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CRÍTICAS A SU OBRA

ROBERTO LÓPEZ MORENO Y LA FIESTA

Jorge Solís Arenazas

Crucialmente eufónica, sensual y lúdica, abiertamente inquieta, la poesía del chiapaneco Roberto López Moreno es una fiesta. En primer lugar, en pocos lugares como en su obra se advierte que el poema es una celebración de ser; segundo, es una escritura centrada en la sensualidad del ritmo, la palabra en tanto que música y no sólo la cadencia y musicalidad constitutivas del poema; también porque es una obra abierta, convocante, vital y vitalista, apasionada pero con la mesura suficiente para no caer en el juego vacuo, en el ansia gratuita del iconoclastia. En suma, poesía que aspira a la comunión más elemental: cada verbo un canto, cada lectura una consagración, cada cuerpo un ofertorio en la danza. En algún lugar se ha dicho que las tres vertientes que recorren su obra son el amor, el paisaje (principalmente la mirada sobre Chiapas, pero también con aproximaciones fundamentales a la ciudad), y, dicho con vaguedad, las “preocupaciones sociales”. Pero se olvida a menudo que su interés fundamental habita en el lenguaje, desde una postura crítica, y es por ello que hay una importancia decisiva en sus otras vertientes. He ahí el otro sentido de fiesta ceremonial. No se olvide que el canto no es sólo esparcimiento, sino conjuro y religación, búsqueda, internamiento apertura.

Desde su primera publicación, Trilogía entre la sal y el fuego (1969), es clara su búsqueda para revitalizar, en este caso, la forma clásica del soneto. Esa misma va a recorrer el grueso de su obra hasta culminar con su mayor propuesta, la de los poemurales o murales literarios. Lo que importa, por ahora, es que él puede ser un poeta sensual, festivo y crítico sólo gracias a este interés. Otra de las notas cruciales para entender su poesía es su amplitud de registros, tonos y formas. Ha cultivado muy distintas voces al preocuparse por la cuestión aristotélica de la variedad. Pero dentro de esta variedad ha bosquejado la movilización. Por ejemplo, no sólo ha cultivado el soneto, sino que lo ha esparcido hacia la prosa, por un lado, y lo ha mostrado como un momento del verso libre, por otro.

Décimas Lezámicas donde la estatura del poeta se revela total. No desestimo de manera tajante sus otros libros. Quiero decir únicamente que este libro es el que ya nos habla de algo definitivo; puede, por lo tanto, ser atendido como el centro de su obra . Parte nuevamente de una forma clásica, la décima, conocida también como espinela, pero a partir de explotar la ambigüedad del lenguaje puede revitalizarla. En todo este libro hay sensualidad y crítica, renovación de la forma clásica a partir de exploraciones muy agudas y cuestionamientos, al ser la décima una pregunta por la poesía y el poema, entre la transformación de las cosas, su movimiento. Además de poeta y narrador, Roberto López Moreno ha sido un musicólogo con un vivo sistema de interrogantes, especialmente en torno de la música latinoamericana. Y la distancia entre estos ensayos y su poesía ha sido allanada en varias ocasiones, llevando nuevas posibilidades al poema, no sólo por sus cargas sonoras, como en Négridas, sino desde otros enfoques del lenguaje . Rastreando su obra se ve que a pesar de tener libros de suerte diversa, es hasta Décimas Lezámicas donde la estatura del poeta se revela total. No desestimo de manera tajante sus otros libros. Quiero decir únicamente que este libro es el que ya nos habla de algo definitivo; puede, por lo tanto, ser atendido como el centro de su obra . Parte nuevamente de una forma clásica, la décima, conocida también como espinela, pero a partir de explotar la ambigüedad del lenguaje puede revitalizarla. En todo este libro hay sensualidad y crítica, renovación de la forma clásica a partir de exploraciones muy agudas y cuestionamientos, al ser la décima una pregunta por la poesía y el poema, entre la transformación de las cosas, su movimiento.

Si bien es cierto que López Moreno es un sonetista muy pulido, de gran fluidez tanto rítmica como imaginativa, es en las décimas donde su calce musical es más tangible. Mas no se trata sólo de la animación sonora de una estructura, sino de un diálogo formal. Es por ello que a partir de la figura clásica de la décima ha integrado un recurso que en gran medida definió la poesía del siglo pasado, es decir, la intertextualidad. No se trata del mero collage o el juego exterior de voces. Su visión es crítica, opera sobre significantes sin descuidar nunca el rigor formal que él ha sabido desplegar libremente.

Con lo anterior puede percibirse la actitud del poeta frente a la tradición: dialogar activamente con ella y desde ese diálogo emprender su crítica, tanto de la poesía como desde ella. En cierta medida tanto en este libro como otros donde manejó las décimas, los topoemas, la prosa poética y los sonetos (al extremo de incluirlos dentro de la prosa), han hecho posible la propuesta semiótica de los poemurales. Estos pertenecen al libro Morada del colibrí, y se definen principalmente por integrar voces y formas en juegos significantes críticos, por encima del mero collage que reproduce sin desplazamientos, rupturas, distancias y nuevos encuentros las formas y las voces de la tradición. Trata, con ellos, de convocar “a todos los lenguajes posibles”. Así, el poema en cierta medida recorre dos líneas aristotélicas, a saber: integrar la variedad en la unidad (o mostrar, de la potencia al acto, la variedad de la unidad), y presencializar, actualizar (siempre en el sentido aristotélico) las voces, los lenguajes múltiples de una sociedad en un momento histórico concreto, donde se opera, a su vez, otro juego crítico entre la actualidad y la inactualidad, la exterioridad tanto de momentos históricos como de lenguajes múltiples y multiplicadores, dislocantes.

Después del desgaste retórico de la poesía, principalmente con la erosión del verso libre, los poemurales vienen a cobrar vital papel dentro de la literatura en nuestro idioma, puesto que en su sentido de integración, exaltando su carácter procesal, movilizan una cantidad de recursos que reavivan la oscilación entre verso (acentual o silábico), prosa, símbolo, onomatopeya, elementos gráficos, etcétera. Por ello pueden oscilar en otros terrenos, de la lírica a la épica (épica interior), solventando la aguda crisis de la primera a partir de elementos otros. En todo caso, hay un cuestionamiento en su escritura. Cuando se dice que en el poemural se marcha hacia la unidad, no se debe entender a ésta como una suma... Contra su propio anquilosamiento, la totalidad se resquebraja para volver a iniciar; el sentido múltiple (y el de la multiplicidad), aspiran a ser obra abierta hablando desde un punto fenoménico.

En Morada del colibrí la escritura del poeta chiapaneco es muy variable, mostrando su verdadero movimiento. Y no sólo por los recursos que pone en movimiento, tanto técnicos como de sentido, astucias con las cuales el poeta genera tensión respecto de un par de referentes y de operaciones que, se quiera o no, son metalingüísticas.En Morada del colibrí la escritura del poeta chiapaneco es muy variable, mostrando su verdadero movimiento. Y no sólo por los recursos que pone en movimiento, tanto técnicos como de sentido, astucias con las cuales el poeta genera tensión respecto de un par de referentes y de operaciones que, se quiera o no, son metalingüísticas. El plano que generan, desde el cual se permiten, y aún más: se exigen lecturas, no podría ser unívoco. Esta no es la primera propuesta dentro de nuestra poesía que opera la intertextualidad, es obvio, ni la primera que convoca diversas formas ante las necesidades de lenguajes diversos. Pero merece atención por la distancia crítica que genera frente al canon. Sus referencias intertextuales no son significados; sus integraciones son cuestionamientos, no formales sino de la formalidad misma como horizonte de la palabra poética. Y, en suma, opera un trabajo semiótico sobre el proceso en sí, notando de manera muy contundente que los fantasmas que otras escrituras absolutizan son aquí construcciones. No podría ser otra una mirada desde, de y por el juego. Porque, finalmente, no hay crítica sin movilidad, pero ésta no existe tampoco sin explotar su inocencia a partir de su malicia, por lo que el sentido convocante vuelve al inicio, es decir, a su celebración, a su fiesta en vilo, el verbo encontrando en el sonido su centro sagrado.

Se define así otra de las características que permean su escritura, la preocupación por los diversos géneros. La mayoría de sus trabajos versan sobre otros ejes que la poesía: música y pintura especialmente.

Por centro no me refiero a lo más importante necesariamente; tan sólo propondría que este fuera el nódulo para la aproximación de su obra, es decir, desde aquí hacia delante y hacia atrás.

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