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ENSAYOS SOBRE POLÍTICA Y CULTURA

ES LA SAÑA DEL NEOLIBERALISMO: ... Y NO ES FANTASMA EL QUE RECORRE LOS CAMPOS DEL MUNDO

Sí.
No queda otro camino que volver a intentarlo.

En medio de la alharaca de teóricos profundamente reaccionarios envalentonados como nunca, regocijados en pretensiones que subrayan a cada paso aquello del fin de la historia, de la clausura de las ideologías; entre el rebumbio triunfal de estos teóricos que en su momento fueron una y muchas y siempre veces derrotados en el debate, por su falta de sustento histórico, pero que ahora, en los giros de la moda, se vienen sirviendo con la cuchara grande frente a la confusión que provocó en los pensadores serios la caída de la Unión Soviética; frente a la ausencia de éstos en las mesas redondas, en los coloquios y seminarios, en los medios impresos y electrónicos mientras se restablecen de la confusión producida por el descomunal golpe; en medio de la danza macabra de los supuestos enterradores del socialismo, se encuentra en pie, viva como nunca, la miseria y la desesperación de los pueblos sometidos a la saña brutal de la economía y la política neoliberales.

Ahora, a esos teóricos reaccionarios (que resultaron ser muchos), el supuesto triunfo del capitalismo neoliberal les da la razón, y no se puede menos que pensar, ante el desamparo y el abandono en el que "viven" millones de seres, que el triunfo que están gozando es el de la sinrazón, triste triunfo entonces que rescata prestigios o caprichos personales, retorcimientos del intelecto, bandolerismos insertos en los esquemas del raciocinio; triste triunfo de teorías que convalidan el despojo, el bestial sistema de las economías de mercado, el elemental principio de la ley del más fuerte. Y hay reflexiones aparentemente honestas que legitiman todo esto, desde la filosofía, desde algunos aspectos de las ciencias políticas y sociales convertidos en tapaderas del oportunismo y la ambición.

¿Quiénes son los triunfadores en la algarabía referida? ¿Los "trusts" industriales? ¿Los monopolios comerciales? ¿Los grandes capitales y la especulación en torno? ¿Los banqueros ubicados en el ansia de la usura? ¿Los poíticos improductivos, aliados perennes de todo lo anterior? ¿El alto clero puesto a bendecirlos a todos juntos? Finalmente lo que ellos y sus teóricos llaman el fracaso del socialismo no viene siendo más que la derrota del hombre. Es la humanidad la que está perdiendo; el capítulo que vivimos es el de la historia violentada en el tronco de su desarrollo.
Se pueden emborronar kilos de papel, desperdiciarse litros de tinta, empeñar la saliva en disquisiciones interminables, pero ni los epinicios de la mentida victoria ni nada de eso, podrán borrar de la faz terrestre esa enorme mancha que crece y crece sin que nada la pueda detener, esa mancha que es la pobreza, mancha que en su avanzar incontenible terminará copando a todos, y en esta totalidad obviamente quedan incluidos los grandes hambreadores internacionales y sus secuaces nativos, carentes de sentimientos humanistas y del más elemental concepto de nacionalidad.

Y comerás democracia

Desde mucho antes sabíamos, lo seguimos sabiendo por encima de la matraca y el redoblante, que -hay una lógica elemental que así lo grita- la propuesta capitalista finalmente no tiene salida y que en las garras de la deshumanización tarde o temprano perecerán los despojados y los despojadores, a menos que la fuerza de los pueblos haga cambiar, para que nos podamos salvar todos, el rumbo de la historia.

El neoliberalismo que desgarra en estos momentos nuestra realidad con una ferocidad inconcebible, y sus teóricos que justifican las acciones depredadoras desde su defensa en abstracto de la democracia, cuando mucho podrán tener la vida del parásito, que se multiplica en el organismo hasta que lo mata. "Una vez muerto el perro se acabó la rabia" establece la sentencia popular; una vez que el cuerpo social pereciera, ¿cuál sería el destino del virus que le ha minado?.

Los teóricos de este cuento hablan de la derrota del socialismo y se solazan en ello, pero ¿de qué forma sus teorías podrían convencer de su "bondad" a millones de seres que en estos momentos están siendo despojados de sus más elementales derechos por parte del neoliberalismo rapaz? ¿Cómo se les podría decir a los desheredados de Centro América, de Africa, de Asia, de los olvidados pueblos y villorrios mexicanos, que no tiene caso pensar en ninguna defensa de sus vidas, que esto es cuestión del "destino", que a esos millones de hombres les tocó el destino de no aspirar a ningún tipo de esperanza?.

Que vayan los teóricos reaccionarios que en estos momentos están felices por la derrota del "socialismo real" a decirle a la gente que cada día deja pedazos de vida en las minas, en los interiores de las fábricas en donde se la pasa rascando un sueldo de miseria, en las salas de redacción de los periódicos en donde se defienden las causas de otros mientras se pierden las propias, en los cañaverales, en los arrozales, en los surcos trazados con los procedimientos más remotos, en las interminables jornadas de sol a sol, que ya no hay esperanza para ellos, que las cosas así son, que si acaso la única esperanza es el capitalismo, ese que los mantiene hasta ahora entre la vida y mayormente la muerte, un capitalismo que arranca la existencia a pedazos pero que ofrece a cambio la "panacea" de la democracia.

Nada más que nadie se atreve a decir que cuando existen desniveles económicos tan grandes, como los que el neoliberalismo propicia, cuando los índices ya no de la pobreza sino de la miseria son tan altos en las naciones no industrializadas, que cuando el sistema implantado enriquece cada vez más a un puñado de "elegidos" mientras a la enorme mayoría le arrebata el pan de la boca, y a muchos de sus miembros los reduce al desempleo o a la mazmorra, no puede haber democracia posible, que se está hablando de una falacia.

El rostro frente al espejo

Que expliquen esos teóricos que la caída del bloque socialista, de la que tanto se regocijan, si fue por corrupción o por exceso de burocratismo o por planeaciones erróneas de la economía, si fue por cualquiera de esas causas, se debió entonces a que fue un sistema que no pudo erradicar los vicios del capitalismo, que no se debiera hablar del socialismo derrotado sino del triunfo renovado de un ya por todos conocido enemigo de la humanidad.

Si en el organismo que se desplomó venció la corrupción entonces no había un socialismo real sino la subsistencia de una vieja práctica del capitalismo; si lo que ocasionó la caída fue un exceso de burocratismo, entonces ahí no había un socialismo real, sino una vieja práctica del capitalismo. Entonces la derrota del intento hecho por la Unión Soviética debería llenarnos de funestas certezas porque significa que ese intento no pudo extirpar los tentáculos del viejo pulpo, que los malos signos prevalecieron, que desde adentro el capitalismo triunfó una vez más y que una vez más perdió el hombre.

Pero habría que explicarle también a la gente que el nuevo sistema, que el intento de una nueva experiencia social, se tuvo que enfrentar con sus propios recursos -al fin se decía que era el Estado de los trabajadores y era el patrimonio de éstos el que se usaba para los diferentes aspectos del proyecto- a una poderosa comunidad de Estados decadentes pero con una gran fuerza económica aún, que procede de la explotación que han hecho de los pueblos débiles a lo largo de la historia.

Antes del regocijo se debiera explicar que hubo todo un bloque -el llamado "bloque occidental"- que presionó para evitar el desarrollo del nuevo intento, que en esas condiciones se comprenden las deformaciones internas que pudieran haber; si no se permite el desarrollo sano de un organismo, algunas partes de éste terminan atrofiándose con lo que se propicia de nuevo el triunfo de la vieja enfermedad.

Habría que mencionar que sobre el esfuerzo de un pueblo recayó la obligada carrera armamentista, hecho que algunos intelectuales honestos le criticaron acremente a la Unión Soviética, pero también es fácil imaginar que sin una defensa poderosa la URSS hubiera sido engullida aún más rápidamente, existen muchos ejemplos que nos han dado los poderosos países capitalistas en el mundo.

Tanto la carrera armamentista como la carrera espacial, recayeron, pues, en los hombros del pueblo soviético, en una competencia desleal impuesta por Occidente, porque los países capitalistas, además de explotar a sus propios pueblos han contado siempre con los beneficios del saqueo continuo que perpetran desde hace siglos contra las naciones débiles a las que han llevado el sistema de la esclavitud desde sus expresiones primarias hasta las formas más sofisticadas que se manejan en la actualidad.

Prosigan los del júbilo, sólo que la pobreza golpea, y fuerte, díganlo si no miles de familias que viven dentro de la desesperanza del Tercer Mundo, en donde parte de las principales víctimas son los niños, los que nacieron con el destino del terror en vez del de la ternura.

La Ley de Herodes

Un periódico mexicano publicó en sus páginas que en México mueren 100 mil niños al año víctimas de la miseria agudizadora de males que podrían prevenirse. En esa nota periodística la directora general de Atención Materno-Infantil, de importante institución de salud, Yolanda Sentíes, hacía hincapié en que el 25 por ciento de los decesos entre infantes menores de cinco años responde a persistentes cuadros de desnutrición.

De alguna manera, con las diferencias que imponen las propias características nacionales, esta es una breve ventana a una realidad campeante en la extensión latinoamericana y en la de países de otros continentes que pertenecen igualmente a ese Sur explotado por las grandes potencias, en donde la población infantil es una de las partes más vulnerables en el largo cuerpo de la injusticia.

En la terrible visión suman espanto la venta y el asesinato de niños, su convertibilidad en objetos para utilizar algunas partes de su organismo, su fácil acceso al mundo de la drogadicción y de la prostitución, su natural fragilidad ante la violencia de los adultos, su infinita y fatal miseria y las muchas formas de muerte que ésta facilita.

Ante situaciones tan dramáticas ¿que están haciendo los gobiernos en el mundo? El desamparo que de la pobreza deviene anula defensas a los marginados y así el Tercer Mundo se extiende sobre los mapas de la más cabal desigualdad.

Un mínimo acercamiento a este problema subraya una vez más la tragedia que viven , por ejemplo, los niños de Brasil, asesinados en la vía pública por escuadrones de la muerte formados por cuerpos parapolicíacos, la que viven los niños de Guatemala, los de Perú o Colombia. Por otro lado, ¿cuál pudiera ser el contraste que el problema presenta en sociedades como la cubana, sociedad ésta tan asediada, sobre todo a últimas fechas, por quienes hablan de los derechos humanos, recargados sobre el empañado escaparate del neoliberalismo?.

Dentro de este concierto de inquietudes bueno es echar también una breve mirada al mundo de los niños dentro del pensamiento indígena; ver cuál es la valoración que este pensamiento tiene de sus niños y comprender mayormente lo que les sigue arrebatando la "civilización" occidental, empeñada en un homicidio masivo que tiene como una de sus principales víctimas a la indefendida niñez del Tercer Mundo.

Dentro del amplio mosaico de las etnias latinoamericanas pero desde la ingerencia externa, el panamericanismo de Jefferson se impone sobre el sueño bolivariano para engendrar un nuevo concepto de América Latina sustentado en maquinaciones como la "Iniciativa para las Américas" que puso en boga durante su presidencia el siniestro personaje de apellido Bush, tomando como punto de partida el Tratado de Libre Comercio, involucrando a varios países de nuestro maltratado Sur.

La nueva alianza entre los países de Europa y Estados Unidos -ahora en roce por la absurda "ley Helms-Burton"- ha bosquejado una nueva política primermundista, trabando con ello el posible avance de los países del llamado Tercer Mundo que seguirán siendo los principales exportadores de materias primas y capital, no sólo al vecino país del norte, sino a Europa.

América Latina se vislumbra como el apéndice de un futuro bloque por medio del cual Washington seguirá predominando en el manejo de las relaciones internacionales, frente al embate no sólo de la Comunidad Económica Europea, si no de un probable bloque asiático, a cuya cabeza se encontraría Japón.

Dentro de Estados Unidos las llamadas comunidades de origen hispano se han visto forzadas a participar en esta tergiversada idea panamericanista, apoyando con ello la hegemonía de la sociedad dominante sobre chicanos, puertorriqueños, cubanos, centro y suramericanos, a quienes no llegará ningún beneficio económico, por ser grupos marginados y de coyuntura política.

En el resto del continente -hacia el sur- al acrecentarse las presiones desde los órdenes económico y político, principalmente, la realidad ha ido definiendo situaciones de mayor asfixia en las que los primordialmente afectados terminan por ser los sectores que históricamente ocupan el último peldaño de la escala social, los grupos étnicos, despojados desde el remoto pasado, de presente y de futuro. Tan sólo en México los grupos étnicos ascienden a 56 que se vienen a sumar a la paupérrima existencia de las etnias que habitan Centroamérica , Perú, Bolivia, etc.

En la realidad europea, aunque con diferencias determinadas en la calidad de vida, también existe un problema étnico no resuelto, aquí caracterizado -sobre todo a últimas fechas- por una afloración de nacionalismos utilizados como punta de lanza para desmembrar bloques .económicos y políticos que no abonen a las nuevas (en realidad viejas) tendencias hegemónicas.

En todo caso, desde cualquiera de los ángulos que se enfoque, el problema de las etnias sigue vigente en el planeta y en cualquiera de sus formas está jugando también un importante papel dentro de la recomposición mundial.

Mientras tanto, el fracaso estrepitoso de "los políticos", que sólo ha hecho crecer a roja tinta el vasto mapa de la miseria en América Latina y la falta de perspectivas y credibilidad hacia tales actores, débiles ya desde el cumplimentado mecanismo de las urnas, han venido creando áreas de vacío y de un profundo descontento dispuesto a abordar cualquier vehículo alimentado con el combustible de la desesperación.

En esta hora de renovados liberalismos, con particularidades diseñadas sobre los escritorios de los bancos extranjeros, desde donde -incluso-se atreven directrices políticas para nuestras naciones, ciertos sectores militares de sensibilidades nacionalistas, se sienten abocados a escribir ellos las páginas de la historia presente de la región; pero mientras tal parte de las milicias advierte la obligación de escribir esas páginas, la otra parte de los coroneles sigue sin tener a quien, ni quien le escriba, al asumir los tradicionales moldes del cuartelazo, de la usurpación, de la represión.

Esta otra parte mantiene, además, linderos con el empeño foráneo de convertir el flagelo del narcotráfico en pretexto que facilite la intervención en los predios latinoamericanos. Existen, pues, en estos momentos, dos ejércitos y un buzón con las probabilidades de que al término de este nuevo episodio, vuelva a quedar vacío.

"Mi reino no es de este mundo..."

Una evaluación del drama económico que nos agobia establece que en el principio de la década de los 90, en América Latina, 196 millones de sus habitantes sufrían condiciones agudas de pobreza y que la capacidad adquisitiva de los salarios mínimos se veía menguada en un promedio del 50 por ciento. De acuerdo con esas cifras del desconsuelo, el producto interno bruto per cápita se ha reducido al 8.3 por ciento mientras que la inversión total se reduce al 20 por ciento con lo que se atrofia seriamente la capacidad productiva. ¿Todo esto es lo que aplauden los teóricos de la derecha cuando festinan la muerte del socialismo?

Ante tanta derrota cargada a la espalda de los pobres es fácil comprender que los millones de seres en proceso de aniquilamiento acudan con mayor fuerza -más para mal que para bien- a los dudosos auxilios del cielo, administrados por personajes que a últimas fechas se han visto involucrados no sólo en delicados asuntos políticos sino hasta en los tenebrosos del narcotráfico.

Cuando falla la economía, cuando falla la política, el hombre se sale de la naturaleza para asirse de lo inasible.

Dios ha descendido a nosotros por medio de sus Iglesias, esas maquinarias aceitadas con la sangre de nuestros pueblos. Pero en México, como en cualquiera otra parte del planeta, no solamente actúan las poderosas instituciones co-gobernadoras del mundo; la industria de las ilusiones celestes da para más, y el negocio de la fe se diversifica en una gran cantidad de pequeñas sucursales prometedoras de la gloria eterna que el afligido mortal nunca podrá encontrar en la tierra.

En nuestra América han proliferado las sectas, y éstas han encontrado un mayor impacto en el universo indígena, el más explotado, el más vejado, el más abandonado a su atraso y a su lejana visión de la impuesta "cultura occidental".

Al final de cuentas las sectas han jugado el papel de desunión entre los diversos grupos étnicos -Chiapas sería el ejemplo más claro y más nuestro- además de servir como "caballos de Troya" de las peores ambiciones extranjeras. En nada han aliviado a los indígenas en cuanto al sistema de explotación del que éstos vienen siendo víctimas desde hace más de 500 años y sí en cambio trabajan eficientemente para despojarlos de sus rasgos de identidad, para dividirlos y debilitarlos aun más como pueblos procedentes de una misma historia y de un tronco común.

Para Max Weber la palabra secta es aplicable a una comunidad religiosa que se siente la "elegida", la "salvada". Esos elegidos son los disidentes de las grandes Iglesias que reunen en su amplio seno a los no "salvados", a los que se tienen que ganar el cielo con la solvencia moral de sus actos. Aunque en las dos actitudes se capitalizan los beneficios del cielo, las grandes Iglesias persisten en el uso de la palabra "secta" como término descalificador; para la Iglesia católica, por ejemplo, "secta" es cualquier grupo religioso que le hace la competencia.

Entre clérigos, banqueros y políticos liberales está el asunto. Ellos son los principales interesados en que pueda ser verdad ese fin de la historia y de las ideologías, proclamado por F. Fukuyama. Mientras la teoría rueda, se diseñan los entresuelos de la globalización; Keynes y su Estado benefactor sufren difícil subsistencia y se inmola a millones de seres en las aras del liberalismo de "laissez-faire" y del Estado mínimo, que tan muy bien han acatado nuestros gobiernos, siempre débiles, siempre de rodillas, llevando adelante su impuesto programa de privatizaciones con el que se dilapida irresponsablemente el exiguo patrimonio de nuestras naciones.

La libertad individual (legitimación del más poderoso) y la primacía del libre mercado, (regulador voraz que deja sin defensa alguna a la sociedad, agredida así en forma artera) abren de golpe las puertas a la "ley de la selva", imponiendo ésta su verdadera verdad sobre el supuesto "liberalismo social" de un Norberto Bobbio (el filósofo italiano que aprobó la masacre de Estados Unidos en Irak) y de su seguidor, Bovero; deja sin contenido para nuestra gente la palabra de teóricos de la política como Giovanni Sartori, que pretende modificar las prácticas políticas pero dentro de sistema tan viciado.

Este capitalismo bárbaro de nuestros días ya no reconoce las economías nacionales y se maneja bajo una nueva concepción de mercados globales, crea zonas económicas con sus propios mecanismos y sus muy particulares órganos de decisión, sus visiones y decisiones son supranacionales y por lo tanto pierde relación directa con los intereses y el sentimiento de la gente que habita la región y que en esa forma es explotada de manera más fría y aniquiladora, sobre todo porque las leyes que se han dado los países son remitidas a segundo término, los acuerdos y los tratados entre los gobiernos y los pueblos son pasados por alto en atención a los intereses de los bloques económicos sin nacionalidad. Se trata del funcionamiento de un mecanismo insensible, sin compromisos morales ni de ningún otro orden con sus explotados, se trata de ese capitalismo salvaje que enajena al hombre, a su medio, a su cultura.

Los cultos, ah... los cultos

En una parte de sus textos de carácter social el escritor Carlos Fuentes se pregunta con preocupación ante los problemas de la vida moderna si las leyes del mercado como único árbitro "guiadas por la mano invisible -reproduce René Villarreal en "Liberalismo social y reforma del Estado"- pueden responder a estos retos, o si ¿se requerirán nuevas formas de asociación y dirección políticas, no más gobierno ni menos gobierno, gobierno responsivo y responsable ante todas estas realidades?"

Estos escritores de la derecha contemporánea en sus preguntas no se plantean el combate a muerte contra mecanismos tan nocivos para la humanidad, eso no les es sustancial en lo mínimo de sus reflexiones, su preocupación gira en torno de lo que pudiera ser la mejor adecuación del sistema, en cómo pudiera funcionar mejor "para que cumpla satisfactoriamente con la sociedad". En sus preguntas (y por lo tanto en sus respuestas) lo que se busca es la justificación.

En estas circunstancias ¿que hacer con nuestra cultura? más bien, ¿que hacer con nuestros cultos?, esa es la verdadera pregunta, porque a lo que estamos acudiendo en estos momentos es a la realidad de los intelectuales sin voz, metidos también a la globalización intelectual, sin preocupaciones políticas ni sociales, porque al fin de cuentas buena lección han obtenido -por ejemplo- de las marginaciones, de las cárceles, de las persecusiones a las que se sometió a un José Revueltas, por mencionar a uno, tan nuestro.

El intelectual, desde el inicio de la historia de la humanidad, aprendió a flotar, se desliza conforme la corriente, sin sobresaltos, y al final de cuentas cobra su cuota respectiva pagada en becas vitalicias (el gobierno de Carlos Salinas de Gortari fue especialmente corrupto en este renglón), en fama, en reconocimientos para los que se pone en juego toda la maquinaria estatal (homenajes nacionales y esas cosas). Contra el Ejército Zapatista, se eleva la figura previamente inflada del superpoeta, que ni los más inteligentes y comprometidos, ni los más sinceros con la literatura misma, pueden ver ya en sus dimensiones reales. La maquinaria funciona (para eso cuenta con la participación puntual de periodistas, ensayistas, críticos, investigadores), los poderes político y económico hacen muy bien lo suyo; todos aplauden y el que no, es un pobre diablo que desconoce las excelencias del "clásico en vida".

Aquí todo -o casi todo- es genuflexión. Lo triste es que el intelectual no haya aprendido en tantos siglos a vivir con dignidad, a valerse por sí mismo -los que han tratado de ganarse el título de intelectual honesto están en la tumba o en la cárcel o en el filo del hambre más pavorosa, junto al resto de su pueblo-.aquí todo es cortesanía pura, intriga palaciega y los más inteligentes -porque hay también los simples de la "literatura ligth", y son muchos- sí escriben de política pero pretendiendo justificar "teóricamente" el sistema que les ha dado prestigio internacional y riqueza... y becas vitalicias.

En estos momentos muchos empiezan a darse cuenta de lo que algunos habíamos advertido desde bastantes años antes, y se encuentran de pronto con que los autores de noches de Tlaltelolcos y anexas, ahora autobecados vitalicia y millonariamente, más habían apostado en sus páginas, desde aquel entonces, revolviéndose en la herida de las tragedias nacionales, a la explotación del morbo que a una militancia real del lado de las causas populares, que todo ha sido una gran farsa, que el oportunismo era y sigue siendo su ley enmascarada, y que ahora también -por su verdadera calidad literaria no podían ser otra cosa- se dedican a fabricantes de escritores "ligth", en los infames "talleres" de la superficialidad.

Los gobiernos, al hablar de la modernidad han manejado una idea desarrollista colocando la noción de progreso por encima de cualquier consideración moral, pero las expresiones culturales que se dan en esta hora corresponden a una sociedad desencantada a la que la modernidad le falló, a una sociedad no "progresista" que reacciona contra el modernismo, mas los productos culturales de esa reacción están siendo muy bien usados por la habilidad de los gobiernos. La modernidad -la ideología del progreso y la originalidad- ha fallado y ha sacrificado a la humanidad -tal es el planteamiento- en función de la tecnología, dios defectuoso que con todo su prestigio, hijo de nuestra contemporaneidad, no logró suplir al otro Dios que nos atisba desde los infiernos de su gloria.

Si ya se partió de la abolición de los valores tradicionales para fundamentarse en el modernismo, lo que viene después con el posmodernismo es el pastiche con los materiales que el modernismo pulverizó. Hay una actitud dirigida a manifestar el cansancio, el hastío, ante el fracaso anterior que hizo conocer al hombre horrores como la bomba atómica. En el posmodernismo se copia lo ya hecho y se hace un pegote con ello, se percibe una mezcla de estilos, una amalgama de elementos, estructuras con base en yuxtaposiciones, revoltijo de tendencias y actitudes estéticas, suma de asuntos para lograr el vacío, la voz del desencanto, la expresión del agotamiento.

Los gobiernos siendo modernistas se valen muy bien del posmodernismo, que en su fase superficial ha creado, por ejemplo, lo "ligth", que sirve a estos gobiernos a las mil maravillas para que el arte no diga nada o para que se convierta en mero entretenimiento sobre los terrenos de lo vacuo. Se trata de -ciñéndonos a nuestras particularidades- anular nuestros valores por medio del posmodernismo, ridiculizándolos, trivializándolos, porque éstos, por su naturaleza, presentan resistencia a la penetración ideológica y por lo tanto estorban para abrir las puertas de par en par a los intereses extranjeros. Se trata de borrar fronteras para favorecer la globalización, pero las fronteras unicamente se derriban de allá para acá, porque las del país poderoso están más firmes que nunca, con sus "Border Patrol" y sus perros guardianes custodiándolas.

La mala letra y la buena pólvora

En nuestro país el problema con lo "ligth" es desolador, nuestros autores más bien por incapacidad, por improvisación, que por oportunismo -que también lo hay, y mucho- se han ido por la parte más intrascendente que les proporciona el posmodernismo, el que en una de sus fases degenerativas, les vino a representar un buen pretexto para alcahuetearse en grande con lo inocuo. La degradación de nuestra literatura se inició desde la aparición de lo denominado la "onda", que en su tiempo provocó tantos aplausos por parte de los críticos literarios estadunidenses, quienes se encargaron de poner esta "corriente" tan corriente a la altura de nuestros más trascendentes escritores creando de paso la confusión entre nuestros incipientes lectores, tan mal informados de por sí.

De esta manera las letras nuestras, infiltradas estilísticamente por simplonerías y pochismos en el discurso (ya los jóvenes iban a la secundaria -hablo de los hijos de la clase media- a la preparatoria, a la Universidad, ya hablaban inglés y escuchaban rock, ya eran "superiores" a sus generaciones anteriores que se habían quedado silbando "Amor perdido", y seguían tarareando tonaditas de barriada... y en español) se alimentaron con la temática más ramplona, pretextando que era literatura de y para la juventud, como si la condición de lo juvenil fuera estar desprovisto de inteligencia.

Mientras esto ha venido sucediendo con el arte y la literatura, mientras peores cosas han sucedido en la economía y la política, incluyendo el crimen a la vista pública (Colosio, Ruiz Massieu, Polo Uscanga), mientras hay regentes de la ciudad que se asignan aguinaldos hasta de 700 millones de pesos, en nuestros pueblos se ha incrementado el índice de analfabetismo, la falta de seguridad social es aterradora, el endeudamiento de nuestras naciones llegó a tales cifras que no tiene más salida que la moratoria, solución a la que se niegan nuestros gobiernos porque significaría no gozar más los multimillonarios mazos de dólares con los que el Norte asiste.

Nuestros pueblos -hoy como nunca- están viviendo en la más auténtica desesperación. En las ciudades, las grandes centrales obreras continúan coptadas bajo la dirección de líderes vendidos, se dispone de la ley a conveniencia de los poderosos, se aniquila a sindicatos independientes; los dirigentes leales son encarcelados, el desempleo es el pan de cada día, el índice de suicidios crece en forma alarmante, el crimen organizado, y el desorganizado, se apoderan de las calles, la ciudadanía no tiene defensa.

En el campo, la situación es mayormente atroz -como siempre lo ha sido-. En el mejor de los casos, los campesinos son atados con el tosco cordón de sus necesidades y llevados así a las urnas para votar a favor de sus explotadores. En el peor de los casos, son emboscados y acribillados en sus parajes dejando, ante la indiferencia de los tribunales de justicia, a familias enteras sumergidas en una miseria y en un desamparo aun mayores.

Con ese barro amargo están amasados nuestros países, manejados por funcionarios ineptos y tramposos e ilustrados por intelectuales con sangre de atole. En esas condiciones, que vengan los teóricos de la matraca a decirle a nuestra gente que ahora sí deben estar contentos porque ya cayó el muro de Berlín; que vengan los Fukuyama, que desciendan a la desesperanza para que les hablen del fin del socialismo a las víctimas de la política neoliberal, que instruyan acerca del fin de la historia a seres que saben que eso no es cierto, porque la historia la traen ellos colgando en el cuello.

Que vengan los de la matraca y el redoblante a disertar sobre el fin de las ideologías, que se lo digan a ese gran conglomerado extendido sobre el planeta que está luchando por la implantación de la justicia social, por que las comunidades puedan vivir en la equidad y el respeto, por que se establezcan medidas que permitan al hombre gozar una vida verdaderamente humana. Hasta ahora el capitalismo -el neoliberalismo es su rostro más feroz- lo único que ha hecho es acercar a la humanidad al precipicio. Ha explotado al Sur y ese Sur violentado, en mecánica de metástasis, aparece a estas alturas royendo también las entrañas del prepotente.

¿Cuál es el triunfo que pregona si la pobreza que ha provocado la lleva ya incrustada en sus propias entrañas? Ahí está el Tercer Mundo, invadiendo sus calles, penetrando en los asuntos de su vida diaria, multiplicando en el Norte, los cuadros de desocupación; el rockerío y los demás productos de estupidización que creó ese capitalismo para minar a los explotables, tienen cogida por las solapas a su propia juventud, cada vez más subculturizada por la propia mano de quienes rigen los destinos norteños, cada vez más desquiciada, sumida en la drogadicción.

Volverlo a intentar

¿Qué ha hecho el capitalismo que conocemos, y al parecer el único posible, por aliviar la desigualdad y alcanzar la justicia social; por corregir las tendencias regresivas en la distribución del ingreso; por defender el empleo; por preservar los derechos de las minorías étnicas? ¿Qué, si al mismo tiempo que es responsable de la crisis económica lo es del deterioro ecológico en el planeta? La superriqueza de unos cuantos no salvará a la humanidad, por lo tanto, el estrepitoso fracaso del capitalismo es innegable e irreversible, avanza hacia un destino tenebroso, poblado por millones de hambrientos que ha creado en su voracidad, y sobre una depredación ecológica que delínea un destino funesto.

Su engendro más reciente, el neoliberalismo, en su exaltación del individualismo inicuo, avanza en la idea de que el Estado sea desmantelado para dejarle el espacio libre a la acción del capital, así, el Estado sólo serviría para avalar la violencia con la que los grupos de poder explotarían aun más a las sociedades sobre cuyo sacrificio se finca el Imperio.

Por lo pronto, atrás de la acción del tambor y la matraca, los pueblos cuentan ya, junto con su experiencia interna, que les habla del perjuicio en su propia carne, con la externa, basada en el inocultable empobrecimiento que en lapso de apenas un puñado de años sufren los países del mundo ex-socialista, con sociedades que han dado un impresionante salto hacia atrás respecto a las conquistas sociales que gozaban. Frente a la acción depredadora del neoliberalismo, esas sociedades, por medio del voto están volviendo a instalar en sus parlamentos, como se está viendo, a los dirigentes que la irrupción del capitalismo había desplazado. En Europa Oriental están surgiendo movimientos de recuperación del socialismo, y en todo el mundo, a la vez, han ido en aumento las protestas de los trabajadores en contra del capitalismo salvaje, como bien se pudo observar en las pasadas jornadas del primero de mayo en el planeta entero.

Existen en el orbe cuatro países socialistas: Cuba, China, Corea del Norte y Vietnam, ante la brutal embestida del capitalismo mundial, estas existencias debieran ser altamente significativas, sobre todo porque se encuentran en lugares tan disímbolos y alejados como son Asia y América Latina. Sin embargo, para el pensamiento contemporaneo occidental estas reveladoras experiencias no cuentan, y sí habla de la derrota del socialismo porque sus parámetros y su moral están centradas exclusivamente en el poder monetario. ¿Cuba es un país industrializado, que maneje situaciones de peso en el mercado internacional? No, Cuba es una pequeña isla cercada criminalmente (el bloqueo de Estados Unidos fue decretado oficialmente el siete de febrero de 1962) desde hace más de 30 años por uno de los gobiernos más poderosos y sanguinarios que conoce la historia, un país pequeño que heroicamente persiste en pie, hablando por la dignidad de los pueblos latinoamericanos; entonces, si tan pobre es y tan cercado está, su existencia no cuenta, en esta moral en la que solamente es tomado en consideración el poder económico, su ejemplo y su existencia no tienen ningún significado, esa es la moral imperante, por lo tanto, el socialismo ya murió, no valen la pena los diez millones de habitantes que en un punto del Caribe defienden, su fe, su dignidad, su historia.

Pero la historia no se detiene, con sus luces y sus sombras avanza. En esta historia el capitalismo no tiene moral, su único Dios es el dinero y seguirá expandiéndose sobre los pueblos débiles de gobiernos corruptos e intelectuales acomodaticios, por lo tanto las causas que dieron vida al pensamiento socialista, los abusos del capital, la explotación inhumana, persisten, ahí están, como una enfermedad gozando de cabal salud, ¿cómo se puede decir entonces que el socialismo ha muerto si no ha muerto la enfermedad que lo ha generado como antídoto? En todo caso, lo que se requerirá serán las adecuaciones necesarias para seguir armando la defensa de los desheredados que siempre demandarán un programa de acción que haga posible su permanencia sobre la tierra.

Desde los meandros mismos del Río de Heráclito, en la contemplación de la corriente en la que nos sumergimos, sabemos que nada puede ser igual, cada segundo que pasa cambia el planeta y lo que en él habita. Las luchas cambiarán de forma, pero los seres tienen derecho a seguir soñando que algún día saldrán de este largo y ancho pantano de la prehistoria en la que vivimos y que entonces se conquistará por fin la verdadera historia del hombre.

A los millones de hambrientos, de marginados, a los miles de muertos, a los cientos de encarcelados, a los perseguidos, a los enfermos, a los que todos los días mueren de inanición en el campo y en las ciudades, no pueden venir los teóricos de la matraca a decirles que ya no tienen armas para intentar la permanencia. A esos millones de seres convertidos en sombra del capital lo único que se les puede dar son nuevas formas de organización bajo los mismos ideales de justicia e igualdad y demostrarle a los teóricos envalentonados de hoy que aquello del fin de la historia no es cierto, que la historia ahí está, con sus signos adversos, pero que volverá a ser tarde o temprano en las manos de los pueblos -si no, lo que sobrevendría sería el fin de la civilización- y que ante esa perspectiva y ante la inoperancia de ciertas formas de lucha, a los que nada tienen después de su pobreza, no les queda otro camino más que el de revisar procedimientos... y volverlo a intentar. Cuentan para esto con el respaldo de miles de sangres que murieron en el mismo empeño. Juntos se alzarán vida.

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