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CRÓNICAS LITERARIAS

LAS SOLEDADES DE DON QUIJOTE

Palabras pronunciadas durante
el III Coloquio Cervantino Internacional
celebrado en la Universidad de Guanajuato, Gto.
Del 10 al 12 de octubre de 1989.

El maestro José Pascual Buxó inicia previniéndonos que va a hablar de la soledad de Don Quijote, del amor y de la muerte o más bien, de la muerte que a veces provoca el amor. Me llamó mucho la atención el título de su ponencia La soledad del Quijote, lo encuentro pletórico de carga poética. Después de la erudita disección, llena de gracia, que de su tema nos hace el maestro Buxó, quiero circunscribirme al universo de las soledades, cómo vi desde ayer y veo en este hoy, las soledades de Don Quijote.

El maestro Buxó asienta que sicología y moral no pueden separarse arbitrariamente del pensamiento de Cervantes por que no lo estaban en la España de su tiempo, e inmediatamente se aboca a descubrirnos las fuentes psíquicas de las soledades de Cardenio y Don Quijote.

En su explicación el maestro Buxó nos dice: las habilidades y discursos del hombre dependen de la temperatura de su cerebro en el que residen las facultades del ánima racional: entendimiento, memoria, imaginativa y voluntad.

Menciona cuatro facultades; tomo y me atengo a la invitadora cifra para hacer simetría con ella y explicar al explicarme mis cuatro soledades de Don Quijote.

Me imagino en este momento a Cervantes al lado de su personaje, deslumbrados ambos, picoteados por un enjambre de moscos esquivando la lumbre del medio ambiente, sumergidos hasta el cuello en el auxilio de algún río de Chiapas. Manco y Caballero andante están ahora en el centro del Soconusco, es decir, se encuentran en el centro del sol que por esos lugares cae a plomo para incendiar los cuerpos y los pensamientos.

Todos recordamos el pasaje de la vida real en el que Cervantes solicita a la Corona de España que en pago de sus servicios se le acredite como funcionario rector en el Soconusco; la respuesta, dechado de burla y desprecio, de abandono, es: “busque aquí en qué se le pueda hacer merced”.

Pero el Quijote, en estricto orden material sí llegó a América, desde muy temprana etapa del mestizaje. Por ello ahora vemos al Caballero andante y su demencia, compartiendo sus horas con Cervantes, ahí, en donde las altas ramas cuelgan arañas voladoras que zaraguatan el aire, en donde la carne vegetal es desmesura y la sabia forma ríos, incalculables culebreras de agua, el manatí navega leyendas de sirenas y el jaguar, el tapir, el quetzal, la nahuyaca, visten fiesta, marimbamba de la flor enllamarada.

Cervantes, dueño de América por derecho propio, conversa entusiasta en la biblioteca de Lezama; Juan Rulfo le ha contado cosas muy mexicanas y un horario de luciérnagas adormece sus instantes de Macondo y agua. Don Quijote lo acompaña mientras escucha las razones rebeldes de Revueltas y el dolor indio de Vallejo.

Está en la tierra en donde el maestro Julián Marías ha oído cantar en español a un grupo de indígenas con los que no comparte etnias pero sí un mismo tiempo histórico; en donde el maestro Antonio Rodríguez ha visto que tendría que ser infinito el trabajo plástico para poder plasmar totalmente el aspecto filosófico y conceptual del adargado trajinador; en donde la profesora Angelina Muñiz trae a nosotros la presencia de Lulio y de León Hebreo.

Según afirmaciones de Joseph Bickermann, avaladas por Agustín Basave Fernández del Valle, en el universo del Quijote colinda la esfera de lo real, con el hemisferio de la ilusión y el del ideal.

Regresemos a la primera esfera:

Ahora estamos solos frente a Don Quijote y éste solo de Cervantes en tierras de América: “busque aquí en qué se le haga merced”, rezaba el texto de la burla. Cervantes no logra su anhelo de gobernar el Soconusco. Don Quijote se encuentra solo, ahí, en donde lluvias de pájaros crepitan. Nos encontramos ante la primera gran soledad del soñador manchego.

La segunda es Dulcinea. ¿Cuál es el rostro de Dulcinea, don Antonio? ¿Quién de nuestros grandes pintores nos ha dejado el testimonio facial desde su puño y trazo? Cervantes inventa a Don Quijote pero deja que Don Quijote invente a Dulcinea. En esta suma de invenciones, la cantidad hechizada nos da un ideal, no así un rostro.

A través de sus andanzas Don Quijote ha rechazado todo tipo de aventura que pudiera llevarlo por los vericuetos del amor carnal; es que su amor está puesto en algo intocable, algo creado más allá de la materia, algo a lo que no puede llegar -mucho menos- la insidia de Fernández de Avellaneda quien tiene que quedarse capturado en los espejismos de su deformación.

Son diferentes los Quijotes creados por Cervantes, a ellos corresponde diferente imagen femenina, desde la rústica Aldonza Lorenzo hasta la que pierde definitivamente la tangencialidad y se convierte en el inasible símbolo de la esperanza, esperanza que de alcanzarse haría prevalecer la justicia sobre la tierra.

Entonces es la motivación –por y hacia- lo que no se tiene, es una ausencia, una soledad que toma su forma definitiva en el momento en el que don Alonso Quijano ha salido de la locura para entrar a la muerte.

El tercer punto de esta cardinalidad lo representa una figura de estructura gótica –dicen los pintores, y acción manierista sostiene Hauser- puente carnal entre el Medioevo y el Renacimiento que asienta ante su escudero: “todo es así, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria”.

Pero la nueva soledad está presente. La religiosidad medieval choca con el pensamiento de la Reforma.

Erasmo es óptica militante, a través de ella, Cervantes observa el despojo, el abuso, la intriga, “nihil novum sub sole”; él mismo es perseguido y encarcelado, por ello en ninguna de las dos partes de su obra inmortal hace orar a su personaje ni participar en rito religioso, por el contrario, le hace lamentarse: “con la Iglesia hemos dado, Sancho”. El Quijote se encuentra en el centro de su tercera soledad.

Ahora lo tenemos en el lecho mortuorio. El hombre que ha peleado por ideales tan altos como el amor y la justicia ha sido bejado por su mundo; carne de burlas ha sido, adolorida alma punzada, ya avasallada por un tropel de cerdos, ya transladada a su tierra en el interior de una infamante jaula.

Pero la fuerza de esa alma, de ese hombre, es mucha, tanta, que al final de la epopeya su rústico escudero termina quijotizándose, el manco anhelante que lo crea, también.

Se quijotizan Sancho y Cervantes y por ello sienten que a la muerte de Don Quijote quedan infinitamente solos.

Sancho grita desesperado: “Mi señor, le digo que la peor locura que cometerse pueda es dejarse morir”. Cervantes, por su parte, decide entrar a la locura de la muerte.

En tu pecho, Señor, de áridas y abandonadas rutas has colocado la primavera. El musgo tierno crece en vericuetos de esa longitud reseca, anuncia la alegría de lo nuevo. En ese pecho hay una muerte y una vida de continuo, es una larga tierra de amor que el corazón enciende y apaga. Tu cuerpo es el palacio de Dios, su adolorido domicilio y sin embargo florece. Has colocado la primavera en tu pecho, Señor, el manco que inventaste envuelto en fiebre está contento. Su hipertermia no es de enfermo, es de libres. Él ignora que esa fiebre es coronada por la estrella de Juliano, por los que fueron corazón de hogueras, por la imaginación rebelde. Sólo es fiebre y arde hacia delante.

La luz se esconde tras columnas de la sombra divina. En tu memoria sin que lo sepas arde Troya, la desgracia; arderán los últimos ensangrentados acales en el aullido final de Tlatelolco (no podremos beber de esta agua llena de salitre, de sangre, de gusanos, visión de lo terrible). En medio de la muerte, tú, Señor, lanza hacia arriba. Qué pronto el futuro es el pasado, pero lento, más lento que lo lento tú serás futuro, esa es la forma de burlar el tiempo sujetándote a sus leyes.

El abismo desde tus ojos Señor, es tu propio cuerpo, se ahonda en el vientre, ¡súrcalo!, conviértelo en latido, que el abismo vuele.

La entraña de la noche es sombra viva. Yo vengo de la muerte, Señor, de su rostro helado, el movimiento de la oscura entraña me arrojó a la vida, de la sombra vengo y en ella hoy me multiplico, soy ejércitos marchando sobre el polvo de Dios, camino de Santiago, serpiente de nubes. Soy el cuerpo de todos, su memoria, soy tu lanza y tu derrota, tu victoria final sobre los tiempos.

El acta de defunción cita: “Yo, William Shakespeare, en uso de razón, me declaro muerto en esta fecha, 23 de abril de 1616, Ciudad Madrid, Calle del León 89. Dejo en Strattford, en la misma jornada, mi cadáver, manco, perfectamente español y barro del mundo, de pie sobre la luz del día.

La cuarta soledad, la de la muerte, hace de Quijote y de Cervantes un solo funeral que se niega al cenit de cada día nuestro.

En lo inverso de la dicotomía hay un solo cadáver en el centro de la sala, en torno a él, se encuentran postrados altos señores: Kozintsev, Dostoievski, Goya, Heine, Picasso, Strauss, de Falla, ennoblecida andancia, rodilla en tierra, frente alta, honran un cadáver convertido en llama. Arden.

Digamos con Juan Bautista Villaseca que se trata de la última soledad, la soledad rescatada, variaciones de invierno, azoteas del insomnio, el viento en las cadenas. El Quijote ya no estará más sólo. Estará por siempre en el vivo ingenio de Cervantes: estará en nosotros, en nuestros anhelos; en nuestras desesperanzadas y esperanzadas luchas; en el verbo sabio de José Pascual Buxó y su recuento de soledades; en cada una de las palabras con las que digamos lo que nos duele y lo que nos agiganta; en el alma que siempre se incorpora, león de España, colibrí de América; en el grandioso sueño del hombre.

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