primero y tercer lugar en dicho concurso fueron: La ira de Coaticlue de Luis Avelais Pozos y Poderío de Tenochtitlán, del poeta mexicano-guatemalteco Otto Raúl González. Los dos poemas recurren a simbologías precortesianas, como una ofrenda de vida a los dioses enojados con México.

Dentro de esta dinámica de dolor y denuncia circularon trabajos provenientes de las más variadas voces como las de José Tlatelpas, Lourdes Sánchez, Becky Rubinstein, Mariángeles Comesaña (en la poesía de esta escritora el terremoto es tocado como un suceso más dentro de una visión general de las vicisitudes por las que atraviesa en su cotidianidad la gran urbe) y Enrique González Rojo, el gran poeta de siempre, de verbo fresco, de juvenil torrente que corresponde íntegramente a su posición marxista.

Cada uno de estos poemas por ser relato verídico es iracundia, por ser testimonio vivo es denuncia, terrible denuncia en la que nos leerá y se leerá el ahora futuro mexicano. Los poemas se salen de la voz íntima del poeta para convertirse en la voz de todos, en la voz desgarrada de la tragedia, en la expresión de la colectividad lastimada. Contra la conformidad ante el fatalismo, la respuesta del arte como un acto de solidaridad real. Lo que se escribió entonces, una vez reunido en el lector, es una prueba, un documento para los que habrán de cambiar el rumbo de tan malhadada historia. Aquí hay una distancia entre la tierra y la palabra que se acorta a su mínima expresión. Es el conjuro. Es la resurrección de Lezama y a través del verso se rompe la sortija de Adriano. Aquí y cuando el terremoto, decir Dios fue decir muerte. La retórica de Persio dio la frase con la que se define el pensamiento de Lucrecio, el poeta y de Epicuro, el filósofo: “De nada, nada”, entonces, todo es vida…

*Este texto fue escrito como prólogo del que sería bajo el título de Polvo en pie un recuento de poemas escritos sobre el Terremoto. En ese entonces el autor de la recopilación laboraba en el periódico El Día Internacional, semanario de gran peso no sólo en México sino en el resto del continente. Esto provocaba celos insalvables en algunos directivos del diario El Día. La directora del periódico, Socorro Díaz, dio la orden de que el libro se publicara en la editora perteneciente al diario. Lamentablemente, en ese tiempo, a la señora Díaz la llamaron para ocupar un puesto político. La dirección del periódico la ocupó entonces el que fungía como subdirector. El terrible enojo que les producía internamente la existencia del semanario alcanzó entonces el grado máximo del encono. Como resultado, a los pocos meses desapareció El Día Internacional y el libro no sólo fue eliminado del programa de publicaciones sino que llegaron hasta el extremo de perder el material que lo integraba. Del proyecto POLVO EN PIE sólo se salvó el texto aquí reproducido. RLM.

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