por José Manuel Recillas
Roberto López Moreno es uno de nuestros poetas mayores y uno de esos espíritus que no se asocia con grupos literarios ni con un solo registro lírico. Hombre polifacético: poeta, narrador, periodista, melómano, investigador periodístico y literario, militante de la izquierda pensante, disidente de muchas formas, nos ha ido legando una obra que hoy se puede considerar ya monumental, y a la cual se le ha prestado escasa atención, especialmente por parte de la academia, pero no menos que de parte del propio gremio literario. Sólo le ha faltado practicar la traducción.
Oriundo de Chiapas, López Moreno no es la clase de poeta del sureste que se haya dedicado a inventariar el paisaje de su tierra, como durante años han hecho incontables poetas y poetastros. Desde muy temprano en su carrera el periodismo le dio las herramientas necesarias para escudriñar la realidad, para enfrentar y cuestionar el orden injusto de una sociedad que se caracterizó por la sempiterna injusticia, el desprecio por las leyes, por la dignidad humana, por el fácil acomodo hacia el poderoso.
Si algún inventario ha dejado la extensa obra del poeta no ha sido la de un paisaje exterior, sino antes bien, uno de carácter social. Logógrafa y logófaga, su obra es el territorio aún inexplorado por la comunidad literaria y académica, que si la ha leído, ha guardado un no muy pudoroso silencio, ignorándola olímpicamente.
Para López Moreno, la Historia es la gran maestra, y en ella cuenta no sólo aquello que escriben los vencedores, sino más aún aquellos sin voz, los ignorados, los despreciados. Su relación con el periodismo y las causas sociales de avanzada, y sus representantes: pintores, poetas, músicos, periodistas, activistas, le ha permitido ver esa red que solidariza las causas populares, que hace que el hombre no se oculte detrás de un lenguaje abstracto hecho de tinieblas para ocultar su alma.
A lo largo de su amplia trayectoria literaria, López Moreno ha ido construyendo una obra literaria que sólo por su extensión ya podría considerarse monumental. Hombre de múltiples voces y de múltiples registros, ha practicado las formas populares de la poesía, como las décimas, y las ha engarzado con la tradición culterana, dejándonos, por ejemplo, uno de los libros de poesía fundamental de la poesía mexicana de los últimos 30 años. Sus Décimas lezámicas constituyen un ejercicio notable de summa literaria y de inteligencia lírica que ha sido sistemáticamente ignorada, pero que ocupa –o debería ocupar– un lugar de enorme importancia en nuestra tradición lírica.
En torno a la figura del notable poeta cubano José Lezama Lima, no menos que en otras figuras populares de la isla, López Moreno ha trazado una línea de apropiaciones culturales que van más allá de la creación de homónimos u homonimias tan celebradas en otros poetas, pero paladinamente ignoradas en su caso. En efecto, a través de una reinterpretación de la historia literaria y cultural así como de sus principales figuras, el poeta ha recreado la Historia para enlazar la historia de los desposeídos, de los aplaudidos por esnobismo pero no comprendidos en toda su radicalidad.
El barroquismo literario de Lezama Lima, por ejemplo, ocupa un sitio especial en la obra del poeta chiapaneco, quien entiende que el barroco por el barroco es un callejón sin salida si no tiene implicaciones inmediatas en la lectura y en el tejido social que ésta implica. Este barroquismo le permite dirigirse al más barroco de los escritores hispanoamericanos, Miguel de Cervantes, y desde ahí trazar una nueva historia, una que incluya de nuevo al Quijote y sus avatares desfacedores de entuertos.
Lo que el aspecto deconstructivo –podrían llamarlo así algunos– de este trabajo lírico busca establecer no es una relación vertical de iniciados en la que sólo haya privilegios, sino una horizontal en la que haya, principalmente, obligaciones y compromisos. Es decir, el aspecto social de las relaciones humanas antes que nada, un aspecto revolucionario que casi ninguno de nuestros poetas ha explorado, y al que no sólo los propios colegas sino la academia han sido refractarios por los usos y costumbres de la lectura prejuiciosa de prestigios y privilegios que caracterizan nuestra república de las letras.
En la ya casi enciclopédica obra de Roberto López Moreno se pueden hallar grandes cimas y grandes simas, y en ese ascenso y descenso es que el paisaje lírico del poeta no busca la perfección sino la construcción de un orbe en el que tenga cabida todo el mundo sensible no sólo del propio poeta, sino principalmente del lector, y en donde finalmente la cultura de elite se fusione con la cultura popular, a través del supremo ejercicio del poeta que puede trasladar los hechos morbosos o cultos de la vida social y transformarlos en esa emoción que sólo las palabras logran.
Tanto en cuentos como en muchos de sus poemas, Roberto López Moreno hace uso de las herramientas del periodismo para trasladar/traducir la realidad tangible y a veces sanguinaria de la vida social, hacia un mundo donde el horror se transfigure en un mecanismo de palabras que emancipen al sujeto social de las cadenas a que las estratificaciones sociales suelen conducir. Es en este sentido que el uso enciclopédico de recursos líricos le sirven al poeta para ese fin y así conducir al lector a un orbe donde el mundo horizontal de las conquistas sociales equilibre lo que en su origen estuvo ante el abismo. No puede haber una posición más revolucionaria en la poesía de nuestros días.
Sólo para ejemplificar cómo estos orbes de diversos orígenes se fusionan en uno totalmente nuevo, convendría remitir al lector a un poema como “Por este lado del mundo”, uno de los poemas más celebrados del poeta, y con justa razón, incluido en el libro Motivos para la danza. Se trata de una de las obras maestras de la lírica mexicana de los últimos treinta años, y en su aparente sencillez, en su aparente repetición rítmica y tímbrica, se encuentra en operación este procedimiento de fusión y emancipación del sujeto social al que he hecho referencia.
El tema del poema está tomado, como sucede en otros poemas y algunos cuentos, de un hecho real, el cual es transfigurado no sólo en materia lírica, demostrando con ese sólo hecho cómo el poder de la palabra opera en la obra del poeta, sino en materia social. Para transfigurar el hecho terrible de la mujer fallecida en medio de la pobreza, Roberto López Moreno recurre a los ritmos líricos de la poesía negra, y desde el principio elige no el prestigioso metro endecasilábico de la tradición letrada, sino el octosílabo de la poesía popular.
En los magistrales y sonoros versos del poema López Moreno prepara la transfiguración del sujeto social en sujeto lírico, y arroja el poema, en su momento culminante, aprovechando las experiencias de la vanguardia del pasado siglo, para convertir en puro ritmo su expresión, y así, por puro ritmo, liberar al sujeto social de sus amarras.
No hay aquí asomo alguno de elementos culteranos, de lamentaciones sobre el destino del sujeto social, que para mayores señas y en concordancia con el espíritu libertador del poema, es una mujer. Por el contrario, desde el espíritu mismo de la cultura popular, desde el orbe musical del son, López Moreno deconstruye la muerte del sujeto, y lo transfigura en sujeto lírico, que al atravesar justamente por el laberinto sonoro del poema, queda liberado y redimido, y por arte de la palabra, en sujeto de transformación social.
Himno popular, canción agnóstica de liberación, “Por este lado del mundo” es un ejemplo de la depurada técnica compositiva del poeta y de su habilidad consumada para crear una tensión interna que sólo el ritmo puede liberar. El título mismo del libro, más allá de la referencia a la danza, se refiere a este estado de movimiento que la danza genera y por la cual el sujeto bailable, como el sujeto social, puede liberarse, siempre que esté en movimiento, desafiante.
Dije al inicio que a Roberto López Moreno sólo le ha faltado ejercer el oficio de traductor, de verter a poetas de otras lenguas a la nuestra. Pero en realidad, de alguna manera, la ha ejercido de una manera distinta. Al observar la realidad y transfigurarla en admirables cadenas de palabras y ritmos, argumentaciones e historias, lo que ha hecho ha sido justamente eso: traducir la realidad para que veamos más allá de lo que el simple acontecer parece querer decirnos. Traductor también al aproximar poetas y artistas de un mundo a otro, al defender la memoria sobre la obra de aquellos que lo rodearon, nos invita a leer nuestra tradición de manera activa, y a formar parte de ese sujeto que sólo la acción social puede hacer consciente.
La poesía de López Moreno cuestiona, a su manera, y no sé qué tan consciente sea él de ello, el influyente ensayo de T. S. Eliot, “Función social de la poesía”, al tiempo que muestra cuán irresponsables pueden ser las reflexiones sobre poesía cuando no se ve la realidad, cuando se parte de abstracciones desde el ropero o un pedestal, porque de ser cierta la tesis de Eliot allí expuesta, López Moreno debería ser el más grande de nuestros poetas vivos. Y tal vez lo sea.
19 de agosto de 2011 |