CRÓNICAS LITERARIAS
VILLASECA-LEZAMA: MEXICANO Y CUBANO HABLANDO DE OCTUBRE
Es fuerte. Y muy. Ha sido. Sigue siendo. Es. Siempre la histórica relación cultural entre México y Cuba. Riqueza en interacción. Lazos poderosos nos han hermanado por encima de vicisitudes cuando las ha habido. ¿Las ha habido?, son poderosos e imbatibles tales lazos, está en la esencia misma de nuestra historia.
Dentro de este marco real, fuerza fraterna, fusión desde siempre, histórica y cultural, quiero evocar aquí aquella conversación que suena a irreal (¿sueño de autores?, ¿magia de la poesía?) que se desarrolló en México y Cuba, entre los poetas José Lezama Lima y Juan Bautista Villaseca, con relación a los ya lejanos acontecimientos de octubre, que dieron pie a la fundación, de aquella la Unión Soviética, que tantas expectativas despertara, en aquel su ábrara deslumbrante.
Lezama Lima, el gigante de las letras latinoamericanas contemporáneas conversó, en dos ocasiones, en el centro de esta reinvención de la vida que es la imaginación poética, con Juan Bautista Villaseca, ese maravilloso poeta tan olvidado y desconocido y lastimado por la indiferencia de los que han escrito la historia de nuestra poesía.
El príncipe Lezama viajó una sola vez a México (casi no salió de su querida isla) y según la crítica de cine Ysabel Gracida, Villaseca pudo haber estado con Lezama en La Habana ¿o será esta consideración una simple alucinación de guión cinematográfico? Porque de las dos posibles conversaciones sobre el octubre ruso sólo tenemos testimonio de una, recogida oportunamente en los poemurales que conforman La morada del colibrí, ¿o es que están fundidas tan magistralmente por las fuentes informantes en el hiato de dos voces?
Pero pongámonos, por lo pronto, en los pasos de Ysabel Gracida, maestra también de literatura en la UNAM. Esos pasos se desplazan entre las paredes de de la calle de Trocadero, en La Habana, en busca de la casa en donde vivió Lezama, con el fin de recabar mayor documentación al respecto; el sol habanero derrite las aceras, pero ella continúa en medio de aquel incendio que cae a plomo sobre seres y cosas; lleva la mitad de aquella conversación en su bolso y va por el fragmento que falta; lo que va a suceder presumiblemente en el segundo encuentro entre los dos maravillosos poetas, tan reales de tan irreales (digo así porque ambos son dos milagros en la imaginación del hombre).
Ahora nosotros nos asomamos a la increíble escena que probablemente ella presenció en Trocadero (calle de onirismos) y que nuestra imaginación complementa:
Lezama Lima, de volumen desmesurado y altura descomunal (“al lanzar el humo de su tabaco el cuerpo se le volvía locomotora”, recordaba Cardoza y Aragón) conversa con Villaseca acerca de los poderes de la imago, pero hay una conversación que había quedado inconclusa desde México, entonces Villaseca, cara ovalada, con los cachetes tirando ya a colgarse, atiborrados de un alcohol abundante (en cantidad) pero discreto (en euforia), adelanta el tema para dar conclusión en La Habana lo que había tenido inicio en México:
-La semilla del agua creció hasta el corazón del fuego, los pechos convocaron para poner en pie el centro de la noche. Todo era suma en el filo de la flor, tras la silueta del aroma, atrás de la exquisitez de la forma. El aire era una llaga en donde el miedo inoculaba su presencia; su enfermedad soplaba en la oreja, en la piel, en el hueso, y cada casa era un pozo para la zozobra.
Lezama responde entonces desde lo agitado de su difícil respiración:
-Tremulación de sistros arguyen los textos del sismo supremador, vibran las láminas árticas, las verticales sobrevivencias coníferas y el horno que reverbera los censos arenosos de la surianidad. El relato desata sus hormigas en las diversas direcciones de la larga lagartija líquida que sustenta diástoles y sístoles enlazados en el humo del concierto.
Juan Bautista Villaseca se sirve con firme mano, medio vaso de Ron Havana, medio vaso de fuego líquido que anima su conversación:
-Amanecía con la dificultad del cielo. En cada camisa había una piel que se abotonaba con la ayuda de diez temblores torpes para alcanzar la pólvora, la calle, la absolución del combate. La luz era una herida que naufragaba frente a los litorales de la sangre.
Lezama responde sin separarse del rebosante plato de arroz chino que ya antes ha rechazado Villaseca:
-Observamos con el ojo nuevo; el río cósmico florece el laberinto del prisma. Desde la novedad de la inteligencia, la arquitectura de la rosa recorre mesones homéricos, cada partícula movible del gran río afianza el pie observatorio, los pétalos hipoides levantan la magia sobre los hombros del movimiento y la verdad de su instantero.
Culto y serio, hasta el lítico rasgo, Villaseca escucha (sus íntimos le dicen “cara de gato bodeguero”); hace como que piensa la respuesta, pero en realidad se está dando tiempo para el disfrute de un nuevo y largo sorbo, lerma fuerte el poeta.
-No era el pueblo, era el viento en su nueva forma; no era el viento, y sí el puño encendido el que hacía habitación en cada calle, el que crecía el prestigio de la lumbre, el que traía del mar la espuma para lavar la acera y las palabras, el que traía de la montaña la altura con que se esgrime el filo, y eran el pueblo y el viento dos lobos fraguados por la noche.
Lezama reposa un momento el tenedor sobre la mesita que tiene enfrente y comenta:
-Si de uno de los hemisferios de la corriente de manecillas procedían las categorías motrices, el otro sentaba cualidades de materia inflamable. “Sólo lo difícil es estimulante” es la sentencia esgrafiada del poeta y un acontecer de estímulos alarga su cuerpo combustible sobre el abanico de números sujetos de cal y plomada.
Villaseca, a su vez, después de un nuevo largo trago:
-Ya corre entre las venas el fragor del odio y es el amor el que lo impulsa y alza desde la barraca miserable, desde el plato desierto,
desde el dueño del jiote y la intemperie, la suma de la sangres es una bandera que arde y en cada fogonazo la ciudad estalla, el campo se incorpora y habla y el mar es un gallo de sal desde su puesto.
Lezama Lima, ese ángel asmático, grandioso, al que trataron de molestar en su momento gente infinitamente inferior a su estatura, gente como Heberto Padilla o Cabrera Infante, Lezama, muy superior a pequeñeces que jamás podrían compararse al infinito amor a su cubanía, había deslumbrado ya a Villaseca en la supuesta primera charla, ahora puntualizaba con su voz profunda:
-La cebolla de los platos extiende su velo hidráulico pero las cortinas se queman con los carbones del siglo y los oleajes del cloruro y el sodio, fuerzas que se vuelven pájaros en las páginas. Bumaga, bumaga y tinta para fortalecer el rotor de las combustiones, materia de la lengua y la línea que fija.
Juan Bautista Villaseca el deslumbrante conferencista de López Velarde, de Vallejo, de Huidobro, de Neruda, al hablar ahora de la gesta de octubre, adelanta:
-Por amor se despeña la savia, los que vengan leerán ese amor entre las piedras y sabrán de los que murieron para vivir por ellos, como un leño encendido en el pecho y la memoria.
Lezama, frente a su renovado plato de arroz chino:
-La profundidad del jacinto es una moneda colectiva, diurno de la bandera es, corona del contrapunto donde la fractura del equilibrio arguye novedades que trabajan el haz preponderante. Calidad que quema es el anillo de cauce filosófico, ceniza trascendida desde la rueda jaguar. La tejedora ya no teje insomnios evasivos, la fuerza de su complemento ya está en calle de regreso, el orden en la punta de la luz es una gasa ígnea y se rompe en el múltiple quehacer de tejedores. Aroma, fumarola desde adentro que hace de la profundidad del jacinto una moneda colectiva. Diurno de la bandera que es.
En su conversación, Lezama, en un acto fraterno ha utilizado palabras claves dentro de la poética de Villaseca, “diurnos”, “jacintos”, estos términos han sido incluidos en su expresión. Villaseca, conmovido prosigue:
-Cada lobo es navaja que abre en dos la noche, en una mitad crece la asamblea del barro, en la otra mitad, las raíces del mar del que venimos. En su vena honda zumba el viento y nos habla en la piel derramada de ciudades. Voz ronca, amarga y verdadera la que habla.
Aquí, en la sala cubana del poeta, ha pasado el río caudaloso de la inteligencia de la isla. Las llamas han sido la llama. Ahora que conversan los dos poetas, el cubano y el mexicano, Lezama ha utilizado en su charla las palabras villasequianas “diurnos”, “jacintos”, si hay simbolismo en esto podríamos decir entonces que los dos poetas se han fundido en El Poeta, que desde hace rato no son dos los que hablan, que el que habla, es uno, El Poeta. Desde esta perspectiva Lezama asienta:
-La física poética, sinécdoque ondulatoria metaforiza el tratado del espumoso humo, aroma de recuerdo reordenando el mecanismo que entreteje los hoy.
El poeta Juan Bautista Villaseca (“para decirte adiós no me cabría la sílaba del mar ni del pañuelo/ ni la descalza carabela en vuelo de la alondra polar de la agonía ...”) no aparece en ninguna antología de la poesía mexicana (así se las gastan nuestros antologadores), pero su fuerza es otra, honda y poderosa; ahora, desprovisto de fatigas y de heridas producidas por la soledad y la indiferencia, cobijado en el clima de La Habana, en la fraternidad poética lezámica, comenta a su interlocutor:
-Los músculos aparecen empapados por el día, húmedos de mañana. Grita un congreso de mesas y cortinas, de sillas, de cacharros, de manteles y humo arrojados a la media calle. El crimen gime piedra bajo piedra. Piedra sobre piedra el día se levanta.
Lezama:
-Ecuación de la llama. Asiendo la oquedad –el yo, la hoja de metal, el nosotros- supliendo los vacíos con los golpes subterráneos de los cuerpos, la fecha se desgaja en destinos, las sumas suman multiplicaciones.
Hablando de los acontecimientos de octubre, José Lezama Lima y Juan Bautista Villaseca llegan a una conclusión: “Estallan las guitarras”.
¿En qué punto de la curva de la espiral se ha dado esta conversación entre Lezama y Villaseca? Cardoza, al hablar de Lezama se pregunta: “¿por qué se disfrazan así los ángeles?”. Si Cardoza hubiera conocido a Villaseca se hubiera hecho la misma interrogación: “¿por qué se disfrazan así los ángeles?” Entonces, ¿está fue una conversación de ángeles y nada más... y todo más?
Cuando la maestra Ysabel Gracida llegó a la casa de Trocadero número 162,
el príncipe Lezama tenía ya varios años de haber fallecido, su deceso acaeció el ocho de agosto de 1976; por su parte, el poeta Villaseca había muerto en la madrugada del martes seis de marzo de 1969, en una fría cama del Hospital General de la Ciudad de México (“cuando se dice adiós, la luz se enfría, llegan los trasatlánticos del duelo/ y uniformados por la sal y el yelo los capitanes de la lejanía”). Entonces ¿qué fue lo que ella vió y oyó en Trocadero 162?, ¿tan sólo una alucinación de ángeles fraguada por los ángeles? ¿una coartada de la imago?
Villaseca y Lezama conversaron en México y Cuba sobre los acontecimientos de octubre. O sea, México y Cuba, Cuba y México, en su conversación permanente, histórica, eterna, a través de sus poetas. O sea, que lo que vió y oyó Ysabel Gracida, primero en la Calzada de los Misterios, en Peralvillo, y después en Trocadero 162 en La Habana, fue, es, seguirá siendo cierto... y nada más. |