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CRÍTICAS A SU OBRA

VÉRTIGOS ACTUALES; ABRACADABRANTE
ÁBRARA DE ROBERTO LÓPEZ MORENO:
VASTO DE VÉRTIGOS ACTUALES; ABRACADABRANTE.*

Daniel Téllez

Alguna vez afirmé que algo susceptible hiere en la savia selva del corazón del poeta de Huixtla, Chiapas; que en la incendiada turba de la palabra de Roberto López Moreno, late silencioso otro fuego tumultuoso de la selva que habita. Centro de barro, poeta de tierra, corazón latinoamericano, devorándonos, devorándose, incendiado pues, de hambre, de danza, de música, teje en este libro corazón, nuevamente, un esqueleto circular de nosotros de palabra.

La palabra múltiple de dones diversos en la casa de la poesía. Circular el fuego, nos circunda el abracadabra, en latidos que no cesan, que no saben cesar. Ábrara del tiempo del poeta, a tres tiemposLa palabra múltiple de dones diversos en la casa de la poesía. Circular el fuego, nos circunda el abracadabra, en latidos que no cesan, que no saben cesar. Ábrara del tiempo del poeta, a tres tiempos: Poemas iniciales, “Sala de recreo”, “Informe de viaje (Canciones de Vancouver)” y un “Epílogo (Cerrando el Ábrara)”. Ábrara de la casa de la poesía de Roberto López Moreno, donde la palabra es morada, piedra de los sacrificios, el latido que abre y crispa la puerta de la vida. Ábrara de la luz primera, del primer verbo, del instante anterior, este libro tiene el rito y el presagio de un libro fundador de nuestra poesía latinoamericana. Sabe y esconde tras el velo de su dimensión estética, el instante del sometimiento y de la revelación. Sometimiento del discurso y colérico, el poeta estalla, se arrodilla, inventa el vuelo, lastima la palabra, chispa, se traspasa, abre de la mano de demonios, el camino:

No desfallezcas, noblísimo jinete,
aéreo azote de balandros y exótericos,
cuidado, no tropieces,
puedes caer y lastimar el mundo,
herir el suelo,
alterar la armonía del universo,
cuidado,
no abras hoy el ábrara de la muerte.

(Andante, p. 24)

En las posibilidades del primer rito, la experiencia de la palabra toma sus arneses y deja entrever al poeta López Moreno habitado, violento frente al espejo, frente a la persistencia, a contrafuego, saldado del primer testigo: ¿Cómo se llamaba aquel que por primera vez / utilizó el oxímoron / como máximo acto de la creación? / ¿Qué queda de él sobre el polvo? (¿---?,p.26) En la impronta del descenso de las edades –la hoguera de la casa y de la hormiga, de la fundación del mundo por los poetas, en un extraordinario poema titulado “Entre poetas” cónclave para nombrar las cosas nuevamente- el poeta llueve sobre la orografía experimental de nuestros estanques literarios. En el perímetro de una dramática multiplicidad contenida –laguna y piedra de filoverbos, llaves de notas, de primeros verbos-, a relámpago y conciencia, reconstruye de la piedra sus primeras notas, la prelitúrgica del padre Mier, y abunda de las rondanas santas de Amado Nervo al impulso sanguíneo de la verba de Tablada.

Poeta nómada, peregrino, espíritu ábraro de sonidos de flautas y tambores que enervan la sangre, la danza de la sangre dialoga al sol que se ha multiplicado en este libro que hoy nos convoca. Tantea desde la noche descomunal en que la palabra es responso, y mientras el mito ha de perecer al sueño, el desvelo reconstruye el eco abuelo de la vírgula del poeta López Moreno, nacido de la primera noche: Habla al oído de los poetas muertos: / poeta Cardoza, / yo sólo quiero escribir lo que no entiendo. (Tercetas, p. 34-35). Porque su desvelo es de transformación, de recreación, de fagocitosis y ferocidad, el poeta celebra desde su relectura y transformación anímica, ciertos trazos vanguardistas que equidistan las verdes flamas: El joven poeta, el inventivo, / está siendo inventado por los mistagogos / cromovoluminizadores / y por la sentencia con la que el reloj / acostumbra rehacer sus ritos. (Estación Coyoacán p. 45); las cuerdas encendidas de los estridentistas, (El capullo se cierra en su memoria RAM, / suma, / coktail de meteoritos, / en su hondura construye andamios interiores, / arquitecturas efervescentes, [Cocción p. 48]); las definiciones del fuego de la palabra y sus lecturas en el poema “Septapoética”: Cabalgan los siete jinetes de mi terrisueño. Cabalga –decimos- su lengua poética y se entrecruza con la otra, la del rayo, los pendones, la costilla, el fósforo, Puschkin, la sombra, el ave zacuán, la muerte del poeta de Mixcóac, al recreo que es un poema servido en mole poblano:

La picadura del ajonjolí, Ramón, tal picadura,
es un estruendo que sabe
a lis de prieta azúcar encarabinada,
a maples sabe, a siglo,
gallardo siglo y quintanilla
(al siglo de las losas, reloj nuestro).

(¡Que viva el mole…!p. 64)

Un ábrara imanta en las raíces de los abuelos prehispánicos, las primeras voces, los últimos vuelos, el bolero místico y sagrado, los oscuros vientres de las congas y la sangre que multiplica los juegos retóricos, los asideros vanguardistas que hormiguean dentro de la música, los palíndromos, el filin de las repeticiones y aliteraciones. El pasado y futuro en la vitalidad del ritmo, la ebullición de la cuantía: Verberales geométricos, / rumor de corrientes despertando desde el centro de las / sombras / a hacerse luz, / osario del sol, / tibias, radios, fémures, húmeros del sol, / hilera de dientes vegetales, / sabia vibrátil, plin, plin / y la orquesta del mundo fluyendo, en el fondo, / plin plin, plin plin, ya está ayando el mundo. / Suena (Concierto candela p. 73-75). Del mismo modo el ábrara del yo, del viaje, el poeta pirata, el poeta lector, la colina del mundo en la poesía pautada de López Moreno; la condición de la otra música, otro lenguaje. El poeta presagia en el poema “Canción trágica en Sunset Beach”: Si yo tan de la música, / tan a la hechura de las sensualidades, / qué será de mí al traducirse mi poema / a los ritos sonoros de otro idioma.

Ábrara de la planicie chiapaneca, ábrara de la sangre precolombina imponente entre piedras, como el río cabe entre las piedras de una palabra agreste; la conversión matemática -raíz cuadrada del caligrama que cierra toda interrogación desmesurada del átomo al semen- construye el Epílogo del libro.

Del mismo modo percibimos, con la experiencia del poeta, la antigua leyenda y la añeja celebración de la saliva y la sombra de los mayores que consuela en nosotros, en cuyo descubrimiento, la escritura poética de Roberto López Moreno, nos remite a un alto poeta inserto en la tradición más relevante de nuestra lírica latinoamericana. Testigo de la primera ansia y del primer ojo, el poeta López Moreno resulta necesario; abracadabra para la salud de la poesía mexicana reciente; en cada palabra aparece vasto de vértigos actuales; abracadabrante, en su cada línea riña el espacio intemporal; el relámpago de la innovación. Hoy, nuevamente, lo sostengo: Roberto López Moreno es un poeta necesario para nuestra poesía: imprescindible linaje natural.

*Texto leído por el poeta Daniel Téllez durante la apertura de la XXVII edición de la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería el 23 de agosto de 2006.

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