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CUENTOS

Corrientes encontradas


En los límites con Veracruz, todavía dentro del estado de Puebla, al pie del volcán conocido como Pico de Orizaba (Citlaltepetl, su nombre original, la montaña más alta de México, 5 mil 610 metros sobre el nivel del mar), se encuentra el municipio que por mucho tiempo se llamó Chalchicomula de Sesma (Chalchicomula, pozo de piedras verdes), extensa geografía integrada por cerros semidesérticos en donde colaboró para la Independencia el acaudalado Antonio Sesma y Alencastre y años más tarde se hizo fuerte Porfirio Díaz, el general, en su fatigosa lucha contra la intervención francesa.

Los políticos actuales le cambiaron de nombre al lugar donde se dice vivió Quetzalcóatl, quien impuso a valles y serranías sus nombres originales. La cabecera municipal, con su nuevo nombre, Ciudad Serdán, luce orgullosa, como su figura más representativa, la efigie de un criminal que fue presidente de la República y cuyo mayor mérito consistió en haber ordenado durante su presidencia una masacre en contra de cientos de estudiantes en la ciudad de México.

Así, el hombre que les representa es un asesino al que le hicieron un enorme monumento de concreto que casi llega al cielo. Aquel genocida en vez de vergüenza les provoca orgullo. Pero lo más aberrante de esta situación es que la mole pétrea se levanta en la ciudad que vio nacer a Manuel M. Flores, uno de los grandiosos poetas mexicanos. Tienen al poeta en segundo plano. El hecho es altamente ofensivo para la cultura y para la historia.

Manuel M. Flores, perteneció en forma destacada a la corriente literaria erótico- romántica que floreció en el siglo XIX; no sólo es un poeta que debiera ser el máximo orgullo del lugar en donde vio la primera luz, sino uno de los indispensables en el país entero, pero su memoria apenas persiste en el nombre de una calle y en el de una pequeña casa que siempre está cerrada y que se conoce como “Teatro Manuel M. Flores”. También hay un pequeño busto de él en la llamada Casa de la Magnolia (Casa de la cultura).

El contraste que de esa manera se establece entre el homicida homenajeado con tanta desproporción y el poeta apenas recordado es tan grande, que la población misma, como venganza se ha aprendido estos versos:

Chalchicomula surge de la tinta y la entrega,
el pubis de la noche te es sol, Manuel María,
nacido de la húmeda entraña que la integra
es cópula que abraza de ardor la Sierra Negra.
…y tú el gran sacerdote, en el altar del día.

Cada que algún ciudadano repite estas líneas frente a la efigie del déspota, ésta se estremece desde su silencioso y desmesurado cemento y es la mayor venganza que el hombre honrado puede ejercer contra la simbología de lo perverso. Es acto justiciero recitarle a la estatua esos versos, que al poner las cosas en su lugar, hacen que la piedra tome vida y se estremezca con odio ante el que los dice.

Ya se ha sacudido también bajo el golpe de la naturaleza. El 25 de febrero de 2011 un fuerte temblor de tierra sacudió a Ciudad Serdán. Entonces, la estatua del maligno se cuarteó desde los cimientos, y de modo irónico, a la figura se le desprendió, justamente, el brazo izquierdo. Ironizado y ridículo permaneció así durante algún tiempo. Fue como si la naturaleza misma hubiera repetido desde sus entrañas aquello de: “ Chalchicomula surge de la tinta y la entrega,/ el pubis de la noche te es sol, Manuel María…”

Volviendo a tomar carretera, en dirección al sur brujulado, se llega a una pequeña población de nombre San Pedro Temamatla, que se levanta muy cerca de otra, llamada Cuesta Blanca. Ahí en Temamatla existe una larga calle que tiene la característica de que uno de sus extremos concluye (¿o se inicia?) en la pequeña plazuela del pueblo; el otro extremo va a morir, varias cuadras después, justamente en el cementerio; y tal calle, con esa peculiaridad paradójica, es el escenario rural de esta historia.

Dos días antes de nuestra trama se supo en el pueblo que Julio Bueno Enríquez, había sido mordido por una serpiente, de esas arteramente venenosas, que conocidas son con el nombre de “coralillos”. Esto sucedió en la Sierra Negra al estar integrando Julio una carga de quiotes para trasladarla a Temamatla sobre su cuadrilla de mulas, con el fin de construir la techumbre de unos chiqueros para criar cerdos.

El mismo día de la mordedura, sucedida en un fatídico mes de junio, su primo, Julián Malo Enríquez, candidato a diputado por la región, había pronunciado en otro pueblo cercano, un lacerante discurso en donde hizo gala de su más poderoso veneno verbal en contra de sus enemigos políticos.

De Julio llegaron noticias contradictorias: unos decían que después de la mordedura había perecido casi instantáneamente; otros aseguraban que se había salvado gracias a un milagro de… ¿Quetzalcóatl?... Lo cierto es que a los dos días los dos, Julio Bueno Enríquez y Julián Malo Enríquez, se encontraron en la calle antes descrita. Ambos se saludaron y como ni no fueran hijos del mismo pueblo, se preguntaron el uno al otro: uno, en qué dirección estaba la placita de armas, el otro, en dónde quedaba el cementerio.

Julio Bueno, confundido, señaló equivocadamente a Julián Malo la dirección del cementerio, cuando Julián lo que quería era dirigirse a la plaza en donde iba a encabezar un mitin. Julio, por su parte, creyendo que iba al cementerio (quién sabe para qué) terminó llegando a la placita de armas. Corrientes encontradas.

Cuando Julio llegó al jardincito nadie le dirigió la palabra, todos hacían como que no lo veían, como que no se daban cuenta de que ahí estaba, y así, en medio de esa indiferencia, se fueron pasando los segundos…los minutos… las horas… los días…
Al darse cuenta de que había tomado la dirección equivocada Julio Bueno decidió rectificar el camino y empezó a desplazarse rumbo al cementerio. En el trayecto se encontró con Julián Malo, quien ya venía de regreso. Julián, enfurecido, sintiéndose engañado, habiendo perdido la cita con el mitin político, respondió al saludo de Julio con un tremendo envión que filoso le atravesó a éste las entrañas. Julio Bueno no sintió nada malo en sus interiores. Julio Malo sabía que no había hecho nada bueno con el otro Enríquez.

Cuando se encontraron la primera vez era el mes de junio; a Julián y a Julio les faltaban varios días para que fuera julio y en esos días podían pasar muchas cosas. Ahora que se volvían a encontrar y sin saber cómo, para Julián y para Julio ya era agosto y ya habían pasado muchas cosas.

Julián Malo sabía que acababa de dar una puñalada pero no sentía nada por ello. Así se fue caminando hacia el que era su destino original, la plaza de armas, pero no encontró a nadie, como si todo el pueblo estuviera dormido a esa hora del día. Julián quedó vagando por la plaza quién sabe por cuánto tiempo o quién sabe si por todo el tiempo.

Julio Bueno sabía que le acababan de dar un tajonazo pero tampoco sentía nada. Caminó lentamente hacia donde debió haberse dirigido desde un principio, al cementerio. Pocas cuadras antes de llegar perdió el Julio; ya más cerca aún, perdió el Bueno; fue cuando sintió la puñalada como si fuera una pequeña mordida de “coralillo”. Al llegar al cementerio perdió el Enríquez. Cuando iba entre las tumbas ya sólo era viento.

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