CRÓNICAS LITERARIAS
ALBERTI, EL AMERICANO
Eres México antiguo, horror de cumbres
que se acostumbran batidas por pirámides,
trueno oscuro de selvas observadas
por cien mil ojos lentos de serpientes.
Contra los gachupines que alambican
residuos coloniales por sus venas,
prepara tu fusil. Tú eres el indio
poblador de la sangre del criollo.
Si él y tú sois ya México, ninguno
duerma, trabaje y llore y se despierte
sin saber que una mano lo estrangula,
dividiendo su tierra en dos mitades.
Una de las obsesiones de Miguel de Cervantes Saavedra fue la de venir a América como gobernador de la provincia del Soconusco o bien de la de Nueva Granada, así Chiapas y Colombia se encontraron ubicadas dentro de su ensueño formando parte de aquella inquietud que los hombres de las ciencias y las artes de Europa y de su tiempo sintieron por el continente que acaba de ser descubierto y que guardaba, para las mentes de altos vuelos, sorpresas y maravillas sin fin.
Cervantes fue burlado por la corona española, como lo hace siempre el insensible poder político –de todos los tiempos y de todas latitudes- con los artistas que no gozan de sus favores y beneficios por no ser domesticados. Cervantes se quedó en España, pero su espíritu universal soñó con fervor en las lejanas tierras que Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista de los ejércitos de Hernán Cortés, había descrito como la materialización de la atmósfera en la que habían sido las acciones del Amadís de Gaula y del resto de los personajes que poblaban los episodios de las novelas de caballería.
Cervantes no fue el único español de genio que puso la imaginación en el trópico desbordado que crepitaba en el nuevo continente lleno de incógnitas, manantial de las más robustas fantasías, verde cofre de las sorpresas, apertura de una nueva zoología que nadie había imaginado, puerta de entrada a una reciente botánica, amenazante por la vía de la exuberancia.
Referencias y ensoñaciones del “nuevo mundo” las hay en Lope, Góngora, Quevedo y en las demás luces que formaron el “Siglo de oro” español, poetas y narradores, movidos por una poderosa fuerza imantadora que hacía que las mentes cruzaran el océano para entrar en contacto con lo innombrado que aguardaba habitando la patria de las desmesuras.
Después iban a pasar los siglos y los acontecimientos políticos y sociales, los hechos históricos iban a tender nuevos puentes entre el nuevo pensamiento español y el continente latinoamericano, América era la referencia obligada, el sitio donde se había trasladado la dignidad de la República Española, mal herida por la pólvora de Franco, por la agresión del fascismo internacional.
Dentro de esos reencuentros damos con Rafael Alberti “Juan Panadero de España/ tuvo cuando la perdió,/ que pasar la mar salada:/ “Chacarero y pampeano!/ Una chacra en la Argentina/ y la fortuna en la mano”;/ “¡Aire y siempre con más gana!/ Ayer por tierra española,/ hoy por tierra americana:/ “pobre y con el alma llena/ de mis mares, pescador/ fui por las mares chilenas”:/ “Porque yo, Juan Panadero,/ con otros trabajadores/ de España fui chacarero”:/ “Soy el viento de la playa,/ soy un molino harinero/ por donde quiera que vaya/. (me llamo Juan Panadero)”.
Y ya tendidos los puentes entre España y nuestra América nos viene a la imaginación aquel encuentro entre Pablo Neruda y Alberti, dueños ambos de las calles madrileñas, fotografía en la que comparten la acera con José Bergamín, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre, y comparten el tiempo y comparten la lengua, una lengua que Neruda tuvo el temor de perder cuando fue enviado como cónsul a Birmania, pero que Alberti le salvó al enviarle a Rangún un diccionario para que volviera a entrar en contacto con nuestro idioma.
Pero Alberti, el español, hizo más por Neruda, el americano. Rompiendo el aislamiento en el que el poeta chileno se encontraba en Asia, el hispano estableció una línea de comunicación por la cual recibía –después de su envío del diccionario- los poemas que le remitía el “desterrado”, se los daba a Gerardo Diego, para que éste les sacara las copias necesarias y después entre ambos las repartieran entre los que formaban la famosa “generación del 27”, personajes entre los que Neruda ya estaba convertido en poeta primordial.
A cada nuevo envío de Neruda –vía Alberti- el entusiasmo prendía entre los miembros de aquel grupo que veía en el chileno una fuente inagotable de creatividad que a través del lazo del lenguaje cohesionaba a todos, y así el poeta español cumplía una vez más su papel de forjador, hombre que fusionaba orígenes y abría destinos, desde la realidad de la reunión poética.
Después, por razones de política y de dignidad, Rafael Alberti iba a vivir 25 años de su vida en Argentina, y entonces iba a tocar, de manera tangible, esos territorios que los españoles de genio han soñado siempre en una actitud universal y fraterna. A fin de cuentas iba a estar, creando poesía –su maravilloso oficio-, entre los perímetros que abarcan la inmensa patria latinoamericana, desde México hasta Tierra de Fuego.
Así, estar en Argentina era estar en Perú, en Guatemala, era estar en México o sea, que Alberti estaba viviendo la otra patria que los mejores escritores españoles desde Cervantes hasta los contemporáneos han soñado con verdadero fervor.
Al estar en Argentina Alberti estaba en México, estaba en la tierra de la vasta patria americana: “Yo también canto a América, viajando/ con el dolor azul del mar Caribe,/ el anhelo oprimido de sus islas,/ la furia de sus tierras interiores./ Que desde el golfo mexicano suene/ de árbol a mar, de mar a hombres y fieras/ como oriente de negros y mulatos,/ de mestizos, de indios y criollos./ Suene este canto no como el vencido/ letargo de las quenas moribundas,/ sino como una voz que estalle uniendo/ la dispersa conciencia de las olas.” Y luego la visión de lo que sin duda será el futuro de América en el mundo: “Tu venidera órbita asegures/ con la expulsión total de tu presente. Aire libre, mar libre, tierra libre./ Yo también canto a América futura”.
Esa sensibilidad de las sumas, esa conciencia de las dos fuerzas en interacción, de los dos universos integrándose, de las dos sangres trenzadas en una sintética realidad, le lleva a la siguiente descripción: La sangre de tu muerte y la otra, viva,/ la que fuera de ti bebió este ruedo,/ gloriosamente en unidad activa,/ moverán lunas, vientos, tierras, mares,/ como estoques unidos contra el miedo:/ la sangre de tu muerte en Manzanares,/ la sangre de tu vida/ por la arena de México absorbida”. Aquí habla de la fiesta brava, pero como todo, gran poeta, conciente o inconscientemente, sus símbolos van más allá, a la otra profundidad que es el íntegro del decir poético.
Rafael Alberti constituye una enseñanza continua; gongorino y romancero, en él están todas las formas de expresión que la poesía tiene. Ningún procedimiento técnico le es ajeno, su genio se encuentra en todos los metros posibles y en todas las argucias literarias: va como en su casa de lo popular a lo culto y de lo culto a lo popular, del clasicismo al vanguardismo y del vanguardismo al clasicismo, sube y baja, entra y sale, canta con la voz del pueblo y con la voz del sabio, y con él confirmamos que el pueblo es sabio y que el sabio que lucha por causas nobles, humanísticas, es pueblo. Va como en su casa a todo esto justamente porque su casa es el universo.
Estamos frente a una unidad formada de Góngora y Villorrio, porque Alberti encuentra las sustancias más genuinas del pueblo y trabaja con ellas, pero por medio del gongorismo atiende las propuestas del teórico de la generación, Ortega y Gasset, quien se manifiesta en contra del romanticismo –desde su perspectiva- valladar del pensamiento burgués, propone crear con el verbo nuevas posibilidades para la imaginación, para que nazca una nueva sensibilidad con nuevos productos.
A través de estos planteamientos la generación de Alberti encuentra puntos concatenantes con el verbo francés de Valery y de alguna manera con el inglés de Eliot. La “deshumanización” antiburguesa de Ortega y Gasset, con distintos apoyos externos como el “ermetismo” italiano y otras propuestas previas, la hace desembocar, en importantes casos, en el “vanguardismo” de su época, con sus ismos derivantes: “creacionismo”, “ultraísmo”, etc.
Ahí está ya Rafael Alberti, perfectamente pertrechado con las vitales sustancias de su pueblo y con la fuerza también del pensamiento cosmopolita. Ahí la unidad creadora, perfectamente conformada con la suma de energías para enfrentar ese gran dolor que por siempre más será en su vida, el dolor del desterrado.
El largo exilio le lleva a pisar tierras americanas, ya había estado en África y Francia y después iba a estar en Roma. Entonces, como otros españoles de alto pensamiento que le presidieron, se encuentra con su nueva patria, con la América soñada por ellos; la parte americana de su patria se extiende desde Argentina hasta México; él entiende que así es, y por eso, porque su patria le duele, como español bien nacido fustiga a “los gachupines que alambican residuos coloniales por sus venas”.
Y es que Alberti es un hombre político, escritor –en medio de su amplísima red lírica- de una poesía cívica totalmente comprometida con los pobres y con el comunismo, con las luchas más genuinas de las masas proletarias; en sus poemas políticos se narra la traición de Pinochet en Chile; se narra el crimen cometido por el imperialismo en Viet Nam; se narra... En donde hay un grito de rebeldía ahí está él, por eso, finalmente, es un ser al que no se le puede desterrar, aunque él -paradoja terrible- vaya cargando el desgarrador destierro en sus entrañas.
Pero no sólo con el imposible exilio le pretendieron dar a Alberti. Le han pretendido dar también con el bloqueo de ese impresionante torrente creativo que le ha llevado a ser, para muchos, el poeta español contemporáneo más importante, el más comprometido con la literatura y con el hombre, el de la voz más elevada.
Desde los centros de poder de España y de otros países (la derecha constituye una red internacional extensa y sádica) se ha pretendido evitar el pleno conocimiento de la obra de Rafael Alberti, se le ha regateado por los medios posibles la presencia en núcleos más amplios de lectores. Él conoce bien lo relativo a las conjuras del silencio.
Esta obra negra socavando arquitecturas de luz, en su acción negativa, termina creando otro puente de tiempos y espacios entre Alberti y los artistas americanos perseguidos y ninguneados por sus ideas.
En México, por ejemplo, lo acerca a la prisión de David Alfaro Siqueiros, a las cárceles de José Revueltas y a la saña que contra su obra, de algún modo perdura hasta la fecha; al casi total desconocimiento de la obra plástica y poética de Aurora Reyes, una de las primerísimas y más altas mujeres mexicanas; al disimulo constante ante la obra fresca y también abundante y también marxista del poeta Enrique González Rojo; a la negación ciega, casi demencial por parte del oportunismo cultural mexicano, del movimiento “Estridentista”, negación que ha hecho que por nuestra propia mano México este ausente en la historia mundial del “vanguardismo”, como no lo están ni Argentina, ni Chile ni Cuba.
Todo esto ha hecho de Rafael Alberti un americano más, pero no, sino que un americano ilustre que ha visto a México a través de la existencia del indio “como lumbre antigua volcánica rodeado/ color de hoyo con ramas que se queman,/ tierra impasible al temblor de la tierra./ Es como tierra”. |