ENSAYOS DE CULTURA GENERAL
CUANDO ERIK SATIE EN LOS CALLEJONES DE TAXCO
En la tensión de seis cuerdas bien pueden caber estas historias. Tetelcingo, San Miguel y Acayotla eran tres Reales de Minas, (en el principio de lo que ahora es el estado de Guerrero). Tetelcingo creció tanto que terminó por absorber a sus vecinos dando así origen al pueblo que después se llamaría Taxco, según descripción hecha por el Arzobispado de México en 1570. Los Reales de Minas fueron atracción para Cortés quien vio en ellos una fuente de extracción de estaño para la fabricación de sus cañones: luego el conquistador se iba a presentar ante la Corona como el impulsor de la minería en la región, la que más tarde fue escenario de una gran rebelión de negros alzados en contra de la esclavitud de que eran víctimas en el interior de los enormes socavones.
Después vino la plata, y Taxco, fundada en 1529, ahora bonanza minera, creció bella, hermosa -caserío de filigrana, albo palomar- entre las abruptas montañas del sur. Ya en nuestro siglo, en 1929, se inauguró la carretera que daba acceso a la ciudad, uraña serrana, recorrida en su soledad provinciana por sinuosos callejones empedrados. Erik Satie no alcanzó a transitar por la nueva vía de acceso, pues había fallecido, apenas cuatro años antes en Francia.
Urna barroca, joya resplandeciente de la arquitectura colonial, Taxco recibió en 1930 al muralista David Alfaro Siqueiros, a quien le designaron la ciudad como arraigo judicial después de salir de la Penitenciaría del Distrito Federal en donde había permanecido encarcelado varios meses debido a sus actividades políticas.
A bordo de un vehículo del penal, Siquieros recorrió la carretera que no alcanzó a transitar Satie, y al entrar en contacto con el arquitecto William Spratling, joyero y promotor de la platería en la zona, avecinado en el lugar apenas un año antes -justo con la novedad de la carretera-, se instauró en la casa del estadunidense el taller Las delicias, abriéndose un ámbito para la tertulia de artistas de diferentes disciplinas (poetas, pintores, cineastas, fotógrafos, etc.). Y Taxco se hizo entonces fuente mágica de los espíritus creadores.
Qué hubiera dado Satie, dueño de un espíritu creador, inquieto e independiente, por alcanzar a compartir aquellas tardes en las que en el taller de Spratling se reunían almas inquietas como la de él, con propuestas estéticas, con novedades artísticas removiendo conceptos tradicionales, invitando a transitar nuevas experiencias. En esas tertulias que duraron hasta 1932, llegaron a convivir inquietudes como las de los poetas Carlos Pellicer, José Juan Tablada y Salvador Novo junto con el fotógrafo Manuel Alvarez Bravo y el pintor Roberto Montenegro.
Por esa carretera que no conoció Satie, transitó el cineasta ruso Serguei Einsenstein en busca de las tertulias de Las delicias, él, tan ávido de encontrarse con los misterios y las maravillas de un México que finalmente se llevaría capturado en las entrañas de su cámara cinematográfica. Hacia Las delicias se encaminaron también en diferentes ocasiones Lola Alvarez Bravo, Arthur Miller, Aurora Reyes (“la cachorra”, jovencita de apenas 24 años a quien faltaban todavía cuatro años más para que pintara su primer mural, el primero creado en México por una mexicana), Gloria Calero, Hart Crane.
La tertulia entre artistas se combinaba con arduo trabajo que realizaban Einsenstein, filmando; Spratling creando prodigios de joyería; Siqueiros, grabando sus testimonios de artista comprometido, como otra forma de alcanzar su libertad plena y de vivir plenamente dentro de su mundo. En Taxco se intercambiaron grandes ideas, magnos proyectos, renovadas ensoñaciones. El ámbito aquel fue espacio para planes creativos y para creaciones innovadoras, para la visualización de nuevos lenguajes (otra vez el alma de Satie presente) y para que convivieran las imaginerías que la época y el paisaje mexicano daban al mundo.
Así fue como David Alfaro Siqueiros, convirtiendo en libertad su proscripción, grabó y pintó en el taller del joyero y al final recopiló el material para una gran exposición montada posteriormente en el Casino Español de la Ciudad de México; logró además la publicación de un álbum con 13 xilografías, con un prólogo del propio William Spratling.
Entre los cuadros pintados en Taxco y que fueron expuestos después en la ciudad de Los Angeles destacaban: Accidente en la mina, Retrato de Marguerite Brunswick, Panadero mexicano, Retrato del general Emiliano Zapata, Retrato de Blanca Luz Brum, Retrato de niña muerta, Retrato de Lola Alvarez Bravo y Retrato de Luis Eychenne, entre otros también de importancia.
Erik Satie falleció, como apunté al principio, cuatro años antes de que se inaugurara la carretera a Taxco (y dos siglos después de que se ordenara la construcción -en la Plaza Central- de la Iglesia de Santa Prisca, barroquismo desbordado en color rosa). Al fallecer, Satie había enunciado en su país el devenir del impresionismo musical francés. Había ejercido influencia en Debussy y había, luego, encabezado -según el empecinamiento de los críticos- un antidebussyonismo que alcanzó su mayor acento con el inmediatamente posterior Grupo de los seis.
Con sus vivaces ojillos moviéndose nerviosos tras sus anteojos redondos, de delgados aros metálicos; tras bigote poblado y barba triangular, entrecana; coronado él por una amplia frente que la calvicie le extendía generosamente hasta la mitad del cráneo en donde iniciaba, tímida, una lacia cabellera, paisaje raso que podía apreciarse en tal rotundez cuando se quitaba el sombrero tipo hongo que normalmente llevaba ensartado hasta las cejas; traje negro, paraguas bajo el brazo, hombre de teorías armónicas, pero también de reuniones sociales, de tertulias, de relampagueantes expresiones dentro de un agudo sentido del humor -tanto en la música como en el trato personal-, tocador de piano en cafés bohemios y en cabarets, cómo le hubiera gustado alcanzar en el tiempo y en el espacio a la tropa de Las delicias remontada en las tan lejanas montañas de Taxco.
Erik Satie se enlistó en el ejército francés y lo abandonó; se inscribió en el Conservatorio de París y lo dejó para ir a desgajar sus armonías novedosas en medio de la bohemia del Chat-Noir; vive intensamente la vida parisiense y desiste de ella para transladarse a Arcueil a pasar ahí los últimos años de su existencia, instalado en una casa de pregonada pobreza, cuyo aspecto provoca las más variadas fábulas alimentadas de expectativas y misterios.
El músico se vierte en el maestro en Arcueil, y de pronto, el hombre que abandonó el Conservatorio y luego, ya maduro, retomó sus estudios en la Schola Cantorum, que ha provocado en 1917 el gran escándalo con su ballet Parade (guión de Cocteau, escenografía de Picasso); el autor de Sócrates, tenida por muchos como su obra principal; el tan popular por sus Gnossiennes; el aportador instrumental en la Misa de los pobres, se ve rodeado de jóvenes compositores que lo toman como su guía y lo veneran por encima de cualquier otra consideración; ya para entonces se ha convertido en un personaje mítico, rodeado de leyenda. Ya es Satie, el innovador en pro de la sencillez, el “raro”, el “extravagante” príncipe de los ingenios.
Satie descubre, y siempre está inconforme con su descubrimiento; enmascara su hallazgo con un tono de supuesta ingenuidad, de aparente candor; pareciera que sus breves piezas no tuvieran mayor pretensión y acaba de “despistar” a sus escuchas escogiendo para sus obras los títulos más singulares: Peccadilles importunes, Menus propos enfantis, Gymnopédies... Hace una religión de su originalidad buscando siempre alejarse lo más posible de la grandilocuencia, del estrépito sonoro contra el que se declara en todo momento y al que repudiarán posteriormente sus jóvenes seguidores, los que lo visitan en la vieja y misteriosa casa de Arcueil.
Ya es su propia mitología y vive dentro de ella; firma manifiestos; recorre los vericuetos nocturnos; viene de crear innovaciones armónicas y de tocar el piano en el cabaret; decisión suya es ser un alma enteramente libre; viene de inspirar a los importantes autores de su época; y no sataniza la bohemia; y es fuente clara para el que quiera acercarse a su conocimiento. Los grandes personajes de la música pretenden desdeñarlo y los jóvenes le siguen y le quieren. En sus bosquejos llega a veces hasta el naif musical, pero sobre audaces disonancias que van a inspirar el impresionismo de Debussy y Ravel.
Con Debussy tuvo acercamiento inicial, sus hallazgos armónicos dieron pie a la técnica del impresionismo, luego ambos personajes tomaron distancia y hubo de parte de Satie una postura antimpresionista (insisten los críticos), como también la tuvo frente a las expresiones de la vanguardia.
Satie: “La estética de Debussy se vincula con el simbolismo en varias de sus partituras. Es impresionista, si se considera el total de su obra. Perdónenmelo, se los ruego; ¿no soy un poco el causante? Por ahí lo dicen.
He aquí la explicación:
Cuando lo conocí, en los comienzos de nuestra relación, estaba él impregnado de Mussorgsky y buscaba, muy conscientemente, un camino que no se dejaba encontrar con facilidad. En ese terreno le llevaba yo la delantera: ni el premio de Roma, ni de otras ciudades, entorpecía mis pasos, puesto que no llevo ninguno de esos premios sobre mí, ni sobre mis espaldas, porque soy un hombre de la especie de Adán (el del Paraíso) que nunca obtuvo premio ninguno: un perezoso, sin duda.
Escribía yo en esos momentos El hijo de las estrellas, sobre un texto de Joseph Péladan, y expliqué a Debussy la necesidad, para un francés de desprenderse de la aventura de Wagner, que no respondía a nuestras aspiraciones naturales. Y le hice notar que yo no era de ninguna manera antiwagneriano, pero que debíamos tener una música que fuera nuestra; sin coles fermentadas, de ser posible.
¿Por qué no aprovechar los medios representativos que nos proponían Claude Monet, Cezanne, Toulouse-Lautrec, etc...? ¿Por qué no transponer musicalmente esos medios? Nada más sencillo. ¿No son expresiones?
Ahí estaba la fuente, el punto de partida provechoso para realizaciones casi seguras, fructuosas inclusive... ¿Quién podía mostrarle ejemplos? ¿Revelarle hallazgos? ¿Indicarle el terreno a excavar? ¿Quién? No quiero responder: ya no me interesa”.
Decía: Satie influyó en Ravel y Debussy (armonías paralelas y sucesiones de novenas entre otros productos de la experimentación) y fue él la inspiración inicial de dos grupos de compositores de la posguerra que alcanzaron máxima celebridad, como el Grupo de los seis (Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud, Francis Poulenc y Germaine Tailleferre) y La escuela de Arcueil (Henri Cliquet-Pleyel, Henri Sauguet, Máxime Jacob y Roger Desormiére). Ingresa, ya maduro, a una escuela de música sacra y de ello crea un puñado de herejías armónicas. El diablo en la iglesia, que de muy otra manera visualizara en México, Siqueiros.
Acerca de Satie y del Grupo de los seis, cito, brevemente, el testimonio de Poulenc:
“Este grupo tuvo como origen la amistad y no las tendencias. Luego, poco a poco, se han establecido ideas comunes que nos han ligado íntimamente, como por ejemplo: la reacción contra la vaguedad, el retorno a la melodía, el retorno al contrapunto, la precisión, la simplificación, etc. Más tarde, bajo la influencia de Cocteau y de Satie, incorporando a Milhaud recién llegado del Brasil, nos agrupamos aún más fuertemente, siendo ya entonces lo bastante numerosos para poder dar conciertos nosotros solos en la sala de la calle Huyghens. Entonces éramos seis, si bien no pretendíamos que fuera este un número fijo. Lo que pueda haber de bueno en nuestro grupo estriba en el hecho de estar ligados por ideas generales siendo individualmente muy diferentes en la realización de nuestras obras”.
Poulenc ya menciona en el párrafo anterior la presencia en la historia del grupo de Cocteau, el poeta, y de Satie, el músico. En esta cadena de inteligencias Satie venía a ser una especie de teórico musical para Cocteau y éste, sin ser músico, era finalmente el teórico del Grupo de los seis. Atengámanos a Honegger: “Sin ser verdaderamente músico, Cocteau fue el guía de muchos jóvenes. Sintetizaba la ambición general de una reacción contra la estética de preguerra y cada uno de nosotros la tradujo de un modo diferente”.
Ahora recordemos un párrafo del propio Cocteau con respecto a él y Satie: “Satie, con el sombrero hongo sobre los ojos subía al número 10 de la Rue d´Anjou. En mi cuarto se sentaba al pie de la cama y de su boca sinuosa salían veredictos opuestos a los de la moda y la vanguardia. No olvidemos que este anarquista “iba en blanco”, como diría Montaigne, y luchaba contra una ola de penumbras y falsos tintes”. Fueron célebres los alegatos del poeta Cocteau atacando el impresionismo con Debussy a la cabeza a Wagner y Mussorgsky mientras alababa la pureza lineal de Bach, la violencia original de Strawinsky y la prístina pero sabia sencillez de Satie.
Por lo que respecta a los miembros de La escuela de Arcueil, éstos vivieron en un permanente homenaje a Satie, eran jóvenes cuyo amor por el maestro-leyenda formaba parte de su quehacer musical. Fueron cuatro jóvenes que se agruparon en actitud de discípulos en torno de Satie pero a quienes Satie, imperturbable, señaló: “Caminad solos. Haced lo contrario de lo que yo he hecho... no escuchéis a nadie”. Los cuatro músicos le hicieron caso, pero siguieron venerando a Satie hasta el final, homenajeándolo permanentemente al tratar de simplificar, cada uno, con mayor decisión aún que el Grupo de los seis su expresión artística.
De Satie, sin embargo, es necesario retomar en los siguientes párrafos transcritos por José Antonio Alcaraz del libro Erik Satie de Rollo Myers, la sincera lágrima derramada a la muerte de Debussy, su calidad de artista y de ser humano, no hubiera podido manifestarse en otra forma. Llora Satie: “Créanme por favor, que no he perdido ni una pulgada de mi afecto por mi llorado e ilustre amigo Debussy. Crean, en verdad, que no he perdido ni un centímetro de mi admiración por su querido y exquisito recuerdo.
Personalmnte asistí (muy de cerca) a las luchas que Debussy tuvo que sostener contra los “semipersonajes”que lo alaban en la hora presente, que bobamente se amparan bajo su sombra, que ahora lo descubren.
Tal vez es lamentable que no lo hayan hecho en las horas difíciles, en los instantes amargos que mi genial amigo tuvo que atravesar. Sin embargo, un gran número de esos “post admiradores”, tenía en esa época más edad que la de la razón. Hubieran podido -al menos un poco- ver claro, incluso sin lupa y sin binoculares.
Sólo que... ¡diablos!... uno no sabía que... ¿me entiende usted? Puesto que estos prudentes “astutos” no son héroes, ni están obligados a serlo, a final de cuentas. Sí... Entonces, esperaron a que “eso llegara”, que “fuera seguro, al menos”.
A la muerte de Debussy, el compositor Satie fue el primero de once luminosos músicos en responder al llamado del editor Henri Prunieres para entregar una obra en homenaje al gran desaparecido. Los otros convocados por la “Revue Musicale” fueron: Aubert, Bártok, Dukas, de Falla, Gossens, Malipiero, Roussel, Schmitt, Stravinsky y Ravel.
He aquí a un genio sintiendo -intenso- al otro, y doliéndose de cómo la crítica de todos los tiempos trata a los de su estirpe. Lección de amor la suya, tan grande, como su enseñanza de la sencillez. Su trabajo fue simplificar al máximo su discurso musical innovando, sin embargo, en el terreno armónico. Con conocimiento, talento y sentido del humor trató de despojar de exageraciones el montaje sonoro creando a cambio un lenguaje escueto, claro, llano, sin recursos impresionistas, de aparente elementalidad pero de una sapiencia que hacía pensar en que la sencillez era su herencia.
Y herencia hubo hacia los rumbos cardinales. Aquí, en México, nos lo murmura, en tono coloquial, la guitarra de Juan Helguera, el compositor nacido en Yucatán que desde un principio abrió su sensibilidad a ese legado que al mundo dejara el hombre de Arcueil. Autor que prefiere la obra breve, desprovista de alegorías inútiles, lejano lo más posible de ilusionismos digitales, hombre de inteligencia y cultura enriquecidas en la biblioteca y en la calle (como él mismo lo pregona cuando habla de la segunda fuente) parapetado tras murallas de -a veces una exagerada- discreción, pero con un sentido del humor que regocija a sus amigos y revuelve las entrañas de los que no lo son, al punzar hondo. Helguera ha sido el músico que ha tomado el aliento de Satie como su fundamento artístico. Por él (en obra y actitud) vive Satie en nuestras calles y en nuestro tiempo.
En una entrevista concedida a un diario mexicano Helguera explica de sí mismo: “Soy de los que están pendientes de lo que pasa en el mundo. A mí me interesa la pintura, la literatura, el cine. Me gusta viajar y he tenido la oportunidad de hacerlo. Me interesa la charla y he pertenecido a través de los años a grupos cafeteriles que desafortunadamente ya están en desaparición. Fui amigo de Rulfo. Juan era un hombre que vivió cargándose, y en dos ocasiones se descargó. Soy de la generación libre, a la cual le gustaba la calle”. En efecto, algunos dicen que han visto a Helguera en la cervecería El Frontón; otros, que en el café El Parnaso de Coyoacán; otros más, que en la librería Ghandi, no faltan quienes dicen haberlo encontrado en aquellas reuniones de bohemios “rasposos” que el doctor Daniel Martínez Montes congregaba en su inolvidable “Morada de Paz", por las calles de Donceles de la ciudad de México, y hay hasta quienes le han visto tocar el piano y la guitarra en la casa de Xóchitl Arévalo. Así este artista en el que se juntan la academia y la calle, la tertulia y la sala de conferencias, citado en artículos especializados y hasta en las columnas de cine de Ysabel Gracida, que ha recibido homenajes de pintores como Durán Vázquez, Leticia Ocharán, Fernando Castro Pacheco, Cardona Chacón, Inocencio Burgos y otros, ha prodigado sus enseñanzas tanto a guitarristas de concierto como a distinguidos músicos populares (Guadalupe Trigo o Mari Carmen Pérez, la trovadora yucateca, etc.).
En su ingenio, en su sentido del humor, en su idea de la obra breve, sin adornos innecesarios (por ello en la literatura tiene como género preferido el cuento y en la pintura gusta preferentemente de las obras de formato pequeño) tiene muchos puntos de contacto con la propuesta satiana. Aquí se puede afirmar que el espíritu de Satie es el fundamento de la obra guitarrística de Juan Helguera, que la obra de Helguera es la alegría de Satie respirando en la atmósfera mexicana. Por eso, como en el momento en el que Satie regresa finalmente al reencuentro con Debussy, Helguera decide para la contraportada de su disco Círculos extender hasta nuestros días el gesto del francés de Arcueil reproduciendo el texto de Debussy que sugiere: “no escuchar los consejos de nadie, salvo del viento que pasa y nos cuenta la historia del mundo”.
Al construir su obra con piezas breves Helguera parte de Satie y lo convierte en la principal vertiente de su creación. Es autor de obras significativas como el Homenaje a Silvestre Revueltas, Sóngoro cosongo, que con un mayor impulso por parte de su autor a estas alturas debiera ser ya un clásico de la guitarrística latinoamericana, Círculos, Mangoreana, etc., sin embargo ninguna obra suya ha merecido tanto cuidado de su parte como su Homenaje a Satie, dedicada al guitarrista Miguel Alcázar y editada por la Liga Mexicana de Compositores en 1980 (Segunda edición: 1985).
El Homenaje a Satie está configurado dentro del espíritu satiano y es algo así como su profesión de fe. Consta de tres partes: la primera, escrita en compás de tres cuartos lleva por nombre El señor de Honfleur; la segunda, en dos cuartos, tiene el nombre de Evocación, y la tercera parte, resuelta en cuatro cuartos, se titula La posada del clavo, sitio en aquel entonces con piso cubierto de aserrín; ahora, alfombrado para los turistas, enclavado en el París “fuerte”; ahí, Satie, a unas cuantas cuadras de Moulinge rouge, acompañaba por las noches a un chansonnier del rumbo, instalados ambos en el centro del largo desvelo bohemio. Aquí, en estas tres breves partes de las que consta el Homenaje a Satie está plasmado el planteamiento musical, la estética de Juan Helguera.
La atención que Helguera ha tenido a esta pequeña obra no se compara en absoluto con el resto de sus empeños. Aunque importantes guitarristas han grabado otros trabajos suyos como el ya mencionado Homenaje a Silvestre Revueltas, Un retrato, Estudio número 8 y muchas más, las grabaciones del Homenaje a Satie superan sensiblemente a las anteriores mencionadas. Está grabada por guitarristas que van desde el propio autor, en aquel disco de la RCA Victor hecho con su música en 1975, hasta ejecutantes de los más variados estilos, como Miguel Alcázar, Juan Carlos Laguna, Héctor Saavedra en México; Roque Carbajo en Canadá; Kurt Rodermer en Estados Unidos; Jean Claude Lamoine en Francia, etc. En noches de concierto es también la pieza que más han tocado los diversos intérpretes del trabajo helgueriano.
A estas alturas todavía existen los poco sensibles que preguntan al autor por qué es ésta su obra más promovida. La respuesta sería: por que es su sustancia de compositor; por que es la declaración formal de la filosofía de su escritura; por que el Homenaje a Satie representa la verdad de su estética... solamente.
Cuando Erik Satie murió (1925) faltaban cuatro años para que fuera inaugurada la carretera a Taxco (1929); Satie, el señor de Honfleur, el de la evocación, el de La posada del clavo, no conoció tal carretera. No conoció Taxco. El 21 de julio de 1991, en la Plaza Borda, de Taxco, dio inicio el Primer Concurso y Festival Nacional de Guitarra de Taxco. Homenaje a Juan Helguera. Ahí estuvo Satie, de cuerpo completo, conviviendo con los amigos de Helguera, gente entre la que se encontraban los guitarristas mexicanos Jaime Márquez, Ernesto García de León, Julio César Oliva, Juan Carlos Laguna, Alejandro Salcedo y los integrantes del grupo Octeto Guitarte; el guitarrista argentino Víctor Pellegrini; la chelista cubana Amparo del Riego; la pianista Josefina Helguera; la intérprete de trova yucateca Mari Carmen Pérez; los poetas Carlos Illescas, Fernando Espejo, Roberto López Moreno; la pintora Leticia Ocharán; la periodista Elia Fuentes y tantos más... Satie estuvo contento.
De vuelta a la ciudad de México Juan Helguera, dentro del mismo espíritu satiano de su trabajo, compuso su obra Callejones de Taxco para que Satie volviera a transitar por cada una de las notas, como el propio Helguera transitó muchas veces por las calles del París bohemio que el francés tanto amara. Otra vez se pagaba parte de la deuda. Esas cosas pasan en el mundo de la música.
Callejones de Taxco, dedicada a la esposa de Helguera, Bertha Perches, es una obra sencilla y breve, escrita en compás de cuatro cuartos. Está concebida en forma de espiral con inversiones y repeticiones continuas, juego que sostiene una fórmula para la mano derecha, arpegio determinado para toda la pieza con la inversión de varios acordes que responde a la visualización que Helguera tiene de esta ciudad; se trata de un trabajo de gran sencillez que vuelve continuamente a lo mismo. Aquí cabe recordar la descripción de Manuel Toussaint: “Imposible imaginar seres más caprichosos, más locos que las calles de Tasco. Odian la línea recta por su fealdad matemática; detestan la horizontal por su falta de espíritu. Aquí, en Tasco, las calles avanzan, se encabritan en una barranca, o se arrepienten y regresan al punto de partida”.
Esta obra de Helguera está escrita en la tonalidad de la menor, con la utilización de séptimas y novenas en la decisión de explotar al máximo las peculiaridades tímbricas del instrumento; es una exploración del diapasón de la guitarra, se toca cerca del puente y se sube hasta la boca del instrumento sacando el mayor provecho a las características del mismo. Se trata de una obra muy guitarrística que llevada al teclado perdería buena parte de su esencia. Es en síntesis, sobre la guitarra, una obra libre, lo más sencilla posible, con fórmula muy clara, precisa, para la mano derecha.
De esta manera, una vez más Satie y Helguera, sin necesidad de carreteras, se dan la mano y se asoman juntos a aquel Taxco que vivieron tan intensamente Spratling, Siqueiros, Pellicer, Eisenstein, Alvarez Bravo, Blanca Luz Brum (la bella activista uruguaya que fuera compañera de Siqueiros por esos años), Chano Urueta, Anita Brenner. En el Homenaje a Satie y ahora en Callejones de Taxco, como en parte fundamental de su obra, Helguera invita permanentemente a Satie a compartir nuestra atmósfera, nuestro paisaje. Por que Helguera es un músico satiano, pero también profundamente latinoamericano, al grado de ser -apoyándose en los medios eléctrónicos: radio y televisión (programa “La guitarra en el mundo”) y en los medios impresos: periódicos y revistas (columna “Notas sobre notas”) así como trayendo a México a grandes ejecutantes de otros países y organizando encuentros, festivales y concursos, promoviendo videos y dando conferencias- uno de los principales promotores de la guitarrística en el continente, un total apasionado de nuestra música latinoamericana para guitarra. Hace años escribí en un artículo para cierto diario capitalino: “la guitarra en México se llama Juan Helguera”; hasta la fecha nadie ha rebatido tal expresión. Ahora quiero decir, parafraseándome a mí mismo, que la sabia sencillez de Satie, en México se llama Helguera. Seguramente tampoco nadie lo rebatirá.
“Honfleur es una pequeña ciudad que riegan juntas -y en mutua tolerancia- las olas poéticas del Sena y las tumultuosas de La Mancha. Sus habitantes (honflerences) son muy corteses y muy amables”... Recordó una vez Erik Satie y luego agregó: “Permanecí en esa ciudad hasta la edad de doce años (1878) y vine a residir a París”...
Desde hace algunos años -señalaré para concluir- el pianista de la leyenda de Arcueil, invitado por el guitarrista Juan Helguera, tiene en Taxco, en México, en Latinoamérica, una nueva y amorosa casa. |